Casimiro Municio, el verdugo de vida gris

Los verdugos son hombres de cartón, secos y carcomidos por la culpa que todo el mundo les adjudica y no tienen; chivos expiatorios de una sociedad que, mientras aúpa a quienes firman las sentencias de muerte -un Rey. Un ministro. Un dictador.-, se reconforta en su moralidad atacando al seco funcionario que las ejecuta. Los verdugos son hombres áridos, son tristes, son hombres de color gris. Sobre todo y ante todos, Casimiro Municio, uno de esos hombres acartonados a los que el Estado pagaba nada más -y nada menos- que por girar el hierro asesino del garrote vil. Un hombre que jamás fue feliz.

Casimiro Municio Agüera (a veces mal escrito el segundo apellido como “Aldea”) nació allá sobre el año 1886 en Sepúlveda (Segovia), un pueblo hermoso pero gris, el mismo color con el que se impregnaría a partir de entonces su vida. Su infancia transcurrió, como tantas otras, entre el hambre y la pobreza; en su juventud conoció a una mujer cuyo nombre ha desaparecido en las brumas de la historia y se casó con ella. Nada fuera de la normalidad de una España tan gris como el destino de Casimiro, hasta que, trasladados ya a Madrid, se cernieron sobre su familia -ya tenían tres hijos, y un cuarto en camino- de forma dramática los efectos de la miseria. Por aquel entonces sobrevivían con el escaso salario de Casimiro, de apenas tres pesetas al día, como vigilante de seguridad, y el dinero no llegaba, y mucho menos con otra criatura en camino y otras tres almitas endiabladas que no paraban de comer-. Fue por eso, y sólo por eso, que el segoviano se decidió a aspirar a un puesto en la Audiencia de Madrid, y la desgracia fue que lo consiguió. Era el año 1920 y Casimiro Municio acababa de ganar el dudoso honor de pasar a ser, oficialmente, el Verdugo de Madrid. Y eso no iba a hacer más que teñirlo, ya definitivamente, todo de gris.

Al igual que su nombre, tampoco sabemos las causas que produjeron la muerte de la esposa de Casimiro y su bebé recién nacido a pocos meses del nombramiento. Muchos periódicos aseguraban, en un alarde de romanticismo, que había sido por pena, aunque es de suponer que la realidad fuera bastante más cruda y pragmática. Como también lo fue en la muerte, casi seguida, de otro hijo, que no sobrevivió a la gangrena que le produjo una herida en la mano después de quedársele atrapada  en la noria de un pozo de agua. A Casimiro, que por aquel entonces vivía en la Elipa puerta con puerta con la señá Cándida, una mujerona de armas tomar que lo quería bien a él y a toda su estirpe, le quedaron dos hijos: el mayor, que no tardó en prender el vuelo marchando a las Américas, y el pequeño, que heredaría el aplomo sombrío y el destino tan poco prometedor del padre.

Casimiro fue un buen padre en solitario, por eso lo quería tanto la señá Cándida: un padre voluntarioso, trabajador y que no tenía reparo en cocinar, arreglar la casa y coser la ropa de sus hijos si surgía la necesidad; aunque con el vicio del vino, ese vino malo, oscuro y pegajoso que servían en las tabernas de la Elipa y en el que el segoviano ahogaba su pánico a que llegase el primer día en el que tuviera que desempeñar su trabajo. El día que eso ocurrió se quedó Cándida guardando los niños, sabiendo que Casimiro se había marchado a trabajar pero sin poder imaginarse en qué: aquel día fue su primer ajusticiamento a garrote vil y la víctima fue Pedro Lobo, un gitano anónimo (no hubo manera de encontrar su crímen en la prensa) jienense que, contaban, había asesinado a cuatro personas y alimentado a los cerdos con ellas. Casimiro jamás se recuperó de aquel día. Tembloroso por los nervios y ante los desafíos del condenado, que se rió de él por no tener valor ni para matar, la ejecución fue un desastre y a Municio jamás se le olvidaría la horrible agonía del gitano (a partir de entonces, fue absolutamente escrupuloso con el garrote vil. Debía estar perfectamente ajustado, controlado y probado antes de la ejecución para que ésta fuera lo más rápida e indolora posible.). Al volver a la Elipa, se pasó media semana en cama y la otra media en la taberna, emborrachándose para olvidar. Ésa sería su dinámica detrás de cada ejecución en los casi veinte años que siguieron.

La pena de muerte no puede volver, ¿verdad? Para algo ha venido la República…

Porque a Casimiro no le gustaba la pena de muerte, y así lo hizo saber públicamente -firma incluida- en 1930, antes del advenimiento de la República en la que el verdugo confiaba, inocentemente, no para que aboliera la pena capital (porque se quedaría sin trabajo entonces) pero sí para que cesasen las ejecuciones. Cuando toda la Elipa se enteró de su dedicación, sobre él recayó el peor de los castigos: los vecinos se negaron a saludarle, a juntarse con él, a mencionarle siquiera. Él, que debería haber sido por siempre anónimo, aparecía con nombres y apellidos en todos los periódicos cuando saltaba algún escabroso caso en el que, de repente, y después de meses condenando prematuramente al asesino, todo el mundo se hacía bueno… todo el mundo, menos Casimiro. Especial inquina hubo en el caso del Rabazo.

Aquel pobre diablo había cometido uno de los crímenes más espantosos de los últimos años. Fue en verano de 1920, aunque la ejecución se retrasó hasta el 7 de febrero de 1924 y, entonces, el único culpable parecía ser Casimiro. ¡Quiá! Fue el Rabazo, Antonio Martínez, y sólo el Rabazo el culpable de aquella sangría. Resultó que, de repente, y sin venir a cuento, al Rabazo le entraron las ganas de matar a navajazos a Carolina Cortés Merchán, una vieja conocida de su infancia que por aquel entonces se hallaba embarazadísima, y así lo hizo, con alevosía y crueldad; y lo hizo también con su hija, porque no soportaba oírla rogarle que no le hiciera daño a mamá, y lo hizo también con otra hija que ni andaba, en su cunita, y se llevó 300 pesetas que luego se gastó en putas. La prensa, claro, lo puso fino. Pero no, cuando llegó la hora la culpa no la tuvo ni el Rey que firmó la sentencia de muerte, ni el asesino que mató porque así lo quiso, ni de nadie más que Casimiro por girar aquel maldito hierro. Y lo mismo con lo del Expreso de Andalucía dos meses después. Tres condenados que van, matan a dos trabajadores a sangre fría y se marchan con el botín, convirtiendo aquel tren en un convoy siniestro, todo un país conmocionado, hablando de maldades y crueldades, pero luego, a última hora, llega la compasión, y el que el matar está mal, pero claro, vivas al Rey, como si él no tuviera más que ver en la ejecución que Casimiro Municio y Antonio Mayoral, los verdugos, y a Primo de Rivera, y a los asesinos que, en el fondo, son pobres víctimas de la sociedad.

Por todo esas ironías, por toda esa doble moral, todos le quitaban la palabra al verdugo.

“Se murió mi compadre. Cuando lo vi tan tieso, tan amarillo, noté que me daba un vuelco a la cabeza. Luego, lloré… cuando le echaron la tierra encima, lloré otra vez.”

Todos menos uno. Casimiro tuvo un amigo, un solo amigo, en toda su vida, y se le murió. Parecía destinado a poca cosa más que sufrir. Ocurrió en los primeros años 30 y se veía venir, porque el amigo tenía más de setenta años de mala vida con poca comida y mucho vino, pobreza de solemnidad -tanta que sólo sobrevivió los últimos años por la caridad de Casimiro- y ceguera absoluta. Cuando murió, los ojos de Casimiro se anegaron en llanto, un hecho que recalcarían los periódicos, sorprendidos de que un verdugo tuviera humanidad. No podía tenerla.

Al igual que tampoco podía carecer de toda culpa aquel funesto año de 1936 en el que murió la segunda mujer que en la vida le amó. Se llamaba María García Mentallo y desde hacía un par de años compartía la vida con Casimiro. Una mujer gruesa, inocente, muy morena, de cejas anchas, sencilla, que se quemó viva una tarde con el brasero bajo las faldas, intentando calentarse en aquella triste casa de Francisco Panadero, 4 a la que se había mudado con ella el verdugo con su hijo el pequeño. Una muerte casual como tantas otras que se dieron por la misma causa en España, pero de la que no pudo huir tampoco el de Sepúlveda: la prensa le asaltó en su casa, en la taberna, en las calles, convencidos de que él había tenido algo que ver.

Todo lo que dicen aquí es falso. ¡Falso! ¡Esto es una calumnia! (…) Me tratan como a un perro. ¡Hacerle yo daño a mi compañera! ¡Qué injusticia! Ella se ha quemado con el brasero. ¡Mi compañera del alma! ¡Con lo que yo la quería!

La vida de Casimiro se apagó poco tiempo después, tan gris como siempre lo había sido. Murió el verdugo maldiciendo a la sociedad hipócrita que pide la cabeza de sus asesinos pero -para sentirse a sí mismos más justos- también la de quienes ejecutan tal petición, a los periodistas que le habían engañado tantas veces sacándole fotos de escondidas, porque él no se dejaba retratar, y que tanta infamia vertieron sobre él y todos los suyos (a la desgraciada María, pocos meses antes del accidente, la habían llamado bruja borracha en una publicación nacional, así, porque sí, para dar mayor dramatismo a la historia). Nadie habló de su muerte, porque aunque ésta rodee a la vida del verdugo, carece de importancia si es la suya propia: ¿a quién puede importarle la pérdida de un hombre de cartón, de un hombre gris, del chivo expiatorio de un país desagradecido e injusto, del cabeza de turco de la doble vara de medir de los poderosos?

¿A quién?

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