Disciplinas que te hacen feliz

«No hay disciplinas más o menos útiles, sino que te hacen más o menos feliz

Leo hoy en la prensa esta frase, una de más bellas y realistas que he escuchado nunca en cuanto a la formación académica que puede recibir una persona, que ha dicho Lucía Rodríguez-Noriega, filóloga de vocación y profesión en la Universidad de Oviedo, y no puedo por menos que sentirme profundamente identificada y secundarla.

Comencé a estudiar Historia en el año 2001, después de haber completado un Bachillerato de Ciencias de la Salud que jamás me he arrepentido de hacer, porque, y a pesar de especializarme después en las Humanidades, me gusta la ciencia, me parece, más que necesaria, imprescindible, y, sobre todo, porque haber estado de uno y otro lado me enseñó a tener una visión del mundo diferente a la habitual. Una visión del mundo por la cual afirmo sin duda alguna que las Humanidades, las Letras y las Ciencias no son disciplinas lo suficientemente diferentes como para separarlas por los abismos insondables con los que frecuentemente unos y otros las dividen. Son, por el contrario, conocimientos que el ser humano ha adquirido por medio de muchos años de esfuerzo e investigación, conocimientos que se han dado a conocer dentro de comunidades no tan diferentes y, desde luego, basadas -todas y cada una de ellas- en unos métodos de trabajo y consecución de conclusiones bastante similares. Conocimientos, en todos los casos, científicos. Y lo más importante de todo: conocimientos que a mí y a mis compañeros como historiadores y a muchas personas como [definición que corresponda] nos hacen felices con el mero acto de intentar aproximarnos a ellos.

«Todo el mundo me decía que para qué iba a dedicarme a algo así, que para qué servía.«

Y a mí. ¿Y a quién no cuando decidió estudiar Letras, Humanidades o alguna que otra «carrera marginada» de Ciencias? Decías que estudiabas Historia y todo el mundo presumía varias cosas al tiempo que te lo preguntaban: la primera, que tu formación sólo serviría para dar clases en institutos (la cual, por cierto, es una salida bien digna); la segunda, que todo el mundo podía, sabiendo nada previamente o no, discutir todo lo que dijeras. La tercera, finalmente, que por algo habrías elegido una carrera «fácil»: bien por incapacidad, por vagancia o por sencilla insensatez. Obvia decir que ninguno de estos supuestos lleva razón. En primer lugar -y esto lo habré contestado mil veces-, no sólo es la enseñanza la salida a una carrera de Humanidades. Existe la investigación en sus múltiples disciplinas, que en el caso de Historia no son pocas: archivística, arqueología, cierto tipo de museología… por empezar. Existe la profesionalización, la didáctica, la profesionalización de la didáctica. Alguien escribe la Historia, no surge de los árboles, ni tan siquiera hay dos Historias iguales. En segundo lugar, estudiar Historia no es ver una película o leer un reportaje en una revista, sino comparar muchos trabajos, rebuscar en las fuentes y exprimirlas hasta que se pueda llegar una conclusión… a la que no siempre es tan fácil llegar. La respuesta al tercer supuesto es sencilla: quien quiera que pruebe, y luego hablamos de facilidad o no facilidad y, sobre todo, no ya de facilidad académica (mi opinión al respecto de los estragos que está haciendo Bolonia en el nivel formativo de los grados daría para otro post bastante más largo que éste), sino de la facilidad o no de llevar a cabo, después, una buena investigación y, sobre todo, útil para el público al que vaya dirigida.

En cualquier caso, no haría falta dar tantas respuestas a todo. Sólo hay una. La define, en parte, José Luis Sampedro cuando dice:

La universidad de siempre era la que se hacía para saber, la que se estudiaba para desprenderse de prejuicios, la que confirmaba que imperaba la razón. Ahora se pretende una universidad para hacer, para ofrecer productividad. Hoy las tres diosas del capitalismo son la productividad, la competitividad y la innovación. La universidad se hizo para pensar. Hoy hablamos de la necesidad de la libertad de expresión, ¿pero qué pensamiento va a usted a expresar? La libertad de pensamiento es esencial para pensar por cuenta propia, para apartarse de un pensamiento dogmático.

Y es que eso es la Universidad: una vía para formar el pensamiento, para aprender a pensar y desaprender dogmas, no para ganar dinero. Obviamente, si ambas vertientes se unen, mejor que mejor. Es muy realizador, para mí, ganarme la vida con lo que he estudiado, pero tampoco supone una tragedia que el grueso de mis ingresos procedan de otro trabajo para el que no estudié (aunque, como en todo, pueda aplicar cosas que aprendí: que aprendí, no estudié). Si de algo estoy segura es que no me equivoqué al estudiar Historia, y si alguna vez me entrasen dudas, no tendría más que fijarme en qué es lo que siento cuando abro un libro dedicado a la misma (mientras escribo estas líneas me esperan en la mesilla de noche Familias: Historia de la sociedad española (del final de la Edad Media a nuestros días), y El Corazón Helado de Almudena Grandes), o cuando visito un Archivo Histórico y abro documentos que puede que lleven sin ser abiertos doscientos años,  o cuando trazo poco a poco las líneas de mi árbol genealógico, o cuando entrevisto al testigo vivo de algún acontecimiento, o cuando me paso tardes enteras leyendo prensa de hace un siglo.

Siento felicidad. A mi formación en Historia y posterior especialización en Arqueología y Patrimonio no les debo el mejor trabajo del mundo (sinceramente, con la que nos está cayendo, ¿es acaso a la Historia a la que debo culpar de ello? Yo creo que no.), pero sí les debo el ser feliz. El poder pasar una tarde a solas entre papeles viejos, o en grupo, discutiendo de lo divino y de lo humano, intentando convencer a mis compañeros o siendo convencida por ellos, el poder ver razones más allá de las puntuales en un suceso puntual, el no pensar ni por un solo momento que existe una gran verdad absoluta, el poder tener amigos de derechas o de izquierdas, el sentirme absolutamente realizada cuando me sumerjo en todo lo que estudié, aproximarme a las vidas de todos aquellos que me faltan…  Todo eso se lo debo a la Historia.

Llamadme romántica, utópica, sabe Dios qué más cosas, pero todo eso, para mí, es lo que verdaderamente importa.

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