El misterioso crimen de la fulana Verdier

Joven 24 años. Ofrécese para delineante ó escribiente. Modestas pretensiones. Escribid: Tudescos 15-17, tercero izquierda. José Echaurren.

¿No les ha ocurrido nunca que, leyendo viejos periódicos, se paran en esos pequeños fragmentos de misterio cotidiano que son los anuncios por palabras y tratan de recuperar historias de vida tan sólo en base de ese conciso par de líneas, de identificar lugares, de situar fantasmas en el tiempo y espacio concretos que marca, desde luego originalmente con otras intenciones, el anuncio? Es, sin duda, una de las curiosidades más emocionantes a las que una se enfrenta cuando revisa las hemerotecas, pero también (o quizás precisamente por ello), una de las más infructuosas. Por ejemplo, este tal José Echaurren que buscó trabajo de forma insistente durante los meses del verano y el otoño en las páginas del ABC. Ni más remota idea ni de su origen, ni de su historia, ni de su final. Sólo los datos que nos refiere el periódico y, tan sólo en esta ocasión particular, algo más: que su lugar de residencia era una pequeña casuca de alquiler céntrica pero en zona de mal vivir, pleno barrio chino madrileño y, por si esto fuera poco, venida a menos. Porque no todo el mundo en el Madrid de la época estaría dispuesto a residir en el mismo cuarto en el que, apenas tres años atrás, había sido asesinada una mujer en un crimen jamás resuelto.

Ocurrió el jueves 13 de abril de 1907. Aquel mediodía, poco antes de la hora de comer, el chillido histérico de una mujer interrumpió el silencio del barrio. Un zapatero que trabajaba en la acera de enfrente y Matilde Merello, una vecina de buen oído que se dirigía a casa, fueron los primeros en darse cuenta de que el grito, sin duda, debía proceder del tercero izquierda de Tudescos 15, donde residía desde hacía ya algunos años una bella y ostentosa mujer llamada Vicenta Verdier. A pesar de la premura con la que vecinos y autoridades tardaron en echar la puerta abajo, poco hubo que hacer. El piso, sellado a cal y canto (aunque Vicenta, decían, dejaba a veces el cerrojo abierto, confiada como era, aquel día no había sido así), encerraba una tranquilidad pasmosa tan sólo interrumpida por el macabro hallazgo: un reguero de sangre a lo largo de todo el pasillo, desde la cocina a la habitación. Y, en la habitación, la fiel Nena, la perrita de aguas de Vicenta, que arrancó a ladrar como nunca antes cuando la policía intentó acercarse a la cama. En ella reposaba, en medio de un charco de sangre, el cuerpo degollado de la mujer, vestido apenas con una falda bajera, un corsé mínimo y un delantal. En la mano, dijeron los periódicos, quién sabe si por poetizar el asunto o por ser verdad, una figurita de plata de la virgen del Pilar. Y nada más. El silencio. Tan sólo una ventana abierta, la de la alcoba, que daba a la calle Silva, y una teja rota más allá, parecía dar una pista acerca de por dónde había huido el asesino.

No hubo más. O no quisieron que lo hubiera. Durante semanas la prensa se dedicó a glosar la licenciosa vida de la bella Verdier. Nacida en el pueblo de Épila (Zaragoza) sobre 1870, residía en Madrid desde hacía por lo menos quince años, siempre de alquiler, siempre soltera. Siendo sirvienta, había conocido a un joven heredero del que jamás se supo el nombre, y que, por una u otra razón, siempre se negó a casarse con ella. Como el silencio se paga, cuando el misterioso muchacho contrajo, allá por 1900, matrimonio con una muchacha decente, se hizo cargo de la caprichosa manutención de Vicenta, que en ese mismo momento perdió el contacto con los hermanos de Zaragoza. Paulina, Claudia y Mariano Verdier negarían siempre cualquier tipo de relación con quienes ellos consideraban la hermana perdida y licenciosa. Tan sólo Faustina, que había llegado con ella a Madrid y que había tenido más suerte en lo del emparejarse, la recibía cada día y le ofrecía café.

A Vicenta le gustaba andar de cafés y de hombres. Los días siguientes a su asesinato, la confusa policía recibió un sinfín de anónimos que remitían a las idas y venidas de la Verdier a cierta casa de citas del distrito del Hospicio. Ávidos de morbo y de información, los periodistas publicaron que, entre la lista de hallazgos en el piso del crimen se habían encontrado ropas de varón, y un reloj, e incluso un libro pornográfico ilustrado. Y joyas. Y caprichos impropios de una dama sin oficio conocido, y un retrato firmado a un marido inexistente.  Sin embargo, mientras los periodistas bullían de actividad en el caso de la Verdier, la policía parecía pedir calma de una forma excesiva para tratarse de un crimen que había sumido en el pánico a toda la población madrileña y que ocupaba páginas enteras en la prensa nacional. Deberíamos contratar a Conan Doyle, sugirió un avezado periodista. Y ni aún así.

Jamás hubo ni pistas ni sospechosos que durasen más de una semana. El drama adquirió tintes de vodevil. Se sospechó de los personajes más variopintos y chiripitifláuticos que pudieron hallarse. En primer lugar, de la señora Romillo, esposa de un señor que hacía más de una década había mantenido supuestas relaciones con la Verdier y que tuvo la mala idea de pasarse, en las horas posteriores al crimen, por la calle Tudescos en dirección a Jacometrezo.  Después a su marido, en una tragicomedia que acabó con dos policías expulsados por intentar falsificar pruebas y hacer chantajes para acusarle.  En 1911 un tal Salustiano Fernández, que en realidad se llamaba José González, se declaró culpable del crimen, durando la mentira apenas si un par de días. En 1913 se detendría al desgraciado Luis Miguel Rosales, un pobre diablo cordobés que jamás había pisado suelo madrileño. En 1927, Antonio Pérez de la Cuesta, que residía en Estados Unidos, donde se hacía llamar Eddy Ponsshon y estaba vinculado al Ku Kux Klan, se declaró culpable. Un loco más para la colección.

Han pasado hoy más de cien años y nadie, aún, ha pagado por el asesinato de la fulana Verdier. Pero…

¿por qué jamás se publicó el nombre del protector de Vicenta, el que le pagó el piso, la comida y los caprichos durante más de una década? ¿por qué jamás fue sospechoso?

¿es coincidencia que, desde hacía unos meses, el “salario” de Vicenta se hubiera reducido de 300 pesetas a apenas 75, que no le llegaban siquiera para pagar el alquiler del piso y la pensión (60 pesetas cada uno)? ¿Es coincidencia que, debido a esta drástica reducción de la mensualidad, la Verdier hubiera tenido que despedir a su fiel criada, Francisca Ruiz?

¿por qué la Nena no avisó de la presencia de un intruso en la casa, si apenas horas después hubo que reducirla para poder acceder a la habitación de Vicenta? ¿Acaso es que conocía más que de sobra al asesino de la Verdier?

¿qué clase de personaje tenía la capacidad económica suficiente para costearse al menos una amante a 300 pesetas de la época al mes… y el silencio de toda la prensa y la policía madrileña?

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