Una de miedo: las “casas de duendes” asturianas

Siempre me impresionó el palacio de los Jove-Huergo, robusta casona que mira al mar con la serenidad que le dan sus casi cuatro siglos de historia y que hoy en día, cuando ya no es tiempo de nobles de rancio abolengo, alberga el museo Barjola. Una vez, hace muchos años, alguien me contó una historia de fantasmas ambientada allí. Narraba la leyenda que, hacía mucho tiempo, había vivido en el palacete un marinero que solía viajar demasiado. Su esposa, cansada de guardarle las ausencias, acabó por echarse un amante, y la mala suerte quiso que el marido arribase un día a casa antes de lo previsto, pillando en situación bastante incómoda a la pareja de enamorados. Aquel marinero humillado, decían, había matado a los tórtolos no sin antes someterles a gran número de torturas y atarles con cadenas a la cama que tantas veces compartieran antaño. Desde entonces, la casona recibía el nombre de la de “las cadenas”, puesto que -y aún después de muertos- los gijoneses que pasaban por la calle podían oír los lamentos, el crujir de los eslabones y los gritos de auxilio de los amantes.

Nunca me encajó demasiado aquella historia. Ni fui capaz de encontrarla por escrito en crónica alguna ni pegaba demasiado que un marinero habitase tan lujoso palacete. Pero, vaya usted a fijarse por dónde, las casualidades también existen. De casas encantadas, encantamientos y fantasmas en Asturias se ha escrito poco, pero haberlos, los hubo (o, al menos, eso creyeron algunos de nuestros antepasados) y están reflejados en los periódicos de la época. También la leyenda de la casa de las cadenas.

La casa de las cadenas (1913)

Dónde y cuándo: Calle del Instituto (travesía), Xixón.  Año 1913
Tipo de encantamiento: Almas penitentes pidiendo auxilio.

No ocurrió en el palacio de los Jove-Huergo, como sospechaba, pero sí muy cerca. EL NOROESTE del 14 de febrero de 1913, hace justamente cien años, da cuenta de que el misterio está en una travesía de la calle del Instituto, concretamente en un “caserón de planta baja, viejo, ruinoso, que nadie habita” y que hoy en día ya ha desaparecido. Los gijoneses habían comenzado a llamarla “la casa de los duendes” pocos meses atrás, convencidos de que allí ocurrían sucesos sobrenaturales:

“Pues allí hay puertas que se abren y cierran solas, ruidos interiores muy extraños, ayes lastimeros, choque de cadenas… y muchas ratas” -¡ya tenían que venir a poner la nota de realidad!- “que por sus dimensiones infunden pánico al minino más cazador y más barbián de todos aquellos contornos. El vecindario, especialmente las mujeres y los niños, no duermen con tranquilidad en toda la noche.

Hay quien cree que tiene debajo de la cama un alma en pena ó el mismo espíritu de Satanás, con rabo y todo.”

En una sociedad sin televisión ni entretenimiento de otro tipo, la leyenda del caserón encantado corrió como la pólvora, y cada noche, durante un tiempo, centenares de personas se aglomeraron frente a él, ávidos de escuchar algún ruido sospechoso o movimiento inesperado de los ventanales. “La intervención de los serenos“, afirma EL NOROESTE, se hacía necesaria siempre “para despejar la calle.” Con el tiempo se harían necesarias medidas más expeditivas para echar a los curiosos. “Anoche, para despejar las calles” -lo escribe EL NOROESTE del 16 de febrero de 1913, haciendo referencia a la noche del 15- “hubo necesidad de enchufar dos mangas de riego, que ejercieron una acción bastante más eficaz que la de los agentes (…) Los mangueros de la villa” -improvisados antidisturbios de la belle èpoque- “cumplieron fielmente su cometido, proporcionando grandes duchas á los transeúntes.”

Aún es más: en la misma noticia, se alude a los rumores que no se dejan por escrito, pero que se leen entre líneas, y que bien podrían encajar con esa leyenda del marinero engañado y los amantes torturados: “No lleguen los chismes de vecindad” -ruega el diario- “al extremo de poner de boca en boca, con nada piadosa intención, el nombre de una persona respetable, recientemente fallecida, cuya apreciable familia lamenta muy de veras, como es natural, que no sea debidamente respetada la memoria del muerto.” A buen entendedor, pocas palabras bastan.

El picaporte encantado (1908)

Dónde y cuándo:  Xixón.  Año 1908
Tipo de encantamiento: Más que encantamiento, gamberrismo

Lo narra EL NOROESTE del 20 de enero de 1908 y tuvo como protagonistas a dos pequeños rufianes de los cuales sólo ha trascendido un nombre, Selmo, y una dirección genérica: la calle Ezcurdia, donde vivían los truhanes. Fueron pillados con las manos en la masa mientras asustaban a una pobre viuda y a su sirvienta de toda la vida, beatas convencidas y temerosas de todo y todos. Parece ser que los muchachos, al caer la noche y conocedores de la zozobra vital de las ancianitas, montaron un sencillo artilugio con un cordel que hacía sonar el picaporte de forma continua, hosca y muy pesadita. “Ellas ya no pueden más;” -noveliza el periodista- “indudablemente es algún alma en pena que necesita misas para redimirse y en un instante, en un supremo momento de terror, salen á las ventanas y á grandes voces claman auxilio.” La cosa no fue a más y los gamberros recibieron, cada uno, una multa de un duro.

El señor Poper, experto espiritista, visitó Xixón a finales de 1920

Una sirvienta torpe (1909)

Dónde y cuándo:  Navia. Año 1909
Tipo de encantamiento: Trasgu en forma de sirvienta

Una breve nota en EL NOROESTE del 20 de agosto de 1909 da cuenta de los sucesos misteriosos que se venían dando desde hacía un tiempo en la llamada casa del Río de Loza (Navia) y que tenían acongojadas a “las gentes sencillas de la comarca”. En aquella casa comenzaron a moverse muebles, rompiéndose varios cacharros y entornándose las vasijas de la cocina. “Los duendes”, razona el periodista, “pudieron ser una sirvienta torpe, algún chusco de mala sombra y el propio pánico de quienes creen aún en cosas de brujería y sortilegio.”

Los sucesos de El Rayán (1911)

Dónde y cuándo:  El Rayán, Morea d’Ayer. Año 1911
Tipo de encantamiento: Fantasma cabreado, calzando madreñes

Soledad Bayón en 1996Es, probablemente, el caso de encantamiento más conocido de la Asturies de principios de siglo. Los aficionados a temas parapsicológicos aún lo recuerdan e intentan darle explicación. Ocurrió en El Rayán, el caserío al que fueron a vivir, a principios del siglo XX, la familia formada por Eusebio Bayón y Concepción Rodríguez junto a su numerosa prole. Cuentan que los problemas comenzaron, precisamente, al nacer el decimotercer hijo, Juan, a finales de 1910. Fue cuando el fantasma hizo aparición por primera vez. “Una noche del pasado mes de diciembre”, dice EL NOROESTE del 4 de enero de 1911, “y cuando ya toda la familia se hallaba recogida en sus lechos respectivos (…) sintió el hijo de don Eusebio, llamado Jesús, de 18 años de edad, que por una escalera interior de la casa subía una persona, hombre, á juzgar por lo fuerte de las pisadas, y calzando almadreñas”.

“Al pasar por la puerta del cuarto de Jesús, tropezó fuertemente en ella, continuando después su marcha hasta la puerta del cuarto de su madre.” Pero cuando Jesús y su padre Eusebio, se levantaron, revólver en mano, para prender al intruso, no encontraron nada. Las pisadas no se detuvieron; el fantasma estaba dispuesto a quedarse y, aún es más, a aterrorizar a la familia.

LA VOZ DE ASTURIAS recuperó el suceso en 1996, contando, además, con el testimonio de excepción de Soledad, una de las hijas de los Bayón Rodríguez. “…era encenderse y apagarse las luces inexplicablemente y grandes golpes en las paredes, las lamentaciones y quejidos de alguien, y provenientes de algún lugar, pero que estaba en el interior de la vivienda. Sentíamos a alguien subir por las escaleras del interior de la casa. Era un ruido muy fuerte. En el desván sentíamos el arrastrar de cadenas. Algunos objetos salían disparados de un lugar a otro, sin que nadie los tocase. Se desplazaban movidos por una fuerza invisible. Catalina y Concepción Rodríguez, años 30No podíamos explicarnos lo que estaba sucediendo. Cada día iba a más, y no había forma de que aquello se detuviese. A la casa llegaban sacerdotes para bendecir la casa, pero no servía para nada, mientras permanecían allí los ruidos y lamentaciones bajaban el tono, el ruido era más suave pero nunca paraban. Lo más terrible sucedió estando bastante gente del pueblo reunida en la casa, la cuna empezó a girar sobre sí misma a una velocidad de vértigo, finalizando sorprendentemente con una mano invisible que elevaba la cuna en el aire…”

Parece ser que, efectivamente, la casa de los Bayón se convirtió aquellos días en lugar de reunión habitual de los vecinos; a aquella que hizo referencia Soledad 85 años después es, en la versión de EL NOROESTE, la del jueves 29 de diciembre de 1910. Un día después se congregaron “en la morada de los ruidos un señor médico, dos capataces y otras varias personas, entre las cuales tuvo el gusto de contarse el que esto escribe”. El cronista advierte que, sin embargo, aquella noche no pasó nada de nada. “Conviene advertir”, eso sí, “que entre las personas allí congregadas esa noche, hallábanse el sargento de la guardia civil de Caborana y un guardia a sus órdenes. También a los duendes les infunde el tricornio un saludable pavor.”

Según el testimonio familiar, los problemas se solucionaron cuando el fantasma almadreñista llamó a Concepción, la madre, a su presencia, susurrándole algo al oído de lo que la mujer nunca quiso hablar demasiado. Siguiendo el mandato del espectro, Concepción pagó por unas misas y colocó cierto número de velas en memoria de su difunta hermana y, con ello, su espíritu dejó de molestar.

El duende sidrero (1897)

Dónde y cuándo:  Avilés. Año 1897
Tipo de encantamiento: Un espectro con mucho cuento. Y sed

EL DIARIO DE AVILÉS, según recoge a su vez EL NOROESTE del 10 de noviembre de 1897, habla del terror infundido por un supuesto fantasma que, cada noche, se dedicaba a lanzar gritos y lamentos en el mejor sitio posible para hacerlo: un llagar de sidra de la calle del Muelle. “A todo esto,” -afirma el sarcástico reportero- “el duende seguramente debe ser aficionado al zumo de manzano, porque se observa por la mañana gran falta de este líquido en las pipas.”

Basilia, médium de palo (1914)

La gitana Basilia. Año 1914

Dónde y cuándo:  Argüeru, Villaviciosa. Año 1914
Tipo de encantamiento: El de una médium muy persuasiva

La cosa empazó cuando a Avelina Tuero, madre, le picó en la puerta una tal Basilia Borja Jiménez, pitonisa, médium y echadora de cartas gitana de 20 años de edad y lengua fina. La vieja, en extremo religiosa y temerosa de las cosas del más allá, tragó con todo. También con la afirmación de la Basilia de que un pariente de la anciana, ya fallecido y descontento con los escasos cultos religiosos que le habían hecho al efecto en el mundo de los vivos, estaba presente en su casa. El timo lo narra EL NOROESTE del 15 de junio de 1914: “Trajo Avelina Tuero, madre, á presencia de la gitana, 18 duros y un reloj y una cadena de oro, cuyos efectos y dinero envolvió aquella en un periódico (…) hasta el siguiente día, en que la gitana se comprometió á volver con noticias concretas de ultratumba respecto al ánima en cuestión.” Por supuesto, Basilia nunca volvió. La hija de la timada la encontró, eso sí, el día 14, vendiendo asnos en el mercado, y presentando la pertinente denuncia a la policía.

La casa de los ruidos (1917)

Dónde y cuándo:  Calle Fernández Vallín, Xixón. Año 1917
Tipo de encantamiento: Fantasma, sí, pero buena gente

La primera referencia la hace, cómo no, EL NOROESTE del 21 de mayo de 1917. Parece ser que desde hacía ya días los vecinos de una casa de la gijonesa calle Fernández Vallín venían denunciando sucesos extraños: las puertas, decían, se abrían violentamente aún estando selladas con buenas cerraduras, sonaban pasos y se oían fortísimos golpes, como martillazos, en las paredes. “Anoche”, cuenta el periódico, “el escándalo fue el más grande de la serie, y frente a la casa se reunieron centenares de personas y tuvieron que subir al piso guardias de seguridad, pues desde uno de los balcones pedían auxilio los inquilinos.”

El 21 de junio del mismo año el diario dedica página de portada a los sucesos de Fernández Vallín, si bien de forma bastante escéptica: “Últimamente parece que ya se han materializado más los espíritus, y se ha visto á uno subir la escalera; se le ha perseguido, incluso por los tejados; pero desapareció repentinamente entre dos tejas.” El espectáculo reunió buen número de curiosos frente a la casa y despertó, incluso, la picaresca de algunos gijoneses: uno de ellos llegó a ofrecerse a dormir en la casa una noche, él sólo, bajo precio de mil pesetas de las de la época o, en el caso de morir en el intento, un entierro de primera clase. Los policías y los periodistas apuntaron a la obra de un par de muchachos guasones; los vecinos, acostumbrados ya con el tiempo a los ruidos, acabaron cogiéndole cariño al supuesto espectro que, aunque testarudo y pelín molesto, no parecía ser mal tipo.

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