De desquiciados requiebros y revólveres de curioso origen

 ¿Qué tienen en común un revólver Velo-Dog y una preciosa toca de piel infantil? Pues que eran parte de los regalos a los que podían optar los afortunados lectores del Almanaque Bailly-Bailliere de 1904, junto con otros curiosos objetos como una estereotarjeta con vistas de la América del Norte (sic),  un frasco de depilatorio Venus, 18 huevos para incubar de gallinas catalanas del Prat, una bandurria, quince devocionarios, un cortapatatas, un corsé cutí de París o un reconocehuevos (explicar el funcionamiento de este último aparato requeriría otro artículo aparte)

Los revólveres Velo-Dog habían nacido en Francia en la última década del siglo XIX, con un objetivo bastante definido, a la par que ingenuo: espantar (¿espantar o cargarse directamente?) a los perritos que molestaban a los ciclistas persiguiendo a sus bicicletas y llegando a morder las ruedas (de ahí Velo-dog: velocipede/dog). Eran pequeños, con cartucho de 6 mm. y recargables con proyectiles de pólvora o plomo. Un revólver Velo-Dog era fácil de adquirir y, sobre todo, asequible económicamente. En la España de 1913, por ejemplo, el precio de uno oscilaba en torno a las 10 pesetas. Cualquiera podía tener uno con más facilidad que una bicicleta, y no hace falta decir que más pronto que tarde comenzaron a utilizarse para disparar a personas, no a perros. Y no precisamente por su pequeño tamaño dejaban de matar, si estaban cargados con plomo y eran disparados con la precisión y cercanía correctas.

Presentación Fonseca Madery, una bella madrileña de pelo ensortijado y enormes ojos oscuros era una de las muchas mujeres que por aquella época disponía de un revólver Velo-Dog para por si las moscas (aunque no tuviera bicicleta). Y ella lo necesitaba más que nadie. Malcasada años atrás, en Granada, con un muchacho de trabajo estable pero pocas pasiones (para con ella, y muchas para con el alcohol y el juego), se fijó en sus andares un teniente de la Policía llamado Julio Maeso, de importante nariz y temperamento difícil de llevar. Maeso tenía mujer y tres hijos. La esposa, Carolina Argil, apenas si llegaba a los 25 años cuando Maeso se obsesionó perdidamente por Presentación, y, subyugada al marido, poco pudo hacer al respecto.

Era difícil rechazar a alguien con tanto poder como Maeso, y tan insistente. Se presentaba a todas horas en casa de Presentación cuando Fernando, el marido pendenciero, no estaba; sufría no tan casuales encontronazos con ella por la calle y la comía con la mirada. Cuando el matrimonio de Fernando y Presentación se fue a pique, el padre de la joven la mandó de vuelta a Madrid. Maeso no tardó en presentarse allí a requerirla de nuevo, llegando a enfrentarse  hasta llegar a las manos con el padre de Presentación. Encolerizado y temiendo por la vida de su hija y su nieta, el señor Fonseca mandó a ambas señoritas a Alicante, bajo la protección de un viejo maestro con el que conservaba antigua amistad.

Sabe Dios cómo, Julio Maeso se enteró de la nueva ubicación de la mujer que le tenía loco y no le fue difícil presentarse allí un día, en su misma casa, asegurando ser su hermano para poder tener acceso a ella. Una y mil veces volvió a negarse Presentación a entablar relaciones con él, y una y mil veces Maeso la molió a golpes y la amedantró con amenazas hacia ella y hacia la pequeña. Mala idea fue, en una de éstas, llamar a la Policía, que tardó en salir de la casa sin llevar a cabo ninguna acción contra Maeso tanto como éste tardó en informarles que pertenecía, como ellos, a los Cuerpos de (irónicamente) Seguridad.

Tras un breve retiro en un convento de monjas, una enfermedad en la hija de Presentación hizo que ésta tuviera que volver a la casa de Alicante donde la buscaba el policía día y noche. Fue un 26 de agosto de 1919, que caía en martes. Al llegar la noche.

Presentación gritó como una loca cuando la puerta del piso se abrió y dejó entrever, por enésima vez, la silueta del persistente Julio Maeso. Tales fueron los nervios que cayó desmayada en el suelo, recuperándose tan sólo cuando un cuidadoso Maeso le proporcionó un antiespasmódico con todo el amor que era capaz de darle a su platónicamente amada Presentación. Un amor tan fuerte como el odio que también sabía darle: una vez en pie, y negándose una vez más a ceder a los deseos del policía, comenzaron los golpes y los insultos. Y fue entonces cuando Presentación se llevó la mano al delantal y sus dedos rozaron el pequeño revólver, regalo de su padre, que había cargado aquella misma tarde, temerosa de más encuentros fortuitos.

Tenía la mente en blanco cuando estiró el brazo y, firmemente, disparó dos veces el revólver sobre la cabeza de Julio Maeso.

Casi al mismo tiempo en el que Presentación ingresaba por su propia voluntad en la cárcel de Alicante, los médicos declaraban la muerte del policía.

A los pocos días, Presentación era declarada inocente en el juicio por la muerte de Julio Maeso. Los periódicos glosaron su historia, denunciaron sus desgracias y la retrataron, grandísimos ojos negros muy abiertos, con la expresión perdida pero relajada de quien, aún cometiendo una locura, se ha librado de lo que la impedía vivir en paz.

Rescatemos una de esas glosas y una de esas fotos, en concreto las publicadas en el Mundo Gráfico del 3 de septiembre de 1919:

Lamentable es el hecho; pero justo es reconocer que al fatal desenlace ha contribuido la incuria de las autoridades y el erróneo concepto que de la disciplina tienen los subordinados de éstas. Los jefes de la Dirección de Seguridad, desamparando a la mujer que solicitó su intervención para verse libre de la persecución odiosa, tienen una indudable responsabilidad moral en la perpetración de este delito, y los agentes que se negaron a denunciar al teniente Maeso cuando doña Presentación requirió su auxilio al verse maltratada, incurrieron en la misma responsabilidad, dando ocasión al triste suceso que ha costado la vida á su superior, la libertad á la agresora y el duelo y la pesadumbre infinita á una familia honrada.

Han pasado noventa y un años y muchas y muchos Presentaciones Fonsecas y Julios Maesos por nuestra historia. Y siguen pasando.

Claro está también que, desde hace ya mucho tiempo, no se regalan revólveres con las revistas.

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