Gijón en fiestas. 1912

Aquel agosto del 1912 -han corrido ya largos, convulsos, a veces grises, cien años- fue muy similar a éste. Rabioso de calor y en ocasiones eléctrico: las tormentas se alternaban con los días de la playa, como siempre que el tiempo decide dar sol a Asturias. Y aquella Semana Grande se diferenció de ésta poco en lo esencial, muchísimo en lo particular.

En 1912, la atracción social y principal de la Semana Grande giraba en torno a los toros de la feria de Begoña. Organizada por la sociedad “La Chistera”, en la Plaza de Toros se encontraban todas las caras de las niñas bonitas de Gijón, la canela fina y la no tan fina, los comerciales, la burguesía alta, baja y moderada, pero también los carteristas a las puertas del recinto y los muchachetes de cara pecosa debajo de una boina raída y colilla recogida del suelo en la boca. Todos se acercaban a ver el espectáculo ciertamente pelín exótico que venían a darles toreros del otro extremo de España e, incluso, en contadas ocasiones, de México. Torearon aquel verano de 1912, porque por aquel entonces y por aquello del ahorrar presupuesto los toreros repetían varios días,  Machaquito, Antonio Boto Regaterín, Minuto, Bombita, Saleri y Luis Freg, “el moderno torero”. Requebraban los toreros a las niñas de Gijón y peloteaban a la presidencia con versillos baratos pero efectivos, como aquel que dedicó Minuto el 18 de agosto:

Brindo a la presidencia, a la afición,
a las niñas bonitas de Gijón
y por todo el concurso soberano.
Si la suerte esta tarde me acompaña
¡ya veréis con qué arte y qué maña
estoquea este ex niño sevillano!

De los toros -que respondían a nombres como Aragonés, Machaquito, Trompeta, Farolilla, Corretón, Velloso, Gomoso, Lobero, Enemigo, Lumbrero, Capitán, Bailarín, Estudiante, Mancheguito, Mediaonza, Zapatero, Alabardito, Tarlanero o Hacinero- se esperaba que fueran fieros y que matasen algún caballo. Mataron pocos; e irónicamente, durante aquellos días de fiesta, fue un caballo el que mató a alguien en Gijón: concretamente al sirviente de una familia rica que, ajeno, al jolgorio de la Semana Grande, lavaba un par de caballos en el río Piles -era lo habitual- y pasó por mal sitio cuando uno de ellos decidió lanzar una coz al aire.

Tras los toros, cada día de la Semana Grande fue atracción el paseo de señoritas con mantilla española en el paseo de Begoña. Aquel Gijón industrial de principios del siglo XX ya comenzaba a copiar ínfulas de gran ciudad castellana, pero frente a aquellas costumbres adquiridas se daban lugar también otras más llanas. En los Campinos de Begoña, así, se instalaron columpios y casetas para practicar el tiro al pichón, y en el Cine Modernista (llamado así porque disponía de cinematógrafo, pero donde se exhibían más frecuentemente espectáculos más clásicos) bailaron la moderna Consuelo Díaz y los “colosos de la jota”, los hermanos Gómez, y cantó una cupletista que se hacía llamar Emma de América.

En los jardines de la fábrica de cerveza La Estrella de Gijón, situada en el barrio de la Calzada, tuvo lugar una “Garden-party” organizada por  las damas de la sección local de la Cruz Roja, en la que se produjo gran animación ante el espectáculo de la cantante y bailarina La Argentinita.

Otra de las atracciones hace cien años fue la novedosa Fiesta de la Flor, una enorme exposición de plantas en el instituto Jovellanos (ahora lo llamamos antiguo Instituto pero, por supuesto, no siempre llevó tal adjetivo). Gran impresión causó ver el recinto lleno de macetas de muy diferentes flores, el patio lleno de macizos diseñados por el floricultor Pedro Múgica y, en el jardín, una gruta artificial repleta de tiestos; así como las exposciones de plantas del conde Revillagigedo y las petunias híbridas de Somonte. Además, se organizó un concurso para niñas y jovencitas y se dieron premios para las que presentasen mejores especímenes, criados por ellas mismas, de varias modalidades: rosales, begonias rex, begonias bulbosas, fucsias y heliotropos.

En La Guía, concretamente en el Campo del Recreo, el recién creado Club Cubano organizó una jornada de homenaje al cónsul cubano que giró en torno a un oneroso almuerzo compuesto por platos cubanos como arroz blanco, huevos fritos, tasajo aporreado y carne de puerco frita a lo camagueyano, todo regado con vino de Rioja y café carretero.

Por supuesto, la playa ya acogía a bañistas, suponiendo una de las principales atracciones para los forasteros que venían a visitar a Gijón en sus fiestas. Decía un columnista de El Noroeste, que se hacía llamar literalmente El chico del Bulevar, el 15 de agosto:

La playa extensa oculta el dorado de su alfombra entre la multitud que hormiguea; los diques de los puertos son balconaje desde donde se avizora el mar que tantas leyendas guarda para los que de el viven lejos; por las calles centrales bulle y cascabelea la muchedumbre de los toros, puéblase la campiña inmediata que ofrece generosa todo el perfume de su flora y la exhuberancia de su vegetacion fertilísima…

Esplende Gijon, ríe alborozado, y el rumor de fiesta que por todas partes nos envuelve, es un himno que entonan el amor y el cariño hacia los miles de visitantes que (lo visitan) en el día solemne de su fiesta máxima.

Viste hoy Gijón sus galas más espléndidas. Hoy es la fiesta grande. Gijón te saluda, leal y respetuoso, forastero que contribuyes a la vida de mi pueblo.

Aquel mismo día, y durante todos los de la Semana Grande, hubo verbena en el paseo de Begoña y un hermoso globo aerostático de grandes dimensiones sobrevoló la ciudad con el slogan Gijón á los forasteros. Éstos abarrotaban los trenes que llegaban a la Estación del Norte, especialmente desde Oviedo y las cuencas mineras. La playa de San Lorenzo -la única por aquel entonces destinada a tales fines- recogió miles de bañistas salvo los dos días que llovió. La noche del 16 se hizo una verbena en la playa, que presentaba una enorme novedad: la iluminación con focos eléctricos. Y, un poco más allá, don Laureano Vinck obsequió a los visitantes con un cinematógrafo público que daba varias sesiones al día.

Y hubo fuegos, como hoy. El Día Grande se inauguró a las 11 con un concierto en el Bulevar, y, a la noche, se anunció con seis bombas reales la explosión de una traca de lujo creada por José Rubiera, pirotécnico gijonés. Los periódicos advertían al por aquel entonces poco experimentado público que había que mantenerse alejado de la traca en el momento de su quema. Hubo fuegos de jardín y una portada representando una enorme chistera, elemento que, por lo visto, se asociaba constantemente con la fiesta.

En Liquerica se organizaron cucañas y carreras de nadadores, espectáculos mejor disfrutados por aquellos que no daban gran atención a los toros ni tampoco podían optar a comprar la carne de los animales lidiados en el mercado Jovellanos, punto autorizado de su venta. Nadie se dio cuenta de que, pocos metros más allá, en la por entonces oscura y lodosa playa de Poniente, cerrada al público y con menesteres menos lúdicos que hoy en día, reposaba un misterioso cadáver con una pistola al lado de la sien desde hacía ya meses, y que sólo fue descubierto un par de días después de finalizadas las fiestas.

Acabaron aquellas fiestas de Begoña de hace ahora exactamente 100 años con un gran espectáculo jamás visto en otros lugares de España: la arena de la Plaza de Toros se tilló y se cubrió de una lona blanca para poder celebrar en ella un gran baile el último día de la Semana Grande. Se anunciaba, también, la continuación del verano gijonés, esta vez con un evento deportivo: la Semana Sportiva que se celebraría del 29 de agosto al 8 de septiembre y que enfrentaría al Sporting Avilesino, el Oviedo Football Club, el Gijón Sport Club, la Sportiva Gijonesa, el Gijón Football club y el Sporting de Gijón.

Gijón se rezagaba a la hora de cerrar las modernas fiestas de 1912, como hoy se rezaga en finalizar las de 2012. La ciudad ha cambiado muchísimo, las personas que por aquel entonces disfrutaron de cada espectáculo se han ido para siempre, pero casi parece hoy sentirse su presencia en la atmósfera veraniega de un Xixón en fiestas. Cien años han podido con los detalles, no con la esencia de las fiestas gijonesas. Pero habrá de ser el lector quien decida qué hay de malo y qué de bueno en ello. Quien escribe es mera cronista, cuentacuentos y nostálgica empedernida.

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