Una mujer incómoda. El horrible crimen de la Azorera (1897)

Cuando lo contó por primera vez EL CARBAYÓN del 3 de julio de 1897 lo hizo con reticencias y espanto, y, desde luego, sin sospechar que en menos de dos años aquel desalmado asesino que protagonizaba el crimen de turno iba a ocupar su portada con gran conmiseración. En 1897 sólo se sabía que aquel joven, Rafael González Gancedo, el del Cristo, había cometido un acto horrible, con detalles tan escabrosos que costaba entender. Aquel joven que tanto lloraba y gritaba el 15 de junio, en el momento en que el enterrador cubría de tierra los féretros de su mujer y su hijo recién nacido, se encontraba ahora preso, acusado de haberles quitado la vida a ambos. La razón traía curvas, largas pestañas y nombre de mujer: Concha Calzón, voluptuosa joven vecina del matrimonio y, a la sazón, amante del Gancedo. Y, en la sombra, otra silueta femenina: la de Manuela Gancedo, madre del encausado y acusada, a su vez, de ser el cerebro de toda la operación.

La Azurera, Tinéu. Fuente: Wikiloc, Rebollín G.MontañaRafael González Gancedo y Manuela Martínez Llano llevaban casados desde 1891 y,desde entonces, según narra el 22 de junio de 1898 EL CARBAYÓN, residían ambos con los padres de éste, Antonio González Menéndez y Manuela Gancedo. Se sospechaba que Gancedo era un hombre “grosero, irascible, irrespetuoso” y que había llegado a “maltratar de obra” -es decir, con el puño- “a los autores de sus días y a su esposa”. La madre tampoco se quedaba atrás, y la presenta el periódico como una mujer, por decirlo en pocas palabras, insoportable; de “carácter fiero, despótico, absorvente, tomó el régimen y gobierno de la casa” -agárrense, que vienen curvas de lo más sexista: ¡estamos en 1898!- “abusando de la debilidad de su marido sin que cesara nadie resistir sus mandatos, mucho menos su nuera Manuela Martínez, de carácter bondadoso.” Redunda EL CARBAYÓN en la maldad intrínseca de las féminas al contar que, enemistada como estaban las dos Manuelas, suegra y nuera, la primera aprovechó que “había en el lugar una joven de moralidad dudosa”, Concha Calzón, ¡de dieciséis años, la pobre santa! para obrar con astucia y conseguir que su hijo -presumiblemente, en opinión del periódico, sin voluntad propia- llegara a apasionarse de la palomita.

Gancedo comenzó a llevar vida de bígamo, metiendo en casa a la favorita ante la alegría materna y, es de sospechar, el fastidio de la cónyuge oficial. A finales de 1896, Manuela Martínez se quedó embarazada y aquello hizo que los Gancedo se decidieran a llevar a cabo el plan que llevaban tiempo tramando: deshacerse de la legítima esposa y nuera para facilitar el camino hacia el altar de Rafael y Concha la cual, por cierto, se embarazó al tiempo. El momento propicio sería el de mayor indefensión de la joven: el del parto. Nadie sospecharía, o eso creían, de la muerte de una recién parida en época en la que aquello era desgraciadamente habitual. Sin saberlo, Manuela Martínez firmó, por tanto, su sentencia de muerte el 11 de junio de 1897, el día en que parió a su hijo Aurelio.

La oposición de Manuela Martínez a que su hijo fuera amamantado por su rival Concha Calzón, recién parida también, ocasionó los primeros roces con su suegra tras el parto. Y la trifulca la tenía lo suficientemente ocupada como para no darse cuenta de que la insistencia de su suegra y marido en que no amamantase al bebé venía dada por el trágico hecho de que estuvieran envenenándola, echándole pequeñas dosis de raticida en las comidas. Pero aquello no funcionó. O no todo lo rápido que Rafael deseaba.

El Carbayón, 22.6.1898

Cuenta EL CARBAYÓN que Gancedo, antes de entrar al cuarto de su mujer con el objetivo de estrangularla,  rezó a una estatuilla de la Virgen para obtener por vía divina el valor que le hacía falta.  Anochecía ya y dormía, apacible, Manuela Martínez con su hijo recién nacido entre los brazos cuando Gancedoarrojóse sobre aquella, con sus robustas manos, y desoyendo sus lamentos y sus súplicas, no cejó en su empeño hasta que la ausencia de todo movimiento le hubo revelado que su obra infame estaba consumada.” No contaba el tinetense con que, en la lucha, iba a aplastar al pequeño Aurelio, cuya imprevista muerte, al tiempo de la de la madre, reescribiría -aunque por entonces nadie lo sospechaba aún- el destino de su padre y asesino. Aquella noche, dicen, Rafael durmió con los cadáveres en la misma cama y, al amanecer, hizo ver que los había encontrado por sorpresa, “efectuando un dolor que estaba muy lejos de sentir”.

“Ayudóle su madre en la empresa de amortajar los cadáveres”, prestando la Manuela Gancedo especial atención a ocultar las marcas que los dedos de su hijo habían dejado en el cuello de la asesinada. Sin embargo, las sospechas del vecindario sobre las muertes de las víctima fueron suficientes como para que la policía decidiera echar un vistazo a los cadáveres, exhumándolos y contemplando, con enorme horror, los moratones que las manos asesinas de Gancedo habían dibujado en el estrecho cuello de la pobre Manuela y las marcas del peso mortal del padre en el recién nacido. En junio de 1898, la sociedad asturiana comenzó a fijarse en el caso del doble parricida de Tineo: fue entonces cuando el Fiscal, acusándole de doble parricidio, solicitó para él la pena de muerte en garrote. Y esta vez, por contra de lo que venía siendo costumbre desde ya hacía algunos años, todo apuntaba a que nadie iba a poder salvarle de ella.

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