El lunar de Edita

Estuve muchos, muchos años enamorada de una foto enmarcada en casa de la abuela Nora. Era un retrato en tonos beige de una mujer agresivamente bella, a la que el fotógrafo le había difuminado pintura roja sobre mejillas y los labios, el pelo ordenado en ondas al agua  y un lunar presidiéndolo todo, un lunar grande y redondo sobre la comisura izquierda de la boca. Era el retrato anónimo de una mujer que yo no conocía, una mujer que había sido joven en los años 40 y que no formaba parte, al menos en lo que yo podía conocer, de mi familia directa. La abuela -a pesar de recibir ese nombre por toda la familia, desde mi abuelo hasta mí misma, para él era madre y, para mí, bisabuela- había tenido a sus hijos a finales de los años 30, era imposible que fuera, por tanto, mi tía abuela; y la hermana pequeña de Nora no era tan joven en los 40. El parentesco con José, el marido de Nora, quedaba descartado por completo porque la mujer del retrato no era rubia y de ojos azules, y el puesto de la única -y estrictamente única- persona morena en la familia Beran sólo pertenecía a Herminia, la comunista que se fue a Francia en el Deriguerina.

Supongo que sería en uno de aquellos domingos de café, galletas María y caja de fotos que compartíamos la abuela y yo cuando supe que aquella joven que se quedó para siempre joven se había llamado Edita y era su sobrina. Sólo con el paso de los años, los mismos que hicieron desaparecer aquel retrato, perdido para siempre en alguna limpieza o mudanza sin que a nadie le diera tiempo de hacerle una sola copia, pude ir desgranando la historia de aquel retrato. La historia de aquel lunar.

Edita López fue la primera de las hijas de Sagrario, la hermana soltera de Nora, que la concibió con un hombre que nunca quiso reconocerla. Sagrario se quedó con el sambenito de madre soltera y aún tuvo una hija más, Maria, antes de que la muerte se la llevara prematuramente víctima de alguna enfermedad. Fue justo antes del golpe del 36 cuando aquellas niñas se quedaron huérfanas. José y Nora, que aún no habían tenido hijos -les nacerían durante la guerra- adoptaron a Edita como si fuera su propia hija y las hermanas se separaron por fuerza mayor. ¿Quién hubiera podido hacerse cargo de dos niñas en aquellos tiempos?

Existe una foto, una única foto, de Sagrario. Una mujer de gestos duros, ceño fruncido y ojos transparentes, boca imponente y moño apretado, muy parecida, muchísimo, a la abuela Nora. Fue una de las pocas pertenencias que se llevó consigo Edita cuando cogió el tren que la llevaría de Parres a Gijón. En el reverso de la foto aún se puede leer una dirección escrita a lápiz en letra temblorosa: Cienfuegos, 32. El portal de mis bisabuelos. La dirección en la que viviría a partir de entonces, la dirección en la que sobreviviría a la Guerra Civil, la dirección donde vería nacer a los primos que ella consideraba casi hermanos. La dirección donde encontraría la muerte.

Edita creció en Cienfuegos, 32 como si fuera hija de José y Nora, y la guerra le tocó de forma tan directa como a ellos. No tenía ni diez míseros años cuando volvió a casa desde la cárcel del Coto con la cesta llena de comida después de que un militar altivo le hubiera dicho que ya no fuera más a buscar al tío Joseín, que ya no lo encontraría, que ya le habían dado su merecido. Volvió con la cesta llena de comida y la cabeza llena de preguntas, con el presentimiento de que algo muy malo había pasado pero sin certeza de nada. Con el tiempo llegó a comprender que Joseín estaba muerto, que lo habían asesinado Consejo de Guerra mediante, aunque es probable que nunca llegase a entender por qué lo merecía… porque eso era lo más difícil de explicar, incluso para los adultos.

Tras la guerra, Edita volvió a la escuela y acabó la formación básica, algo que aunque hoy nos suene a poco, en aquellos tristes años era bastante. Para comprender la peculiaridad de este hecho, baste decir que su propia madre, Sagrario, nunca supo leer ni escribir, ni las tías que se quedaron en el pueblo, ni los abuelos: sólo aprendieron los varones y las dos hermanas, Nora y Maruja, que se fueron a Gijón y se ennoviaron con dos buenos medio-checos que habían aprendido a amar las letras en la Escuela Neutra. Así fue que Edita aprendió a leer, a escribir, a sumar, a restar y hasta a multiplicar y dividir y se sintió orgullosa, y comenzó a leer cada noche en la cama con la lamparina encendida para que Nora no la riñese por estar despierta aunque -y eso Edita nunca lo supo- la verdad era que Nora se daba cuenta de todo y callaba, y la dejaba leer hasta bien entrada la noche orgullosa de ella. Mucho tiempo después, casi medio siglo más tarde, la abuela me regaló una lamparina más moderna pero con idéntico objetivo: que yo aprendiera, como en su día había hecho Edita, a que no hay nada como leer en la cama de noche.

Edita se fue para siempre una tarde de finales de los años 40. No tendría ni veinte años, así que es fácil suponer que su aspecto de femme fatale del retrato se debía al abigarrado peinado de la época, quizás al deseo de verse retratada como mayor cuando ella ya sabía que no llegaría a serlo. Porque Edita, a mediados de los 40, había tosido sangre en un pañuelo y todo el mundo sabía lo que significaba aquello. No había empezado casi a conocerlos y se le acabaron los bailes, los novios, se le acabó todo, porque la sombra del contagio y de la muerte pesaba sobre ella. Y aunque se le había acabado todo, aunque su vida hubiera estado plagada de desgracias y aunque se le estuviera yendo, acostada en aquella cama de Cienfuegos, 32, a Edita jamás se le fue la sonrisa de la boca. Aquella sonrisa enmarcada por un lunar perfecto, redondo, grande, oscuro, el mismo lunar que tenía la madre Sagrario, el mismo lunar que una guaja curiosa adoró en silencio muchos años después. El mismo lunar que esa guaja, que hoy escribe estas líneas, sigue adorando.

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