La casa 125

La casa 125 tenía ventanas de madera de doble hoja con seis cuadrados de cristal grueso, oscurecidos por el paso del tiempo, desván de madera y una pescal que no llegó viva a la Gran Guerra. Al igual que Bernard el joven, que por aquel entonces ya no lo era tanto, la pescal desapareció sin dejar rastro de las memorias de los de la 125, al menos de los que vivimos ahora, cien años después de que talasen aquel glorioso árbol de cuatro metros que daba piescos como soles de grandes. Puede que fuera el propio Bernard quien lo talase, afectados ya ambos de alguna enfermedad mortal, y que se pasase, luego, días protestando porque ya no podría tomar más slivovice de los broskve (en cristiano y para los del norte, que se hubiera acabado el chollo de hacer licor con los piescos) de aquel viejo amigo que ya no estaba, en fin, cuando Mariana y Marie, madre e hija, se retrataron con lágrimas en los ojos frente a la 125 con el nieto mayor, aquel al que llamaban František pero moriría siendo Pancho en España, país lejanísimo al que partía Antonie, la primogénita de Mariana y de Bernard el joven que, como aquella pescal, ya no estaba para posar frente a la cámara.

No era una casa hermosa la 125, al igual que tampoco lo es hoy en día Nedakonice, el pueblo en el que la habían levantado en tiempos remotos. Ni tenía, tampoco, una historia hermosa. Le aportaba, sí, algo de romanticismo el que estuviera al lado del puente que cruzaba el río Morava. Algo. Porque en el Morava solían morir muchos jóvenes ahogados por accidente, según el señor cura que firmaba sus actas de defunción; aunque resultase, curiosamente, que la tasa de «accidentes» habidos en el Morava se disparó en los meses que siguieron al estallido de la Gran Guerra y, en concreto, en las semanas siguientes a la confección de las listas de reclutas. Si los tiempos eran tristes, ¿cómo no iba a serlo la 125? ¿Cómo no iba a ser triste una casa cuyas paredes habían guardado más muertes que historias de amor?

En la foto: Marie, la hermana fea, Pancho y Mariana, frente a la 125

Fue mi pentabuelo Anton Mareček quien adquirió aquella casa ruinosa que había quedado abandonada tras la muerte, en 1816, de la vieja Katharina Marzaková. Anton buscaba una casa donde formar la familia que él no había podido tener, porque la infancia de Anton, sospecho, se había parecido bastante a la de los cuentos: huérfano desde los cuatro años, una hermana -a la que no dejaría de culpar de la pérdida de Barbora, la madre- debilucha y un padre, Pavel, casado de nuevo con una jovencita que le pariría cinco niñas, tan rubiascas como debiluchas. Cuando Anton, el único chico de los desafortunados Mareček, se casó con una pizpireta de Domanín, ninguna de sus hermanas, ni las medias ni la entera, pudo asistir a la boda, porque ya estaban todas muertas y enterradas. Majdalena, la pizpireta, cogió el petate y se plantó en Nedakonice, dispuesta a hacer olvidar a Antonín todos los males que había pasado y ambos, con la ilusión pintada en los ojos, compraron y arreglaron la casa de la vieja Katharina, encalaron sus paredes y plantaron árboles al frente, pescales, quizás; y tuvieron hijos, muchos hijos. Eran felices y, por unos años, a la 125 se le incrustó esa felicidad que sólo tienen los matrimonios jóvenes,  los hijos nacidos sanos, los enamorados.

Situación de la 125 en el catastro de Nedakonice, 1871

Pero la felicidad, como las paredes de la 125, se fue debilitando. La primera grieta le salió a la nueva 125 en 1849, cuando Anton, el tercero de los hijos de Anton y Majdalena, nació muerto; y se hizo un poco más grande tres años después, al morir Mariana, la primera, cuando empezaba a dar sus primeros pasos. A Majdalena se le ensombreció el rostro, echó ayes al aire, golpeó las paredes de la 125 y escupió en el umbral de su puerta y cuando, tiempo después, parió a su última hija, le puso de nombre Mariana, la segunda, el reemplazo a la primera y deseada, la sustituta a la niña por la que, después de tanto varón, tanto había rezado Majdalena. Sospecho, aunque nunca lo haya llegado a saber a ciencia cierta, que Mariana, la segunda, no se llevaba bien con aquella madre a la que se le había agriado el carácter mucho antes de que ella naciera. Majdalena, cuando murió, no lo hizo en casa de la hija, que era la suya propia; no murió en la 125, como hubiera sido normal en aquellos años, sino en otra casucha en la que había vivido con un hombre que no era su difunto marido y que se llevó el cólera prematuramente. En 1880, la muerte de Majdalena no pareció tener mucho eco en la 125, por donde ya correteaba Antonie, mi tatarabuela, y estaría a punto de hacerlo Marie, la hermana fea que se quedó para vestir santos y para cuidar a Mariana, la segunda, después de enviudar de Bernard, el joven, y de quedarse sin pescal.

En la foto: Frente a la 125 posan Bernard, el joven, y Mariana, la segunda (en el centro). Acompañantes desconocidos

Mi tatarabuela Mariana Marečková, Bouřová de casada, murió en la 125 hace ya 95 años, lejos, muy lejos, en una distancia, por aquel entonces insalvable para una anciana, de su hija Antonie, la que nos trajo a los de la 125 a España. Ya no existe aquella casa triste en un pueblo que, en este siglo mediante, ha perdido toda su personalidad para transformarse en un bloque pétreo por el que ya ni siquiera corre un río, sino apenas un arroyo sin agua, ni hay desvanes ni ventanas de madera; tan sólo de cemento y PVC, ni historia en pie ni trajes moravos más que en fiestas de guardar. Se llevaron los años y el olvido a la 125, aquella tenebrosa casita de la que mi tatarabuela nunca quiso hablar. Como si las casas, construidas de madera, de cal y de cemento, fueran responsables del sufrimiento de los hombres, sobre la 125 ha caído la lacra de la oscuridad que, más que de ella en sí, era propia de los tiempos que le tocaron en suerte. ¡Qué injusta, a veces, la memoria! ¡Qué injustas las historias que configuraron su recuerdo! ¡Qué lágrimas las de Mariana en aquella maldita foto! ¡Qué escandalosamente triste la belleza de la 125!

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