Toda la vida por delante: la infame historia de Ramón, el vampiro de Avilés

Ramón, el de Paulo, tenía toda la vida por delante, toda la vida. Había dejado Santa Cruz de Llanera, la aldea asturiana donde había venido a nacer, para cruzar el charco hacia Cuba, siendo apenas un guaje, al poco de nacer el siglo XX. La isla daba dinero o no daba nada, eso estaba claro. Ramón había ido allí con la esperanza de hacer fortuna, pero a él le tocó la segunda opción. Cuando aún no había siquiera prosperado, una tarde aciaga en Sagua la Grande, escupió por primera vez una flema con sangre. Ramón, el de Paulo, estaba tísico, y eso, hacia 1913, suponía una más que probable y pronta muerte. Es obvio que un muchacho de ventipocos años quiera vivir. Los médicos le recomendaron permanecer en la isla, cuyo clima cálido sin duda le beneficiaría, dijeron. Pero no funcionó. Y, desesperado, con el billete de vuelta a casa en el bolsillo (imposible permanecer en un empleo cuando en cada estornudo repartes un boleto hacia la muerte), visitó a un santero negro que se hacía llamar Francisco, que le aseguró la curación total si lograba tener el arrojo de beber la sangre caliente de un niño, en el preciso momento en el que ésta saliera del cuerpo del mismo. Fue con esas con las que Ramón, el de Paulo, se fue de vuelta a Asturias.

Manolín Torres Rodríguez tenía toda la vida por delante. Toda la vida. Apenas si le había dado tiempo a conocer, en ocho años que llevaba en este mundo, la villa de Avilés, donde había nacido hijo un mantequero de La Suiza Avilesina, José, y de una sufrida ama de casa, Benigna. Sano como un roble. Con las mejillas encarnadas. Lleno de vida: lleno de todo lo que le faltaba a Ramón, el de Paulo.

Fue el miércoles 18 de abril de 1917. Manolín, el suprascrito, Ángel y Agustín, los tres compañeros, los tres amigos inseparables, jugaban a media tarde en la plaza de la iglesia de la Magdalena cuando conocieron a Ramón, el de Paulo.

Nenos. ¿Queréis ganar un real?

Silencio. Mamá decía que no se podía hablar con los desconocidos.

Taba buscando la mantequera. Dóivos un real si me lleváis.

Silencio. Y, entonces, la Adela, una joven que vivía cerca y a la que los muchachos conocían, que saluda a Ramón a lo lejos. De alguna fiesta de práo lo conocería, y lo miraría de reojo a lo lejos, puesto que todo el mundo sabía que Ramón, el de Paulo, estaba tísico y era peligroso acercarse a él.

¿Qué? ¿Nun váis querer un real, coño?

Si el desconocido saludaba a la Adela, entonces es que no podía ser malo. Fin del silencio. Manolín que se lanza.

Mio pá trabaya na mantequera.

¿Entós? ¿Vás llevame?

Y Manolín, de pocas palabras, que asiente con la cabeza y echa andar en dirección a la Ceba, con Ramón, el de Paulo, detrás. No era cuestión de desperdiciar un real y, de cualquier modo, no sería por veces que había ido andando hasta la Suiza. Pacita Ovies, una vieja conocida de la familia, se lo cruzó aún mientras salía de la Magdalena.

Manolín. ¿Qué andes faciendo?

Voi llevar al señor a la mantequera, Pacita.

Y Ramón, el de Paulo, y Manolín se perdieron de la vista de todo el mundo.

***


Aquella tarde, Manolín no estaba en casa a las 8, cuando el mantequero José volvió de la jornada. De nada sirvió que Benigna lo llamara a voces por todo el barrio, ni que José preguntara a todos los compañeros e hijos de compañeros. Del pequeño no había rastro y, a medianoche, los desesperados padres no tuvieron otro remedio que acudir a denunciar su desaparición. Iba a ser la noche más larga que hubiera vivido o que fuera a vivir jamás el desventurado matrimonio.

El cadáver de Manolín lo encontró su propio padre, horas después del amanecer, en la Trabuya, ya sin rubor en las mejillas y rodeado de un charco de sangre. Lo enterraron el 20 de abril, un viernes, después de que los médicos afirmasen, sin lugar a dudas, que alguien había extraido varios litros de sangre del desgraciado muchacho.

A Ramón, el de Paulo, no tardaron en inculparlo. Demasiada gente lo había visto: Pacita, Adela, y también María, una curiosa vecina de la Grandiella que se extrañó de la ausencia del niño cuando, sobre las siete y media de la tarde de aquel aciago día, había visto bajar a Ramón hacia la villa sin compañía, apenas una hora después de que lo hubiera visto, camino a la mantequera, con Manolín.

El pueblo se conmocionó, y no tardó en descubrirse que, poco tiempo atrás, otro niño había huido de las malas artes de Ramón por miedoso, por no atreverse a acercarse al pañuelo que éste le ofrecía a oler. José, el Carolo, había puesto pies en polvorosa ante el ofrecimiento, salvando con ello su vida, ya que el trozo de tela estaba impregnado de cloroformo. La misma sustancia de la que Ramón se había provisto aquel 18 de abril por la mañana, y que, presumiblemente, Manolín sí accedió a inhalar. Le había rajado el cuello, confesó días después, y bebido su sangre caliente tal y como le había aconsejado el santero cubano, y, tras dejar el cuerpo inerte allí, en medio del monte, se había limpiado cuidadosamente y pasado la noche en una posada en Llano Ponte. Tranquilo. Lleno, o al menos eso creía él, de vida, por fin.

Ocurrió en abril de 1917. El mismo mes en el que todos los padres de los niños cuyo rastro se había perdido en los últimos tres años por la zona -fueron varios- dejaron, para siempre, de buscarlos.

Más información en La Nueva España, GAIPO, Hemeroteca de Gijón.

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