El chivo abstencionista

Con el paso de los años, la celebración de cualquier tipo de elecciones -en este caso, las asturianas tras el coitus interruptus casquista– ha ido progresando en mi interior de un extremo a otro: de la absoluta emoción y alegría con las que participé en las primeras de mi vida, en 2003, hasta la gris apatía que ha rodeado éstas últimas. Aunque esa progresión ha sido tan rápida como la de la talla de mis pantalones en estos nueve años de orgullosa electora, aún no ha llegado al extremo de pasar de ir al colegio, claro. Me gusta la política y me gusta participar de ella, lo cual -creo- hace aún más grave el que cada vez me plantee más seriamente de qué sirve, con un sistema injusto y que sólo favorece a los mismos, hacerlo.

El problema es que todo falla. Falla el sistema electoral, especialmente en Asturias, con tres circunscripciones que de poco sirven más que para dividir aún más el voto, porque los diputados que representan la una, la otra o la siguiente pocas veces asumen ese trabajo de la forma que deberían asumirlo en la teoría. Falla el sistema electoral en general: una ley injusta que hace que los votos de unos valgan más que los de los otros, y que acaba no sólo por afectar a esos otros, sino también a los «unos» cuando hay una vuelta de tuerca y necesitan una tercera fuerza para pactar. Falla la concepción del asunto: un quítame tú pa poneme yo que no cuenta ni con electores, ni con resultados, ni con fuerzas políticas minoritarias más que cuando las barbas del vecino se ponen a remojar y hacen falta con urgencia votos, porcentajes y pinzas. Fallan quienes quieren cambiar el sistema y recaen en los errores de siempre: en el amor al sofá y a las castas políticas de personajillos, en la sordera selectiva para con la ciudadanía a la que deberían representar mejor que nadie, en el cambio de chaqueta constante ante una oportunidad y otra. Falla la autocrítica de unos y de otros, y del análisis serio de unos resultados de cuya consecuencia más importante nadie habla: la cristalización del desencanto más absoluto de la política con un 44% de abstención de la que, por más que nos digan, no tienen la culpa los abstencionistas sino quienes no han logrado convencerles que de algo sirve no serlo.

Nadie habla de la abstención más que para maldecirla y rememorar esa estupidez innata al ser humano -cuando el ser humano es elector, claro, no elegible- que hace que el votante desencantado se quede en casa. Pero tampoco nadie habla de los pactos contracorriente que hacen que ese votante, quizás, en unas anteriores elecciones viera vendido su voto al mejor postor; ni de las leyes sacadas de la manga por responsabilidad que se pasan por encima del cadáver de la ilusión política. No habla nadie de cómo se olvidaron los elegibles del elector durante cuatro años hasta quince días antes de que éste tenga que meter un voto en una urna que la mayoría de las veces no es de cristal, sino de plástico, un material tan de mentira como las promesas de los programas electorales de todos y cada uno de los partidos.

Recuerde el lector, llegados a este punto, que antes comenté que sigo y seguiré participando en política y que ni me abstengo ni voto en blanco, que medito mi voto y que siempre he votado a partidos. No digo con todo lo anterior que todos los partidos sean iguales, puesto que es obvio que tengo mis favoritos. Pero sí digo que la política, desgraciadamente, está pasada de moda por culpa de los muchos y gruesos errores de todos y cada uno de los partidos que con este sistema la representan; y que echar la culpa a quien se abstiene en unas elecciones es el equivalente de culpar al profesor que nos suspendió un examen de haberlo hecho, y no reconocer que quizás, más bien, el suspenso se debe a que no hemos hecho bien nuestros deberes durante el curso.

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