Freaks (II). Unidas para siempre

A la historia han pasado nombres como el de Phineas Taylor Barnum (1810-1891), que, cuando llegó a una más que respetable edad de 61 años con pingües ahorros, decidió tirarlo todo por la borda y dedicarse a aquel que siempre le había apasionado: el mundo del circo. El espectáculo más grande del mundo nació, como eslogan, en el circo ambulante que montó en Wisconsin en 1871. Audaz hombre de negocios, por su circo pasarían los más extravagantes fenómenos humanos; progresista para la época, fue en su espectáculo en el que los freaks fueron mejor tratados: Barnum, radical antiesclavista, fue coherente también en la contratación de human marvels. Pero el freak show no fue sólo el de Barnum, ni mucho menos tuvo lugar sólo en Estados Unidos. En Europa ya sabíamos mucho de monstruos ambulantes: llevábamos paseándolos, no siempre en las mejores condiciones, desde la Edad Media y más allá. Hoy, en fin, hablaremos de algo muy raro de encontrar, uno de los fenómenos mejor pagados de la era del circo victoriano: los hermanos siameses.

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Chang y Eng Bunker, los siameses

 Samutsongkram, Siam 11.5.1811 –  Mount Airy, Carolina del Norte, EEUU 17.1.1874 (63)

Por ellos, los gemelos unidos más famosos del siglo XIX, se conoce a los suyos como siameses. Ellos lo eran, aunque por aquello de que nadie es profeta en su tierra, en su pueblo, y por su genealogía, los llamaban los gemelos chinos, y estaban unidos por el esternón, compartiendo hígado. Allá por la década de los 30, mientras recorrían los escenarios estadounidenses, se enamoraron hasta las trancas de dos gemelas, Adelaide y Sally Yates. Fue la única vez en la que se plantearon ser separados quirúrgicamente. Los parientes de las Yates no querían monstruos en la familia, pero ellas eran de arma tomar. Se casaron, en contra de todo y todos, en secreto con los siameses, los retiraron del espectáculo y pusieron, con ellos, una granja de tabaco en Carolina del Norte. Engendraron a veintidós hijos entre ambos y tuvieron los problemas de cualquier granjero de la época: las malas cosechas, los hijos que se mueren en la infancia y que Chang, en concreto, se pasase tres pueblos con la bebida y, al parecer, tuviera la mano pelín suelta para con su mujer e hijos. Sería Chang, precisamente, el que moriría repentinamente, víctima de una neumonía, a los 63 años. Eng, horrorizado, descubrió al despertarse, en la mañana del 17 de enero de 1874, el cadáver de su hermano. Los médicos no pudieron correr lo suficiente como para separarle, en una operación que hubiera sido sencilla incluso con las técnicas de la época: Eng murió tres horas más tarde, consciente de que el final se le venía encima, unido a una muerte detrás de la que, inexorablemente, habría de llegar la suya.

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Millie y Christine McCoy, Millie-Christine, el ruiseñor de dos cabezas

Welches Creek, Carolina del Norte, EEUU 111.7.1851 –  8.10.1912 (61)

Esclavas, siamesas y negras. Su dueño las vendió, cuando eran apenas bebés, junto a su madre, a un circo ambulante, y las tres mujeres siguieron dando tumbos, de dueño en dueño e incluso con un secuestro de por medio, habido en Nueva Orleáns, durante cuatro años. En 1855 conocieron a su protector, el señor Miller, y último dueño; él las enseñó a cantar y a hablar varios idiomas. A la muerte de Miller, las hermanas y su madre, Monimia, cuidaron a su mujer; en agradecimiento, quien hubiera podido ser su siguiente propietario, el hijo del matrimonio, las hizo libres. Se retiraron a principios de siglo, adquiriendo una granja en su pueblo natal, y llegando a una edad bastante avanzada en lo que a siameses se refiere.

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Giacomo y Giovanni Batista Tocci, el chico de dos cabezas

Locana, Italia ~1876 –  ¿? ¿?

Siameses dicéfalos: un solo cuerpo, dos cabezas y cuatro brazos. Nacidos en Locana en año indeterminado, sus padres los llevaron a exhibir desde que tenían pocas semanas de edad. “El chico de dos cabezas“, anunciaban injustamente, porque Giacomo y Giovanni eran dos y distintos, además, como la noche y el día: el uno extrovertido, ingenioso, despierto; el otro retraído y huraño, uno prefería la cerveza, el otro, el agua. Tuvieron una vida triste que se acaba, para el cronista, sobre 1890. En ese año los Tocci se retiraron y nada más se volvió a saber de ellos. Sin saber andar y dependientes de una tercera persona para sobrevivir, es tristemente suponible que no llegasen a vivir el cambio de siglo.

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Jozefa y Ružena Blazkoví, las gemelas bohemias

Skrýchov u Opařan, actual R. Checa 20.1.1878 –  Chicago, EEUU 30.3.1922 (44)

Nacer diferente en un pueblo pequeño es rizar el rizo. A Jozefa y Ružena Blazkoví les tocó en gracia lo primero -nacieron unidas por la parte baja de la espina dorsal- y lo segundo. La consecuencia fue pasarse una semana sin comer. Aquello, en palabras de un curandero local, ayudaría a curarlas del mal que padecían (!). Sobrevivieron, y su familia entendió el milagro -porque realmente lo era- como una señal divina para… introducir a sus hijas en el mundo del espectáculo. Aprendieron a tocar el violín para que las entradas costasen más caras y crecieron hasta desarrollar personalidades completamente diferentes: a Josefa le disgustaba sobremanera la pasión que tenía su hermana por el sexo opuesto y las relaciones que, en número bastante abundante, tenía con varios individuos del mismo, y que resultaron en el parto de un hermoso niño, Franz, en la Praga de 1910. Muy a su pesar, Josefa también generaba leche para alimentar a su poco deseado sobrino. Si fue polémico el parto del pequeño Franz, aún más lo fue, doce años después, cuando Josefa -siempre con un don innato para intentar fastidiar los planes de la hermana- cayó enferma. La más que posible muerte de Josefa sentenciaría la vida de Ružena, en perfecto estado de salud pero pegada sin remedio al cuerpo en coma de la hermana. Separarlas, a pesar del clamor popular, era imposible: demasiadas vertebras como para que la operación fuera viable las unían. Una tercera polémica, autopsia incluida, vendría de la mano de una supuesta fortuna que las hermanas no tenían: incitados por la creencia de que eran millonarias, sus familiares se disputaron la herencia, llegando a abrir en canal a las hermanas para averiguar si sólo una (en caso de haber dos úteros diferenciados) o las dos (si existiera uno sólo) habían sido madres de Franz. Resultó que su madre era, únicamente, Ružena, y que la herencia habría de dividirse entre el pequeño y sus tíos. Los 400$ que tenían ahorrados las Blazkoví no les dieron, eso sí, para gran cosa.

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Violet y Daisy Hilton, encadenadas de por vida

Brighton, Reino Unido 5.2.1908 –  Charlotte, Carolina del Norte, EEUU 1.1969 (61)

Disgusto tremendo de su madre. A Kate Skinner le nacieron Violet y Daisy unidas por la pelvis, dos monstruos incuidables por parte de una pobre madre soltera sin muchas ganas de serlo, siamesas unidas por la pelvis que compartían circulación sanguínea. Su apellido, Hilton, se lo deben a la familia que las adoptó… buscando su propio beneficio: las siamesas fueron puestas “en circulación” siendo bebés, y cuando les murió la madrastra pasaron al cuidado de una hermanastra que, con su fortuna, se construyó una mansión. Para aquel entonces las hermanas ya eran una sensación nacional: tocaban varios instrumentos, cantaban y se peinaban con tirabuzones, a lo Mary Pickford; se rumoreaba algún que otro affaire escandaloso y, en definitiva, eran lo suficientemente inteligentes como para seguir dejándose esclavizar por su hermana “normal”. La demandaron, ganaron y se lanzaron rumbo a la fama. En 1932 aparecieron en la archiconocida Freaks de Tod Browning, y un año después llenaron los periódicos con el escándalo que había supuesto que a Violet, la más extrovertida de ambas, se le hubiera puesto en el moño matrimoniar con un tal Maurice Lambert. Se lo prohibieron en, al menos, veintiún estados: era inmoral, decían unos; estaba mal acceder al matrimonio dado que la otra siamesa habría tenido que presenciar, por fuerza y estando soltera, el acto conyugal perceptivo de todos los casados. Cuando finalmente ambas consiguieron casarse -aunque con otros pretendientes-, en 1936 y 1941, respectivamente, los matrimonios resultaron un fracaso absoluto. Violet y Daisy aprendieron que sólo podían contar -¡y qué remedio!- la una con la otra. Chained for life, su película autobiográfica -véase el trailer bajo estas líneas- fue, en 1950, un rotundo fracaso. El fenómeno freak ya había pasado, pero las puertas de los trabajos “normales” estaban cerradas para quienes habían formado parte de él: los intentos por formar parte de una vida normal por parte de las siamesas cayeron en saco roto. Nadie quería emplear a dos seres tan desagradables. En 1961, acabadas y esclavizadas por un agente de espectáculos de poca monta, aparecieron en un espectáculo al que había asistido Charles Reid, empresario de buen corazón que, apiadado de las siamesas, les ofreció trabajo en su tienda de comestibles. Fue él quien, tras extrañarse de que las hermanas no hubieran acudido a trabajar en varios días, encontró sus cadáveres. Quienes habían sido las novias de América del fenómeno freak habían muerto solas, a los 61 años, víctimas de la gripe (1 y 2). Nadie reclamó sus cuerpos. Daisy y Violet Hilton sólo se tenían la una a la otra… y qué remedio.

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Lucio y Simplicio Godino, los siameses filipinos

Samar, Filipinas 8.3.1908 –  Nueva York, EEUU 24.11.1936 / 8.12.1936 (28)

Nacieron unidos por la piel y el cartílago de la parte baja de la cadera. Se dedicaron al espectáculo desde la niñez. Tan flexible era su unión, al contrario que otros gemelos siameses, que aprendieron a nadar e, incluso, a conducir; lo cual trajo no pocos problemas: Lucio fue condenado a unos días en prisión por haber producido un accidente de circulación. No llegó a cumplirlos. ¿Por qué -se preguntaron los tribunales- obligar al segundo hermano, inocente de todos los cargos, a entrar en prisión?. Casados, no sin polémica, con las gemelas Natividad y Victorina Martos, fueron separados de urgencia cuando Lucio murió, inesperadamente, de una neumonía, a los 28 años. Simplicio moriría doce días más tarde, víctima de una meningitis producto de la intervención.

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Margaret y Mary Gibb, las gemelas de Holyoke

Holyoke, Massachussetts, EEUU 20.5.1912 –  29.8.1967 (55)

Unidas por la parte baja de la espalda, hubieran podido ser separadas sin prácticamente riesgos, pero sus padres, devotos cristianos, prefirieron criarlas como Dios había decidido traerlas al mundo. Dedicadas al espectáculo desde los 14 años, sólo el amor hizo que quisieran pasar a quirófano: en 1928, Margaret se enamoró de un hombre que sólo la quería… con un solo cuerpo. Los planes, sea como fuere, fueron cancelados y las siamesas llegarían a casarse sin separarse la una de la otra, aunque sí acabarían haciendolo de sus maridos. Retiradas de la vida pública a finales de los 40, cuentan que abrieron una tienda de regalos y dedicaron su mediana edad a hacer punto y ver la televisión. Murieron de cáncer, a los 55 años.

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