Diario de viaje, 5. La madrastra de Vilemovice

Ocurrió, o eso aseguran, en Vilemovice, bien entrado el siglo XVI. Un viudo, queriendo romper con la soledad de sus tristes días, encontró a una muchacha que le prometió la felicidad con tan sólo una mirada. Y la metió en casa. Y se casó con ella. Y le dijo a Janícek, el pequeño que lloraba sin consuelo cada noche desde que faltara su madre, que había de amar a aquella mujer tal y como él la amaba. Y llamarla «mamá». Y responder a sus órdenes y deseos.  Janícek, con ese sexto sentido que sólo se tiene en la niñez, veía los celos en los ojos de la macocha (en checo: madrastra) cada vez que esta, con una inmensa sonrisa, corría a abrazarle. Pero calló, y, así, poco a poco, se fue creando una situación más tensa que habría de explotar tras el nacimiento del bebé que la macocha había llevado en sus entrañas en nueve largos meses de especial irritación.

La canción no narra, exactamente, esta leyenda.
Pero ilustra… y es preciosa, como todo lo que hace Čechomor.

Tuvo la mala suerte Janícek de que el bebé, que apenas si llegaba al palmo de altura y cuya piel dejaba ver una enmarañada amalgama de lúgubres venas, demasiado finas como para mantener a un ser humano, nació enfermo. La macocha, que tantas veces había afeado a Janícek su infantil costumbre de llorar cada noche a la madre muerta, no podía, sin embargo, resistir ahora los gemidos de su propio hijo. «No sobrevivirá», confirmó el médico del lugar, y la macocha se convirtió en un mar de lágrimas dispuesto a agarrarse a un clavo ardiendo para aliviar su pena. Como quiera que el ser humano es malvado por naturaleza, lo acabó encontrando en la persona de una vieja curandera, descarada, zalamera y mentirosa, que, a cambio de unas pocas monedas, dio a la macocha la receta mágica:

– Si su hermanastro muere, tu pequeño heredará toda su fuerza, y sobrevivirá a la enfermedad.

Macocha1Un día, no mucho después de la cruel premonición de la vieja, la macocha se levantó especialmente agradable. Aquella mañana preparó el más exquisito desayuno para Janícek, le vistió con sus mejores ropas y le pidió, con la sonrisa más blanca y brillante que jamás hubiera tenido, que la acompañara a coger cerezas al bosque. Janícek, a quien su bien amado padre había pedido que no dejara ni un solo día de obedecer a los deseos de la macocha, accedió a la petición. Juntos anduvieron hasta llegar al misterioso abismo que, cubierto de árboles  y arbustos, se hundía en la tierra a pocos kilómetros del pueblo.  Ningún hombre había osado jamás descender a su fondo, con el razonable temor de desaparecer entre la densa vegetación y la pendiente, pronunciadísima, que deformaba la tierra de forma -aún- inexplicable. El abismo, empero, tenía una belleza peculiar, de esas bellezas que llevan como ingredientes ciertas dosis de misterio y de peligro. Y se ponía especialmente hermoso en mañanas como aquella, en las que el sol dibujaba claroscuros sobre su superficie. «Allí, Janícek, en la pendiente« -dijo la macocha, cuya cara irradiaba una luz especial aquel día- «nacen las cerezas más sabrosas de todas. Pocos son las que se atreven a cogerlas, pero… ¡cómo me gustaría comer, al menos, un puñado de ellas antes de morir!»

Janícek, muchacho obediente a cuyo padre le había rogado que nunca contrariara a la macocha, se acercó tembloroso a las zarzamoras que se retorcían en la caída del abismo. «No tiembles, mi pequeño», nunca le había llamado así, «yo te sujetaré para que no te caigas. Y, si pudieras coger al menos un par de puñaditos, puede que con ellos mejorase la salud de tu hermanito.» Conmovido por la idea, Janícek se convirtió en hombre por un momento: se llenó de valor, se inclinó ante las zarzamoras… y su diminuto cuerpo rodó, desprendido de la mano de la macocha súbitamente, hacia el fondo del abismo.

Bien acostumbrado a ensanchar los pulmones reclamando a su difunta madre cuando ni siquiera sabía que nada se la devolvería, Janícek, malherido y asustado en la profundidad del abismo -sólo se oía el silencio y el caer del agua, gota a gota. En el fondo no crecían alimentos, el frío devoraba las entrañas. El abismo, decían, se tragaba a los suicidas y a los locos-, comenzó a gritar. Macocha2La macocha, pies en polvorosa hacia su casa, confió en que no hubiera nadie por los alrededores; pero, como ha de pasar en todas las leyendas con moraleja, lo había. Un grupo de leñadores, advertidos por los llantos, se acercaron al abismo y, con la colaboración de todo el pueblo, reunieron cuerdas para rescatar al buen Janícek de las profundidades de la tierra.

La leyenda se bifurca ahora, como todo buen cuento, para que el lector elija el final que más le guste o convenga. Hubo quien afirmara que la macocha, descubierta su tropelía tras la confesión, conseguida a palos, de la curandera, fue arrojada aquella noche al abismo por parte de una multitud enfurecida que se alumbraba con antorchas y ansias de venganza. Otros, más poéticos, dicen que no fueron los hombres, sino la justicia divina, quien se hizo cargo de la malvada mujer. Y que, en el mismo momento en que Janícek se agarraba a la cuerda de su salvación, el bebé que tanto había amado la macocha se le murió de debilidad en los brazos. Loca, horrorizada por sobrevivir a su hijo, la macocha corrió llevando en brazos el diminuto cadáver y, ante los ojos del pueblo que abrazaba ya a un Janícek salvo y salvo, se arrojó con el bebé muerto a las profundidades del abismo. Incluso hay quienes afirman que, cada noche, se pueden oír los gritos de desolación de la mujer que, siglos después, le daría nombre al bellísimo y contundente abismo de la Madrastra (propast Macocha).

Hoy en día, y en la LŠSS Olomouc damos buena cuenta de ello, el abismo Macocha, el más profundo de Europa Central con sus contundentes 140 metros de caída libre, es visitable y visible no sólo desde arriba, sino también desde abajo, accediendo por el conjunto de cuevas de Punkva, estudiadas por primera vez a principios del siglo XX. Una maravillosa experiencia a escasos kilómetros en coche o autobús desde Brno u Olomouc, o en combinación tren/autobús desde Blansko.

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