Los sueños eléctricos de Gëorgia Knap

Cuando Gëorgia Knap se quedó huérfano de padre y madre tenía quince años y parecía que la muerte estaba tan lejana que casi ni podía divisarla, allá, oculta en el horizonte. Margueriite, la madre, hacía tiempo ya que no estaba en este mundo, y Léonce, el padre, acababa de morir. Fue al ver la cara de su padre difunto, ajada por la enfermedad y la miseria, cuando el pequeño Gëorgia recibió el golpe más fuerte de su vida: la certeza de que, un día u otro, a él también le tocaría morir. Y de hacerlo a tiempo, además, lo haría decrépito, arrugado y viejo. La obsesión con esa horrible idea que no le dejó dormir a partir de entonces convirtió a Gëorgia, con el paso de los años, en un genio.

Un genio excéntrico, de película. Un genio jamás comprendido que elevó a ciencia sus más profundos deseos. ¡Lástima que la ciencia no hiciera, muchas veces, lo propio con ellos! Resultó que Gëorgia Knap, parlanchín de profesión y natural de Troyes (Francia), llegó a diversificar tanto su actividad intelectual que no nos es fácil, hoy en día, resumirla en tan sólo unas líneas. Podríamos empezar por su faceta naturista. Aseguraba Knap haber obtenido un método cercano al de la juventud eterna, basado simplemente en una alimentación sana, y haber mantenido con él viva a una cobaya durante ¡treinta años! Nadie tuvo el placer de observar al longevo animal, pero la cohorte de seguidores de Knap sí pudo disfrutar de sus teorías publicadas en forma de libro. En ellas, el francés aseguraba que la decrepitud se frenaría adoptando costumbres como consumir zanahorias gratinadas, desayunando zumo y fruta en vez de café con bollería, consumiendo pescado totalmente fresco y huevos de gallinas alimentadas de forma natural, sin piensos; y, sobre todo, dejando de consumir leche entera la cual, en su opinión, era veneno puro para el organismo. Las verduras, según Knap, debían ser consumidas crudas en la medida de lo posible. Su libro Quand j’étais vieux: Comment vaincre la décrépitude du corps et faire reculer l’échéance de la mort (Cuando sea viejo: Cómo reducir la decrepitud del cuerpo y reducir la madurez de la muerte) fue toda una declaración de intenciones finalmente frustradas, ya que a Knap, como a todos, le llegó la muerte a los ochenta años. Una edad más que razonable en 1946, pero desde luego un tanto decepcionante tratándose de alguien que llevaba décadas intentando retrasarla.

De cualquier modo, la faceta más curiosa de Knap fue, sin duda, la de ser un mecánico y electricista tan novedoso que hasta llegó a ser ciertamente futurista. Gëorgia Knap, hijo de su época, veía la electricidad como la veían todos sus congéneres: una innovación tan grande que cambiaría todo lo conocido hasta entonces. En unos años en los que la principal atracción de muchas ferias consistía sencillamente en alumbrar luces eléctricas durante unas horas, Knap ideó las casas eléctricas e, incluso, un hotel en pleno centro de París sin un solo empleado (aparentemente).

Villa Feria Electra, en el 14 de Pierre Gauthier (Troyes) sigue en pie hoy en día, más de cien años después de su construcción. Al menos en lo que respecta al portal de entrada. Fue el ambicioso proyecto, en 1907, de Gëorgia Knap, que por aquel entonces ya contada con sobrada fama de genio excéntrico, huraño y un tanto misterioso en su ciudad natal. Hoy en día no nos sorprenderá, pero por aquel entonces era casi cosa de magia: las puertas de Villa Feria Electra se abrían con un portero automático diseñado por el propio Knap. El largo camino que llevaba del portal hasta la casa se iluminaba para el visitante si alguien, desde la casa, pulsaba un solo botón; a su vez, infinidad de micrófonos escondidos en los árboles transmitían al dueño de la casa cualquier comentario desafortunado que hiciera quien por allí pasase. Aquello era el futuro hecho presente, aseguraba Knap, como también lo era la máquina que transportaba el desayuno hasta la cama de forma automática o las luces que, en un alarde exagerado de policromía, estaban por todas partes: surgían, gracias a la magia de la electricidad, incluso de las flores artificiales que adornaban las estancias. La mesa de comedor, construida con un mecanismo circular que giraba en función del plato que quisiera degustar el comensal, estaba también automatizada; incluso la comida subía al salón gracias a un montacargas y las preparaciones sencillas como café, té o mantequilla se calentaban por sí mismas en la cocina.

Todo aquello lo había construido Geörgia Knap con sus propias manos durante quince largos años de soledad, de obsesión por no morir, por dejar algo en el mundo que le hiciera vivir en el recuerdo de la gente y en la historia de la técnica. Lavadoras eléctricas hasta entonces jamás inventadas, un sistema de radiación eléctrica que cocía los huevos sin falta de agua, camas calefactadas a gusto del usuario: Villa Feria Electra era toda una exhibición de tecnología que, desafortunadamente, conocería el olvido más absoluto tras la muerte de su creador y propietario.

Tampoco resistió al paso del tiempo la Maison Electrique que Knap instaló, como hotel, en la esquina que une el boulevard des Italiens con rue Le Peletier, en París. Actualmente un edificio moderno ocupa el solar de lo que un día se pareció mucho a lo que años atrás habia reflejado Segundo Chomón en su cortometraje El hotel eléctrico. La Maison Electrique, según la definía en marzo de 1913 la revista Alrededor del mundo, era más magnífica que el Ritz y el Carlton y que otras casas de primer orden (…) ha añadido el atractivo de no tener mozos, porteros ni camareros. En aquella maravillosa casa está todo servido por la electricidad.

La homóloga de  Villa Feria Electra en la capital francesa alquilaba sus habitaciones a onerosos precios y recibía a los huéspedes en una alfombra móvil, al estilo de los pasillos automáticos de nuestros aeropuertos de hoy. Las puertas se abrían con una combinación magnéticas y tanto equipaje como huéspedes eran transportados a sus habitaciones por medio de ascensores y montacargas o, si así lo deseaban, por escaleras portátiles. Las habitaciones contenían todos los avances de la técnica: los que posteriormente progresaron y los que no. Teléfono, luz eléctrica, vibradores de masaje, encendedores para cigarrillos e incluso un futurista reloj que proyectaba la hora en el techo de la habitación.

Las casas eléctricas de Gëorgia Knap duraron tan poco como lo hizo la pasión por la técnica. En cuanto se pasó la moda y la electricidad dejó de ser el juguete nuevo de la sociedad, el hotel parisino se fue a la ruina y el propio Knap se dio cuenta de que, a fin de cuentas, un huevo cocido por radiación quizás no ayudase a retardar gran cosa la muerte. Y, sin embargo, con el paso de los años todas las casas fueron haciéndose cada vez más eléctricas, sin saberlo. El viejo Knap no fallaba, realmente, en explicar que todos aquellos inventos de genio chiflado serían, en un futuro, parte de la vida cotidiana de todos. Hoy nos acostamos con calefacción, no sabemos qué hacer si nos falla el teléfono o cómo dar paso a las visitas si lo hace el videoportero. Con proporcionar agua y café a una máquina nos prepara una bebida caliente en menos de cinco minutos. Seguimos levantándonos, eso sí, a por el desayuno a la cocina, sin ayuda de un robot que nos lo traiga, pero al tiempo.

Gëorgia Knap adoptó la fama de inventor loco sin merecerlo o, al menos, mereciéndolo tanto como otros precursores de la ciencia que sí están reconocidos como tal. Mucho antes de que la ciencia ficción invadiera las librerías y todo el mundo tuviera una cocina eléctrica en casa, alguien gritaba las bondades de la técnica recibiendo, a cambio, que muchos le llamasen chiflado. Quienes rechazaron sus a veces exageradas y presuntuosas innovaciones serían aquellos quienes, años o generaciones después, las usasen en su día a día sin apenas darse cuenta.

Qué injusta es la memoria a veces y qué ciegas las personas: Gëorgia Knap, aunque en mi opinión sí lo hizo, desgraciadamente, en su teoría-deseo de que la muerte podía retrasarse ad infinitum, no se equivocaba siempre. Como no suelen equivocarse aquellos que dedican toda una vida a luchar por sus sueños.

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