Madamas y palomitas en el Xixón de principios de siglo

Ni sus nombres aparecen en los libros de recuerdo del Xixón antiguo, ni tampoco su actividad en aquella ciudad que, de tanta nostalgia, hoy recordamos deformada: buenista, limpia y romántica cuando, en realidad, fue una ciudad también peligrosa, criminal, fue una ciudad de lumpen y hampa, de oscuros callejones y mujeres de mal vivir. Ellas, precisamente, madamas y palomitas de aquel Xixón de principios de siglo, convivieron con lo más bajo de la sociedad, pero también con lo más alto; manejaron dinero, hombres, secretos y escándalos. Presenciaron crímenes, visitaron o fueron visitadas por hombres de los siempre guardaron un sepulcral silencio pagado. ¡Cuánto nos hubieran podido contar, si alguien se hubiera atrevido a preguntarles! Hablemos, hoy -y no por última vez- de algunas de las mujeres que movieron los hilos de aquel Xixón clandestino.

Encarnación Montes Riestra

El Noroeste, 11 de noviembre de 1914
Un carácter difícil. El Noroeste, 11.11.1914

Alcóholica, pobre y desgraciada mujer dedicada, en ocasiones, a la prostitución. Tenemos noticias de ella desde 1905 hasta 1917, en las que se da cuenta de lo miserable de una vida truncada por la excesiva afición a las bebidas espirituosas. «Encarnación Montes», según dice El Noroeste del 4 de abril de 1908, «es una desgraciada mujer que tiene por hogar lo que Gijón da de sí a lo ancho y a lo largo. Esta prógima (sic) digna de la más profunda compasión alimenta vicios al por mayor y menor y si no bebiera ni viviría. Para mantener sus necesidades, saca el dinero de donde no puede, no reparando en medios.» El día anterior, Encarnación había ido a la Casa de Socorro, asociación benéfica que asistía gratuitamente a los pobres, para conseguir un poco de algodón, y acabó liándola parda. Uno de los enfermeros cometió la imprudencia de dejar unos cuantos duros sobre la mesa, que Encarnación, claro, consideró rápidamente suyos. «Sin hacer el más leve ruido apoderóse de cinco pesetas, y una vez dueña del algodón que solicitaba marchóse tranquilamente.»  La atraparon dos horas después, cuando de las cinco pesetas habían volado ya cuatro: Encarnación, parece ser, se las había gastado en pasteles y vino.

Comenzó a prostituirse en los años 10, en una casa de desgracia del barrio del Tejedor, y durante lo que le quedó de vida permaneció abonada a las multas por escándalo, embriaguez o hurto a sus clientes.

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Esperanza Rivas, la Pastrana

El juicio contra el Chorín. El Noroeste, 4.6.1907
El juicio contra el Chorín. El Noroeste, 4.6.1907

Una de las más conocidas «madamas» de su época en la villa gijonesa, la Pastrana disponía de una casa de lenocinio en la calle Numa Guilhou, en la que ya aparece en la primera referencia que encontramos de ella en la prensa: data de marzo de 1901, cuando Rivas llamó a los municipales puesto que un individuo con el que «sostenía amistades» la había agredido. Con el tiempo se demostró que Rivas era bastante amiga de pedir justicia a las autoridades que patrullaban por las inmediaciones de su casa de muchachas. Así lo hizo a finales de junio de 1906, cuando un individuo bastante puesto en el noble arte del beber sidra en exceso comenzó a increparla a la puerta del prostíbulo, por no dejarle subir a requerir los amores de una de sus pupilas. La cosa no hubiera llegado a más si Rivas no hubiera reclamado la presencia de dos guardias municipales y, sobre todo, si aquel individuo problemático, Manuel Rodríguez Valdés, no hubiera reaccionando disparándoles a quemarropa. El crimen del Chorín, como era conocido Manuel, saltó a todas las portadas regionales y, con él, llegó también la fama de la casa de citas de la Pastrana. En el juicio, Rivas se presentó poco menos que como guardadora y garante de las buenas costumbres, lo cual no deja de resultar irónico; no tanto, de todos modos, si tenemos en cuenta que el propio Chorín se convirtió, para el pueblo, en poco menos que un criminal simpático, tierno y carismático.

Apenas tres años después la casa de Numa Guilhou volvería a ser noticia. En mayo de 1909, un rumor puso en marcha a los policías que investigaban el robo de la potentada Carmen Echenique, vecina de un lujoso chalet del Natahoyo y, a la sazón, viuda rica. A la Echenique le habían robado de todo, según El Noroeste del 12 de mayo: «colchones, almohadas, cobertores, colchas, cortinillas, etcétera» y todo ello acabaron encontrándolo en la casa de la Pastrana. La proxeneta se había apropiado de «tres colchones, tres almohadas, una almohadilla de miraguano» y, como colchones ya le sobraban, se había llegado a hacer un delantal de la funda de uno. La madama y sus pupilas Eugenia del Río Hidalgo y Francisca Calzón de la Puente, la peluquera de las muchachas, Manuela Muíz, y el amante de Rivas, Juan Asenjo, dieron con sus huesos en la cárcel. Por poco tiempo, presumiblemente, aunque ya poco se volvió a saber, en adelante, de la vida y milagros de la Pastrana.

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María Collado

Mujer violenta y resolutiva, propietaria de una casa de lenocinio en la calle Salustio Regueral desde finales del siglo XIX. El suyo era uno de los antros más peligrosos del Gijón de la época, relajado de costumbres incluso para ser de la naturaleza que era; sobre 1899 los periódicos dan cuenta de varias multas que se le imponen a Collado por permitir acceder al local tanto a hombres como a mujeres. Todo un escándalo incluso entre el propio mundo del libertinaje de pago.

Tardaría poco en cambiar la cosa. El Noroeste, 19.2.1899
¡Tardaría poco en cambiar la cosa! El Noroeste, 19.2.1899

Collado era una mujer de recursos: en 1902, cuando su archienemigo, el sereno de la zona, Urbano Zarracina, le impuso la enésima multa por escándalo público, y según informa El Noroeste, la Collado «le amenazó con dejarle cesante, pues -dijo- que tenía suficiente influencia para ello, y que de la multa, consistente en 25 pesetas (…) no había pagado una perra.» La cuestión, claro, es que la madama no mentía: tenía contactos, muchos y muy importantes. Para muestra un botón: poco después, su prostíbulo protagonizaría un sonoro escándalo que los gijoneses nombraron «los sucesos de la calle del Rastro». Resultó que, en la noche del 1 de noviembre de 1902, dos agentes de la autoridad, Fructuoso Fernández y Severino García, organizaron una redada en la casa de la Collado, con la connivencia de ella. La cosa se fue de las manos; acabó generándose una reyerta a tiros y Acacio Loredo, que «pasaba por allí», acabó muerto. Las excelentes relaciones que la Collado mostró en el juicio con los dos policías levantaron ampollas en la sociedad gijonesa que, por primera vez, era testigo de las oscuras y frecuentes amistades que solían unir a madamas y autoridades públicas.

Parece ser que Lucinda, la hija de la Collado, continuó con este tipo de actividades, apareciendo frecuentemente implicada en reyertas y escándalos varios por toda la ciudad.

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Rogelia Polledo

Señora de vida alegre en Cimavilla y que debió ser muy popular en el Gijón que cambiaba de siglo, en tanto en cuanto no necesitaba presentación cuando El Noroeste del 10 de abril de 1897 publicó un breve en el que informaba que Polledo había denunciado a la guardia municipal que la Teresa, su madama, le estaba reteniendo ropa de su pertenencia tras abandonar, discusión mediante, su prostíbulo. Poco después se fue a vivir al callejón Oscuro –toda una declaración de intenciones- del barrio alto, y volvió a llenar hueco en el periódico el 17 de agosto de 1898. En aquella ocasión, sus dos hijos, Jesús y Luis, de 11 y 5 años, habían desaparecido y el drama hizo que, por una vez, en la prensa se dirigieran a ella como “doña”.

Protagonista frecuente de escándalos, aparece en la prensa al menos dos veces más precisamente por esa causa. En El Principado del 2 de diciembre de 1909 se informa de que le han impuesto multa de cinco pesetas por haber promovido reyerta, alcohol mediante, con Romualdo Carbajal, Manuel Peña y Ramona Pérez, suponemos que clientes y compañera de profesión.

continuará…

 

  • Los fotogramas que ilustran este artículo pertenecen a la película L’Apollonide (Bertrand Bonello, 2011)

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