Melu, el cazafantasmas de Borines

El Melu nunca presumió de valiente, aunque tuviera la fama. Valiente, decía él, foi la mio madre Fausta -hoy hace 219 años que vino al mundo-, que foi la pequeña de diez hermanos y vivió, y luegu parió seis fiyos y vivimos dos, y una-y salió madre soltera y allá qu’andaba Fausta cola cabeza bien alta por tóu Borines; aquellu yera valentía, ¿oyisti? ¡Aquellu sí que lo yera! Valiente, decía él, foi el mio padre José, que-y morrió el padre de neñu, pordiosando por Biabaño, y a los venti años morri él de lo mismu, una enfermedá que nadie sabía por qué y que los llevaba muy mozos; catorci años tenía yo, y hasta l’últimu día tuvo segando y yendo a les vaques aunque ya sintiera qu’algu taba pudriéndolu por dientro.

Pero dijera lo que dijera el Melu, él era valiente. O, al menos, no era supersticioso, que para la época en que vivió ya era bastante. Para su leyenda quedaría una historia que haría la envidia del mismísimo Pachín de Melás, que escribió un día -el Melu ya llevaba años enterrado por aquel entonces-:

¡Arrepáresme bien! ¿mires quién soy?
soy Pachín de Melás, el de Sotera
qu’oyéndome gufar enfurecíu
cinco veces fuxó de min la güestia.

Soy el gallu ¡sandiez! de la quintana;
por lo mesmo en magüestu que’n andecha,
n’entrando Pachín falando arrecio
¡adiós mundu! podéis atar la llengua.

Es posible que lo de Pachín fuera no más que grandonismo gijonés… pero el Melu sí que escapó la güestia una vez.

A mediados del siglo XIX, la tierra de Borines era un lugar bello, pero tenebroso. Aún no se había descubierto el manantial de la Victoria que abriría paso al elegante balneario de finales de siglo y, por tanto, las comunicaciones con la villa más próxima, la de Infiesto, dejaban mucho que desear. En los días de invierno, cuando oscurecía tan pronto, los árboles parecían abalanzarse sobre las caleyas como para devorar al caminante, y las grandes ojos de las aves nocturnas brillaban, espectrales, en medio del negror de la noche. Era fácil perderse por el monte para no volver cuando faltaba la luz, y muchos comentaban que también era posible encontrarse de bruces con la güestia, esas infelices ánimas que lloraban las penurias no curadas en vida por los caminos y que anunciaban su presencia con lamentos, amenazas y olor a cera derretida. La güestia se llevaba con ella a cualquiera con el que se cruzase, y por eso los nenos tenían que estar bien pronto dentro de la casa, a salvo metidos en la cama, y también los mayores, y dejar, así, la noche para sus legítimas propietarias: las ánimas que redimían sus penas vestidas de una larga y roída túnica blanca.

Por si todo aquello fuera poco, el camino principal de Borines pasaba por enfrente de la iglesia y, por ende, del cementerio. Pobre y lúgubre, el cementerio de Borines a mediados del XIX era una sucesión de lápidas ya centenarias superpuestas las unas sobre las otras, en un complicadísimo laberinto que se resolvería, medio siglo después, con la eliminación de ese viejo camposanto y la construcción de uno más moderno -el actual-, más frío, más de cemento, más higiénico pero quizás más triste. Allí reposaban los restos del padre del Melu, José, y los padres de éste, José y Teresa, muertos todos en apenas veinte años, jóvenes pero enfermos de hambre y de miseria.  Afortunadamente, Fausta, la madre, tenía una genética fuerte, y con más de setenta años hacía gala de una mala hostia considerable. La misma que había heredado Melu.

Allá por noviembre de un año indeterminado, el pueblo comenzó a entrar en estado de pánico. Desde hacía días, los caminantes que volvían a última hora del día a sus casas, al paso por el cementerio, oían crujir de cadenas y lamentos  desconsolados de una rara güestia. Rara, porque a pesar de que pronunciase los gritos y amenazas que a ésta correspondían –¡andá-y de día, que la noche es mía!-, no se componía de más de un ánima, ni vagaba por el monte sin rumbo alguno, sino que había decidido quedarse en el cementerio desde el día de Todos los Santos. Desde que aquello pasaba, las viudas no se atrevían a ir a limpiar la tumba del marido muerto, ni los niños a jugar a la puerta del camposanto, ni siquiera los hombres a pasar, de vuelta del mercado, por el camino principal. Sólo dos personas en el pueblo eran incrédulas al respecto: me refiero, cómo no, a doña Fausta y a su hijo Melu.

El culmen de aquello llegó -novelizo ahora un poco pero ¿qué sería de la Historia sin la novela?- cuando la pequeña Ramona, de escasos cinco añinos, la fía mayor del Melu, se negó a entrar un día en el camposanto. Era 15 de diciembre y la abuela Fausta la había llevado a poner una flor en la tumba del abuelo José, que se había ido tal día como aquel hacía ya muchos años. La nena, que hacía poco que podía hablar, se había contagiado de la superstición de todos cuantos la rodeaban y comenzó a llorar desconsolada: non, güelina, pantasma, pantasma, non, non.

– Tienes una fía tonta y más tonta va facése si sigue la tontada ésta del pantasma del cementeriu, Manuel.

– ¿Y qué voy hacer yo, madre?

– ¿Qué va ser? Pues dir a espantar al ánima.

Cualquiera había rechazado aquel ofrecimiento. Pero el Melu siempre decía que a quienes había que temer era a los vivos y no a los muertos. Por eso la respuesta fue breve y sorprendente en la normalidad que llevaba:

– Buenu.

Aquella misma noche, frente a los chillidos de la buena Rafaela, su mujer, el Melu cogió la posesión más preciada de la familia, un trabuco siempre cargado y colgado del quicio de la puerta para por si acasu, y puso camino al cementerio. Ya empezaban a oírse, al llegar a la altura de la finca del Santi, el crujido de la cadena que aquel alma en pena debía llevar, en castigo a sus malas obras en vida, por toda la eternidad, y los llantos que salían de su espectral garganta. En el silencio y la oscuridad de la noche aquellos lamentos eran, bien es cierto, impresionantes. Pero no en la mente del Melu que, minutos antes, había tranquilizado a su mujer con un poco tradicional pero muy funcional

– Él tién una cadena y yo un trabuco. ¿Quién crées que sál ganando, Falina?

Los quejidos se hicieron aún más fuertes cuando Melu abrió la chirriante puerta del cementerio. Trabuco en ristre y achinando los ojos, aquel carpintero, labrador y lo que terciase para poder dar de comer a la muyer, la madre y los fíos, se dispuso a disparar a cualquier sombra que le pasara por enfrente. Y entonces lo vio.

Una presencia blanca como la nieve, inerte, que le miraba fijamente desde el otro lado del cementerio. Extremadamente delgada y cubierta con una larga sábana, que arrastraba una pesada cadena de hierro y sujetaba, temblando, una gruesa vela encendida que hacía que todo el camposanto oliera intensamente a cera caliente.  Sólo por un momento, por uno solo, al Melu le impresionó aquella visión. Toda la vida sin creer en las ánimas, y ahora se enfrentaba cara a cara a una. No era el momento de enflaquecer. Muerto ya o no su contrincante, debía preservar la valentía que siempre le había caracterizado. Así que al tajo.

– Mecago n’hasta mi puta madre.

La respuesta fue un crujido de cadenas y un temblequeo de la vela que sujetaba aquella extraña presencia.

– Voi volate la puta cabeza.

Un lamento como única respuesta. Y el Melu levantó el arma y apuntó directamente a la espectral presencia. Se impuso en el ambiente un ligerísimo olor a pólvora procedente del trabuco.

Y entonces… se acabó todo.

– ¡¡Melu, por el amor de Dios, nun me mates!!

El carpintero bajó el arma y frunció el ceño en un gesto de sorpresa.

– ¿Pero tú nun tabes muertu ya?

– ¡Pero qué voi tar muertu, joder, qué voi tar muertu!

El “ánima” se quitó de una brazada la sábana blanca y se descubrió. Un rapaz de apenas quince años, con cara de pánico y temblequeo incesante de unas pierninas esqueléticas por el hambre.

– ¿Fulanito? ¿Pero qué cojones…?

– ¡Nun digas nada, por Dios, nun digas nada! Que yo nun quería hacer esto, pero ye el cura el que me mandó.

– ¿El hideputa del cura?

– ¡Claru! ¿Nun ves que dende que la xenti tién miéu del pantasma del cementeriu dexa más perres nel cepillu la ilesia? ¡Pues pa eso me quiér aquí! Él me da unos realinos y…

– Marcha pa casa agora mesmu y nun se t’ocurra volver o te meto una somanta palos que quedes finu pa tola vida.

Espantó de tan terrenal forma Manuel Martino Orraca, el Melu (1821-1899), mi pentabuelo, al pantasma de Borines. Ocurrió hace más de ciento cincuenta años y, desde entonces, no se ha vuelto a registrar ninguna esotérica presencia más en las faldas del Sueve. Bueno, puede que alguna otra… pero esa historia, mejor, la dejamos para otro día.

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