Salió en portada. En Tinéu tocan a muerto (1899)

A Gancedo lo llevaron a Tineo en una carraca que se caía a trozos. No iba a desaprovechar tan buena metáfora de un sistema judicial podrido el corresponsal tinetense que en la mañana del 26 de junio explicaba cómo los convecinos se mostraban extrañadísimos del mal carro de bagajero con el que habían llevado al reo. “Aquí”, explicaba, “causa mucha extrañeza que la autoridad de una capital de provincia no haya podido disponer, por grado ó por fuerza” -!!- “de un carruaje. Es claro. Están acostumbradas las gentes del campo a facilitar constantemente sus carros y caballerías a la justicia, que muchas veces sin otra consideración que la necesidad los embarga, y cree que otro tanto pudiera haberse hecho en Oviedo”.

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A Gancedo habrían de ajusticiarlo a primera hora del martes 28, después de haber sido confesado. Su inseparable Ciarán sería el encargado de facilitar, misas mediantes, el tránsito a la eternidad del futuro ajusticiado. Desde luego, el trabajo del padre Ciarán era lo suficientemente importante para un condenado a muerte católico -no olvidemos que, en un ímpetu de sacramentalidad que no muchos hubiéramos tenido en cuenta, Gancedo había rezado a la virgen del Carmen minutos antes de asesinar a su esposa e hijo- como para que el reo le profesase profunda admiración, así como al director de la cárcel de Oviedo, encargado de suministrarle las necesidades terrenales. Cuentan que Gancedo se acordaba mucho de él, llegando a decir, en referencia a sus apellidos (Amor Caballero), que “verdaderamente tiene amor a los desgraciados y es muy caballero”.

A primera hora de la mañana del domingo 26 se preparó la capilla, estrictamente adornada de negro, para confesar al reo. Aquel día, para poder cubrir la información, EL CARBAYÓN se imprimió más tarde, y al mediodía todo Asturias pudo leer cómo Gancedo se había arrepentido de sus crímenes frente al confesor, en un acto de “verdadera contricción”, pero que lo había hecho solo: ningún miembro de su familia tuvo a bien presentarse en Tinéu aquel fin de semana, ni él “muestra deseos de verles, si ha de darse crédito a lo que por aquí se dice”. Aquella misa sería el último acto en la intimidad de Rafael Gancedo, acompañado tan sólo de su abogado, del cura, un guardia civil, un  vigilante de seguridad y, ¡no podía faltar!, un periodista de La Opinión de Asturias. En apenas unas horas sería una estrella. Con escenario incluido.

El último día

El Carbayón, 27.6.1899

“La ejecución se verificará mañana en la plaza llamada de las Campas, que es donde se levanta el cadalso”, publicaba EL CARBAYÓN del día 27. El reo, aparentemente tranquilo, dedicó la mañana a perdonar: a su madre, a sus jueces e, incluso, al jefe de la cárcel de Tinéu, al que decía desde hace tiempo odiar “por suponer que había influido en preparar pruebas contra él”. Recibió una única visita, la de su hermano Baldomero, “y tuvieron una larga conversación sobre cosas indiferentes, y como si no estuviese próximo el fatal momento”. Las cosas hay que tomarlas con naturalidad.

El último día de Gancedo fue, en términos generales, apacible. Informa EL CARBAYÓN de que se levantó el reo a las ocho de la mañana, desayunando en la cama. A las once de la mañana “tomó, con visible satisfacción, dos copas de Jerez con unos dulces” y, para comer, tomó sopa, carne, truchas, vino y dulce de postre. Mantuvo una breve conversación con los medios, en la que dijo que la muerte no le asustaba y que ya no esperaba el indulto, y se acostó a dormir la siesta, de tres a cuatro de la tarde. En la tarde tuvo pesadillas, pero despertó tranquilo, afirmando, sin preocupación, que le restaban ya pocas horas de vida.

Merendó salchichón, pastas y vino (cuando uno está próximo a la muerte, hasta las más extrañas combinaciones alimenticias son bien recibidas) y cenó con apetito, acostándose sobre las diez. Su último sueño habría ser agitado mientras, pocos kilómetros más allá, se levantaba su cadalso en medio de una hermosa pero solitaria noche. Tinéu dormía con mucha más gente de lo habitual en su seno: habían llegado visitantes, comerciantes, curiosos y autoridades para presenciar la que habría de pasar a la historia como la última ejecución pública a garrote de España.

La ejecución

Ejecución de Vilaplana y Foliá a finales del siglo XIX, en Cataluña.

Como cualquier hombre próximo a la muerte, Gancedo experimentó aquella noche un repunte de su fé cristiana y se despertó más beato que de costumbre. Se levantó a las cinco y media de la mañana, rezó el Rosario y asistió a misa en la capilla antes mencionada, donde oyó los sermones del dominico Ciarán y del párroco tinetense Andrés Blanco Bolaño.

Mientras Gancedo desayunaba chocolate, tostadas y pastas, las calles de la villa comenzaron a llenarse de gente de todas partes; Xenestaza, el pueblo donde había cometido sus horribles crímenes el reo, había asistido en casi toda su integridad. Los guardias vigilaban que se cumpliera la ordenanza provisional que impedía vender bebidas y comestibles alrededor del cadalso o camino a él el día de la ejecución -no lo consiguieron del todo- y el sol, brillante ya desde lo alto, era incapaz de calentar los ánimos en prisión.  Todos, menos el reo, parecían desanimados. A Gancedo le vistieron de túnica negra, colgando del pescuezo un escapulario de la virgen del Carmen y, en la cabeza, un gorro negro con una cruz amarilla. Una imagen de otros tiempos más oscuros y ¿afortunadamente pasados? se daba lugar en el Tinéu del cambio de siglo, sin que sus habitantes supiera muy bien si sentir curiosidad o tristeza por presenciarlo.

“A las ocho en punto”, dice EL CARBAYÓN, “se dirige el verdugo al lugar del suplicio, custodiado por una pareja de la guardia civil”. Gregorio Mayoral, el único que sabía con total certeza qué había que hacer en una situación como aquella, esperaba ya en el patíbulo. El carro que llevó a Gancedo al cadalso iba custodiado por una procesión silenciosa formada por cuatro guardias civiles a caballo; acompañándole en el alto del vehículo, Ciarán, otro cura y un cabo de infantería empuñando un arma, por si las moscas. Alrededor, el Regimiento del Príncipe; detrás, la Guardia civil. El viaje transcurrió tranquilo, pero con alguna que otra incidencia: “al subir el carro la cuesta que precede á las Campas, tuvieron que bajarse el señor Otero y el cabo, pues el caballo no podía con todos.” No podía faltar un puntillo genuinamente español.

El mismo garrote, el mismo verdugo: ejecución de Michele Angiolillo en 1897
Ejecución de Angiolillo,  1897

En el cadalso, el verdugo. “Viste traje castaño de zamarra, y lleva la cabeza descubierta; a su lado están las correas y demás útiles que ha de emplear en la ejecución”. Irónicamente, la única sonrisa que recibió Gregorio Mayoral en toda su estancia en Asturias fue la del reo que, después de entregar una peseta a su abogado públicamente, con la orden de que la repartiera entre los pobres, se sentó en el banquillo y sonrió al ejecutor, “recomendándole le trate con caridad.”

“El verdugo”, abunda en detalles EL CARBAYÓN, “sujeta la palanca con la mano derecha, mientras con la izquierda cubre, valiéndose de un paño negro, la cara del reo; el padre Ángel excita al pueblo a pedir a Dios por el desgraciado; comienza a rezar en alta voz el Credo; los presentes se descubren y arrodillan (…)”

A las ocho y veinte de la mañana dejaba de existir, por fin, Rafael González Gancedo. Lo último que pronunció, mirando fijamente al público, fue: “¡Adiós, hasta la eternidad!”. Conociéndole los antecedentes, casi sonaban a amenaza aquellas palabras cuyo eco se repetía aún en los oídos de los asistentes cuando las campanas de la iglesia comenzaron a tocar a muerto. Al alma de él, allá donde quiera pensarse que fue a parar, le esperaban ya, con gesto de acusación, los ojos blanquecinos de la esposa y el hijo muerto.

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