Los labios rojos

Era otoño y el cielo de Barcelona se teñía de un rojo idéntico a aquel que había marcado la vida del hombre que ahora lo contemplaba. Para Juan, enjuto y poca cosa, callado e insignificante, todo lo que era importante en el mundo era rojo. Cuarenta años atrás había presenciado el advenimiento de la II República hasta el atardecer de color grana que, inyectado en su memoria, había dado sentido a todo. No fue, ¡qué ironía! hasta ahora -año 1970. Barcelona bajo el dominio franquista. La noche otoñal que se cernía sobre sus facciones ya arrugadas- que volvería a sentir llenarse su cuerpo de esa libertad con la que había crecido en su adolescencia. Esa libertad que le había permitido afiliarse al Partido Comunista para disgusto de su madre, orgullosa ovetense que había parido a tres hijos rebeldes, y enarbolar una bandera roja pensando que así arreglaría el mundo. ¡Qué ingenuidad! Cuando él apenas si tenía edad para empuñar un fusil, fueron otros los que lo cogieron y acabaron de golpe con todo aquello. Veinte años como veinte soles, una novia que venía a verle en el tren de las cinco y a la que, una tarde, poco antes del estallido de la guerra -la puta guerra-, le había puesto un clavel rojo en el pelo.

Cuarenta años después, aún recordaba aquella imagen cual si la estuviera viviendo. Los mil pétalos rojos del clavel acariciando el pelo oscuro de Herminia y coloreando, como si estuvieran conectados con la piel de su amiga, amante, camarada, novia, sus mejillas. Juan jamás olvidaría cuando, pocos años después, una Herminia más formada, con curvas de excitante contoneo y labios de carmín rojo intenso, se le había aparecido en París, en aquel exilio al que le el golpe de estado obligó al ovetense. Maleta en mano y los ojos tiznados de las ojeras que da el cansancio y los muchos kilómetros de barco y tren, Herminia se convirtió entonces en su mujer, aunque jamás mediase un cura. No los unió Dios, sino ese tipo de besos que, a partir de entonces, se repetirían a cada hora en las orillas del Sena, en las calles del Quartier Latin por el que les gustaba pasear y a los pies de la torre Eiffel donde, en agosto de 1944, gritarían henchidos de la libertad y la política que les corría por las venas rojas, rojas como aquellos labios que un día habían llegado al exilio para quedarse.

Pero como todos los tonos intensos, también el rojo se acaba desgastando. Los años 50 acabaron con su particular utopía. Llegó el hijo, los esfuerzos por criarlo y sacarlo adelante. Llegaron las rutinas. El cansancio del trabajo diario, mal pagado y peor llevado, parecía oscurecerles aún más el ánimo, y hubo un día en que las lágrimas de Herminia ahogaron la voz de aquella mujer que había gritado un día ¡no pasarán! y arrastraron el carmín de sus labios, los resecaron, acabaron con el rojo literal y metafóricamente; porque su madre estaba muriéndose, decía, y habrían de volver a España. Aquella España de las almas de color gris y las camisas azules a la que Juan había jurado jamás volver. Volvieron, aquella vez. Los papeleos de un antiguo embajador amigo de la familia hicieron que no encontrasen problemas en la frontera, pero no consiguieron evitar que Herminia hubiera de enterarse, años después, de la muerte de su madre por vía postal. A partir de entonces, jamás volvió a pintarse los labios de rojo y algo murió en Juan. La pasión, creía él. El amor, pensaba ella en silencio. La juventud, sin embargo, lo más probable.

Y ahora era 1970 y volvía a estar en aquella España qua aún no era libre, a las puertas de la libertad, que tenía acento francés. Era la segunda vez que pisaba terreno español después de exiliarse y la primera que contemplaba con tanta calma el cielo rojo de Barcelona. También sería la primera vez desde entonces que volvería a Francia sin Herminia. Los motivos para regresar aquella vez también habían sido fúnebres; pero esta vez era Herminia quien se moría. Un cáncer le pudría las entrañas y su cuerpo, joven y aún bello, se quedó en Asturias. «Gasta todo lo que necesites», le había dicho una de sus cuñadas en su partida, probablemente deseando perderle de vista para siempre. A fin de cuentas, Juan era el único responsable de que Herminia se hubiera marchado a Francia y que casi fuera una extraña para sus hermanos en sus regresos. Y allí estaba, sin escatimar gastos, ahora. El cielo rojo de Barcelona se cernía sobre su cabeza ya calva y le recordaba a los labios de Herminia en aquella noche de otoño, muy parecida a la de ahora, de finales de los años 30.

Es curioso -pensó mientras impulsaba su cuerpo hacia el vacío- cómo el día y la noche no entienden de los asuntos que arruinan la vida a los hombres: el frío de aquella noche bajo la dictadura franquista era idéntico al que había sentido años atrás, cuando Herminia le dio el primer beso en una tarde de la España republicana. Aquel frío, aquella libertad absoluta… aquel no pasarán.

* Juan A.A., compañero de mi tía bisabuela Amalia Herminia Beran, se suicidó arrojándose al vacío desde la ventana de un hotel barcelonés, durante su regreso a Francia, ya viudo. «Sin ella nada tiene sentido», dejó escrito.
* Comunista confeso, como Herminia, Juan jamás había creído en la propiedad privada. Y fue consecuente hasta en el día de su suicidio: la cuenta del hotel quedó a pagar por su cuñada.
* Por ser suicida, no permitieron que se enterrase en suelo sagrado. Dudo mucho que le importase.

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