Diario de viaje, 2. Jedna pivo, dve piva, pet piv

Como todos los genios, Milan Kundera es un tipo extraño. El autor que mejor reflejó la Checoslovaquia de antes y durante la Primavera de Praga guarda con su país una tensa relación desde que, tras la invasión soviética de 1968, sus obras fueran prohibidas, perdiera su trabajo como profesor universitario y, para más inri, le expulsasen de un Partido Comunista al que llevaba perteneciendo una década. Los críticos con el orden establecido estaban mal vistos, y Kundera había demostrado una retranca bastante incómoda para las autoridades con Žert | La Broma (1967). Cuando Kundera se exilió a Francia, en 1975, no sólo rompió con el regimen que le había hecho tanto daño, sino con todo el país. Precisamente, su obra más conocida internacionalmente, Nesnesitelná lehkost bytí | La insoportable levedad del ser la escribiría ya en Francia, y no se conocerá en Chequia hasta bien entrado el siglo XXI. ¿Por qué tan tarde, si, como todos saben, el regimen comunista no pervivió más allá de 1990? Bien; Kundera ya era mayor y sus rarezas, crecientes. Desde 1995 ha venido publicando sólo en francés e impidiendo machaconamente que sus obras sean traducidas al checo. Lo cual, obviamente, no gusta mucho por estos lares. Las razones de Kundera son las del perro del hortelano: no quiere fiarse de nadie a la hora de efectuar la traducción, pero afirma no tener tiempo para hacerlo él mismo. Vaya por Dios. Por si sirviera de consuelo, y bajo mi punto de vista profano y subjetivo, puedo afirmar que, habiendo leído las últimas obras de Kundera, tampoco se pierden mucho los checos.

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Milan Kundera, odiado y amado a partes iguales en Chequia

Esta suerte de “traición” del que sea, probablemente, el segundo autor checo más conocido, duele mucho por aquí. Sobremanera cuando el primero, el gran e inmortal Franz Kafka, era germanohablante y sus obras, por tanto, escritas en el idioma del imperio. Si un lenguaje ha recibido innumerables palos en la espalda, ése ha sido el checo. Es por ello, o al menos siempre lo he creído así, que la reacción de los checos ante un extranjero que intente pronunciar algo, por más tonto que sea, en su idioma, es extraordinariamente agradecida; no tanto así con quienes no hacen apenas esfuerzos por aprender a saludar. Cuando, para encima, se unen una horda de frikis que por muchos y muy diferentes motivos, decidimos hacer del checo una lengua más a incorporar en nuestro vocabulario, es el acabóse. Ayer, en la inauguración de la LŠSS, tuvimos hasta un cortador de codillo (el equivalente a nuestros nunca lo suficientemente alabados cortadores de jamón), goulash con knedlíky para todos, embutidos a dolor, steak tartare y dulces. Verdura poca, la verdad. Ellos son así (y servidora, encantada).

Al otro lado de la recepción, más de cien personas y más de cien motivos. Bastantes descendientes de checos que queremos recuperar el idioma de nuestros antepasados, por ejemplo (venimos de Holanda, Francia, Estados Unidos y España); estudiantes de filología eslava de todas partes del mundo, una profesora vietnamita que estudió, antes del 89, Ciencias Físicas en Praga y se quedó, a partir de entonces, dando clases de checo en Hanoi (y sí, vive de ello), muy bien acogidas por una población aún nostálgica de los viejos tratados de amistad entre sendos países socialistas. Para muestra, un botón: otro vietnamita, éste en mi clase, ingeniero mecánico de profesión, viene a clase con un raído diccionario de ruso a checo  y de checo a ruso, e insiste en llamar, para sorpresa de las mismas, “yugoslavas” a las compañeras bosnias y croatas. No hay quien se lo quite de la cabeza, pero sigo: trabajadores extranjeros en Chequia. Antiguos Erasmus enamorados del país. Gente que llegó por casualidad y decidió que esto era lo suyo. Todos nos enfrentamos, desde esta mañana, a la dura tarea de aprender checo.

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¡Y tan dura! Yo he sido asignada al grupo A2, y han sido cuatro intensas horas a las órdenes de Zuzana Burianová, una profesora excelente que nos ha introducido en el caótico mundo de los idiomas eslavos casi sin darnos cuenta. No tienen mayor complicación, aunque pudiera parecerlo, palabras y pronunciación; pero sí las declinaciones: hasta siete casos, siete, tiene el checo; cada uno con declinaciones propias que no siempre llegan a conocer ni siquiera los de aquí. Los nombres también cambian en función de género (fácil para un español, no tanto para los anglosajones, que se nos vuelven locos) y número… o números. Por ejemplo: una corona checa es jedna koruna; de dos a cuatro coronas habremos de decir dvě, tři, čtyři koruny y, de cinco en adelante, korun. Lo mismo con euro: euro si es sólo uno, eura si son de dos a cuatro, o eur si son más de cinco. Y eso, el primer día y a lo fácil. Que Dios nos pille confesáos.

PS. Mientras todo esto ocurre en Olomouc, con domací ukol (deberes para casa) incluidos y una probablemente demoledora clase de ruso fraguándose para mañana, Costillo sigue dándole a la pivo en Brno, o eso tengo entendido. No le envidio, la verdad: con tanta declinación y tanta tontería, a partir de mañana no le va a compensar el divertimento.  Por cierto: cerveza, si es una, es pivo, si son de dos a cuatro, son piva, y si son cinco o más, son piv. ¿Seguimos?

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