Oviedo en fiestas. 1912

Conciertos gratis, bocadillos de calamares y chiringuitos en las calles. Ésa es la imagen que hoy asociamos a las fiestas ovetenses de San Mateo, las mismas que estos días alegran la ciudad, pero no siempre fue de este modo. ¿Cómo se celebraba un San Mateo hace cien años? Metámonos en esa máquina del tiempo que también nos transportó a la Semana Grande gijonesa de 1912 y vayamos al Oviedo de hace un siglo, ese Oviedo para el que la luz eléctrica aún suponía un espectáculo, el cinematógrafo proyectaba cortos ambientados con organillo y en el que los muchachos de visera calada y chaqueta raída no pisaban -¡ni imaginárselo!- el mismo suelo que las señoras de buen parecer, de mantón y de peineta, ni siquiera en el transcurso de las fiestas.

Cómo llegar:

Las fiestas de San Mateo comenzaron el 13 de septiembre, que caía de jueves, con gran animación y bullicio procedente de todas las partes de Asturias. Tanto era así que los ferrocarriles del Norte hacían precio especial mateíno a sus viajeros: del 16 al 30 de septiembre se pusieron a la venta billetes de precio reducido desde todos los puntos álgidos de Asturias… que tuvieran conexión con Oviedo. Así, las estaciones de Puente de los Fierros, Campomanes, Ujo y Santullano, Ablaña, Olloniego y Soto del Rey, Pola de Lena, Mieres, Llanera, Veriña y Serín, Avilés y Cancienes, Sama y Ciaño, Lugones y Llanera, Villabona, San Claudio y Trubia y algunas pocas más disfrutaron de un servicio directo con las fiestas a precios anticrisis, si se aguantaba el largo y engorroso viaje, eso sí. El último tren que salía de Oviedo para retirarse a Gijón, por ejemplo, lo hacía a las 00,10 horas de la noche, pero no llegaba hasta la 1,23. Oviedo-Llanes salía a las 19,30 y llegaba a las 23,00, y el Oviedo-Infiesto salía a las 20,55 para llegar a las 22,44.

Foot-ball y entretenimientos del pueblo llano:

A las 17 horas del día 13 se celebró el partido inaugural de «foot ball», disputado entre los equipos ovetenses Fortuna y Foot Ball Club (mucho no se esmeraron con el nombre del segundo, desde luego), amenizado por la banda de música y bajo una curiosa normativa: el equipo que no estuviera a la hora exacta en el campo se consideraría derrotado. ¿Cuántas veces anteriores a ésta fallaría a última hora uno de los contrincantes para tener que dejar clara tan rotunda norma?

El caso es que ganó el Foot Ball por dos goals (sic) a uno, pasando a la segunda fase del torneo contra el Sporting (no el gijonés). El vencedor, que resultó serlo, de nuevo, el Foot Ball, por uno a cero, recibió un suculento premio de 100 pesetas. Por idéntico premio se enfrentaron, días más tarde, el Gijón Foot-Ball Club y el Oviedo Foot-Ball Club, que resultó vencedor.

Se celebraron también carreras de bicicletas y motocicletas y, en el campo de San Francisco, se instalaron pabellones de espectáculos, tiovivos, salones de tiro al blanco y puestos de bebidas, ancestros remotos pero directos de los chiringuitos de hoy en día. En el paseo del Bombé se celebró una concurridísima verbena rematada, el día 21, con espectáculo pirotécnico, y en la calle Campomanes se instaló el cinematógrafo.

La semana de la aviación:

Éste era, desde luego, el plato fuerte del San Mateo de 1912. Del extranjero llegaron los aviadores Pommet y Lacombe. El campo de aviación se instaló en la Silla del Rey y acceder a las tribunas para ver el espectáculo no era lo que se dice muy barato: 2,50 pesetas si se deseaba una tribuna, 2 por una silla, 1,50 por un tabloncillo  y 0,50 la entrada sin derecho a asiento. Con descuentos, eso sí, para niños o militares (entrada a 0,10 pesetas) y un plus de 0,25 pesetas para poder acceder a los sitios estratégicos.

Tuvo lugar la primera exhibición el día 20, día de niebla y frío, sobrevolando el cielo ovetense Poumet hasta llegar a Colloto y Lacombe hasta San Esteban de las Cruces. El día 24, un fallo de Lacombe hizo presagiar la tragedia que, afortunadamente, no ocurrió: El aviador quiso aterrizar rapidísimo, como en su primer vuelo, y estuvo a punto de caer sobre un terreno de gran extensión, sembrado de maíz, colindante con el campo (…) El avión sufrió la rotura de ambas ruedas, del tren de aterrizaje, de la hélice y del soporte, averías éstas cuya reparación suponen unas 7000 pesetas de costo. El 25, última sesión de aviación, y debido a este accidente, sólo pudo volar Poumet.

Toros y otros animales:

Se celebraron corridas de toros en la plaza de Buenavista el 21 y el 22 de septiembre. La gran estrella fue el madrileño Tomás Fernández Alarcón, Mazzantinito, que, además, fue obsequiado con un suculento banquete en el hotel-restaurant Trannoy, situado en la calle Altamirano. Nadie podía saber, por aquel entonces, que al pobre Mazzantinito, le quedaban apenas cuatro años de vida. No se lo llevó, como hubiera sido de esperar, un toro, pero sí una fulminante tuberculosis, en 1916.

Al igual que en la Semana Grande gijonesa, en el San Mateo ovetense también se celebraron torneos de tiro al pichón, si bien en el caso de Oviedo este ‘deporte’ se revestía de más solemnidad: hasta el propio alcalde de la ciudad participaba exhibiendo el bello alfiler de corbata que le había regalado la mismísima infanta Isabel, la chata. Quince pesetas costaba la entrada, exactamente lo mismo que costaba la copa que se llevaría el ganador.

Música, teatro y pasacalles

Era costumbre inaugurar cada día de las fiestas con las bandas de música recorriendo las calles por la mañana, y gigantes y cabezudos durante las tardes. Los chiquillos se arremolinaban en torno a los alegres músicos y los misteriosos cabezones, en una imagen que se repetiría durante décadas.

El 15 de septiembre actuó la compañía cómico dramática de Matilde Moreno, con el famoso actor Ricardo Puga a la cabeza, en el Campoamor, interpretando la obra de Jacinto Benavente La escuela de las princesas.

Entretenimientos privados

Como el que, por alguna razón que se nos escapa, se celebró en el Teatro Campoamor los días 14 y 15 de septiembre: el día de Zaragoza en Asturias, que por el módico precio de 0,50 pesetas permitía disfrutar del discurso inaugural del director del Instituto Jovellanos de Gijón y del del anfitrión, el decano de ciencias señor Mur. Una rondalla zaragozana pondría el broche musical al que sería llamado el «día de la jota».

El día 15, a las cuatro de la tarde, se celebró en el garaje S.C.A.R. una carrera de automóviles en la que participaron nueve coches. ¡Y ya eran bastantes en 1912! Fueron el torpedo S.C.A.R. de Manuel del Rosal, el torpedo sport Hispano Suizo del llanisco Eduardo García, el doble faetón Hispano Suizo de Fernando Bueno, el torpedo sport S.C.A.R. de José Pérez Lozana, el Panhard Levassor del madrileño Luis M. Kleiser y el torpedo sport Baly, propiedad del mismo garaje que organizaba la carrera. Las pruebas tuvieron lugar en un improvisado circuito en cuesta, que salía de la calle Toreno hacia la meta, situada en el alto de Buenavista.

En el Casino, en la noche del 23, se celebró un baile extraordinario sólo para VIPs con el suficiente potencial como para pagar la entrada y la etiqueta exigida.

La Kermesse

Fue la principal atracción para señoras y señoritas bien en aquel Oviedo de 1912. En la Kermesse (rimbombante nombre para definir una rifa benéfica, en la que cuantos más cupones se comprasen más opciones había de llevarse los regalos donados) mateína colaboraron con donaciones todos los ricos de la provincia, e incluso, si hacemos caso a los periódicos, la Casa Real. Incontable número de regalos fueron llegando en los días festivos a la kermesse para ser expuestos y rifados. Podían ser elegantes y carísimos, como la corbeille (cesta) de plata y cristal de bohemia con repujados y encerrada en un estuche blanco que donó la marquesa de Argüelles, o exóticas novedades de la técnica como el termo de litro de don Manuel Estrada o el original aparato de luz eléctrica en forma de «un oso polar sobre un témpano de hielo» del marqués de Taracena. También destacó la  figurita de terracota de don Florentino Morán Lavandera y la pareja de perros setter de don Nicanor de las Alas Pumariño; el portátil de luz eléctrica, cristal musgo y bronce de don Eusebio Zubillaga, o los trinchantes -ojo, que no tenedores-  de plata de la viuda de Maurí.

La carpa de la Kermesse, que se instaló en el campo de San Francisco, contaba con la más avanzada tecnología, disponiendo de luz eléctrica en su interior. Un enorme espectáculo para una sociedad que aún se alumbraría durante décadas con lámparas de queroseno.

***

Señoriales, los vetustos edificios que pueblan Oviedo han visto pasar el tiempo y desaparecer personas, modas, momentos y aquellas fiestas de San Mateo no mejores, pero sí tan diferentes, que hace hoy cien años movían a ritmo de acordeón a los tatarabuelos de quienes hoy disfrutan de los mojitos del Rincón Cubano.

¿Qué será lo que cambie dentro de cien años en las fiestas mateínas? Por suerte o por desgracia, aventurarnos a divagar sobre qué haran nuestros bisnietos y tataranietos sería sólo eso: divagar. Lo único que podemos afirmar, sin duda, es que cuando éstos echen la vista atrás sonreirán de la forma que sonreimos ahora imaginando los hoy ingenuos entretenimientos de principios de siglo.

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