Cuando Gëorgia Knap se quedó huérfano de padre y madre tenía quince años y parecía que la muerte estaba tan lejana que casi ni podía divisarla, allá, oculta en el horizonte. Margueriite, la madre, hacía tiempo ya que no estaba en este mundo, y Léonce, el padre, acababa de morir. Fue al ver la cara de su padre difunto, ajada por la enfermedad y la miseria, cuando el pequeño Gëorgia recibió el golpe más fuerte de su vida: la certeza de que, un día u otro, a él también le tocaría morir. Y de hacerlo a tiempo, además, lo haría decrépito, arrugado y viejo.






















