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María, la madrileña

Se emperigotaba, orgullosa, el dengue, llamaba traenta al tridente y garraba’l garabatu en vez de coger el rastrillo, pero para los de Anayo María siempre iba a ser la madrileña. Aunque hubiera vuelto muchos años atrás, para casarse ya mayuca si hablamos, como estamos hablando, de 1845, con el novio de siempre. María la madrileña llevaba la geografía de Asturies hasta en el apellido (aunque casi nunca sea el Valle Llano por estas tierras), el habla en la lengua y los parientes en el alma, y por eso había sido duro partir; dejar atrás Los Payarones y despedirse de la madre, lágrima en la mejilla y manos al aire, que nunca más volvería a ver. Pero había que sobrevivir. Qué remedio. Siete hermanos varones malvivían ya de lo poco que daba la tierra y no había sitio, en aquella Asturies que definiera, en su tiempo, Bartolomeo Fontana: tu sei pur bella, e sei pur duraMaría llegó a la villa y corte adolescente, sola, y aguantó el trabajo duro de servir en casas de señoritos, y las palizas cuando rompía algún vaso, y las risas hacia su origen humilde, y a su lenguaje, y a sus modos y costumbres.

Me llaman aldeana, me pintan en los cuadernos de escritura con saya corta y con dengue y me ponen una azada en la mano. Si se me escapa una palabra al uso de esa tierra, al instante sueltan la carcajada y la repiten todas á un tiempo y en muchos días no me llaman por otro nombre…

Carta de Demetria. La Aldea Perdida, Armando Palacio Valdés.

En Madrid estaba de más, pero para cuando volvió, a María no le quedaría más remedio que apodarse la madrileña y ser casi forastera en su tierra. Y así se quedó por siempre la mujer que había vuelto, con la cara endurecida y los modales refinados, a Asturies para casarse por amor y parirle siete hijos a Rafael, el de la Infiesta. Y, de todos esos hijos, le nació en 1848, en El Campón de la Infiesta de Borines, Eusebio, mi trastatarabuelo.

♢♢♢

La madre de la madrileña, Florenta, murió sin poder despedirse de su hija. Juan, el padre, no tuvo tanta suerte: decidió Dios darle una salud de hierro mucho más firme que su eximia economía y más leal que sus siete hijos varones, aquellos que le habían heredado, antes de muerto, las tierras y que ahora, casados con malas mujeres, no le daban al viejo ni siquiera un plato de berzas por caridad. No querían las cuñadas de la madrileña al suegro en casa, aunque sí quisieran e hicieran uso de sus tierras y su ropa, y hubo de acogerle María en la suya. El viejo protestó no poca cosa. Allá donde los fíos tenían cuatro, cinco nenos por criar, la madrileña había echado a siete al mundo y una boca más iba a ser quitarle la ya de por sí escasa comida del plato a los nietos. María, que había aprendido en Madrid a ser diletante y estirada, se hizo la señora. Si hai comida pa nueve, háyla pa diez. Y no cabía protesta ni recurso. Pero a Juan, viejo, solitario y, más que probablemente, difícil de soportar, pero honrado, se le caía el corazón a pedazos al ver a Rafael y a la madrileña abandonar la casa a las cuatro de la mañana, dejando a los nenos criarse solos para poder llevarles, al final del día, un trozo de pan; un par de berzas, quizás, si el señor había sido magnánimo aquel día, un par de onzas de chocolate amargo y duro a repartir entre todos. Y así fue que a Juan se le ocurrió la idea.

Llevaba dándole vueltas mucho tiempo. No era la primera vez que lo hacía, aunque había que ser cautos: no era del agrado de María, la madrileña, jornalera más pobre que las ratas pero igualmente orgullosa, que su padre anduviera calzándose los peores trapos que tuviera en el armario y mendigando por las casas limosna. Por eso, para que no lo hiciera, le había acogido en su casa; la prohibición acerca de la mendicación en la casa del Campón era rotunda y absoluta y más le valía, habiéndoselo expresado así más de una vez la hija al padre, meter en casa a una buscona, que hasta eso lo prefería ella antes de verle mendigar una sola vez más. Las primeras salidas clandestinas de Juan no tardaron en ser descubiertas, aunque, afortunadamente para el viejo, no por la madrileña, sino por Eusebio, que ya contaba seis o siete años y se daba cuenta de que el abuelo se vestía dos veces, la primera a la mañana, con las ropas buenas, y la segunda después de marchar los padres, con los pantalones rotos, y solo entonces se marchaba y no volvía hasta tarde, con una moneda en el bolsillo para cada nieto.

Juan, descubierto en falta, no tuvo más remedio que plegarse a las exigencias del fíu de  la madrileña. Para Eusebio, aquellas salidas diarias tenían el placer inmenso de lo secreto, la complicidad con el abuelo y la aventura, sobre todo, la aventura: la de esconderse al ver pasar a un vecino conocido, la de caminar durante kilómetros hasta llegar a un pueblo donde no fueran reconocidos -o, al menos, no tanto- y, entonces, desplegar todas las artes que el abuelo, experto de años, le explicaba: mira con pena, échate a llorar, «la mano pal banduyu, comu si tuvieres muncha fame», «¿más de la que tengo, güelu?», «comu si nun hubieres comíu va una semana», y allá que hacían la comedia nieto y abuelo, en una actuación que ni en los teatros de Oviedo que el señor decía a veces ir a visitar.

Éxito arrollador. Dinero a espuertas. Eusebio, y así se demostraría en todos los años que tuvo de vida, era histriónico, camelador y excelente actor. Sus lágrimas enternecían los corazones y, lo que era más importante, aflojaba las faltriqueras y despertaba la generosidad de los ilusos. Ya anciano, Eusebio recordaría con emoción en los ojos, como si de una película del Far West -de las que no llegó a conocer- se tratase, las correrías con güelu Xuan, la sensación de triunfo que le acometía cuando la víctima arrojaba, por fin, una moneda al saquito y, sobre todo, el hambre que quitaba aquel dinero extra del que la madre, María, no tuvo conciencia hasta que ambos cuentistas, güelu y nieto, murieron de éxito. Porque era, cuanto menos, sospechoso que de un tiempo a esta parte, al volver de la yerba, no se encontrase la madrileña con los hijos famélicos sino más bien satisfechos; que de cuando en cuando le rechazasen la cena -lo nunca visto- y que el rubor, que solía perderse cuando se les destetaba, hubiera vuelto a las mejillas de todos y cada uno de los siete guajes, especialmente del mayor.

«¡A, madrileña!,», le rió una vecina una mañana, mientras partía al tajo, a cultivar las tierras de otros, «pemequé de la ciudá volviste del pote, ¿ye que ya nun te queden riales de los que traxisti, que tiés que tener al fíu y al vieyu pordiosando comu una muerta fame?». Aquella noche, aunque no haya quedado constancia de ello, cuentan que el antiguo señor de Madrid, cómodamente instalado en su pisito de la calle Carretas, creyó oír los gritos de la antigua sirvienta asturiana, en bronca descomunal contra las generaciones anterior y posterior, desde las mismas casinas del Campón, en Borines, donde estaban siendo terrible y legendariamente emitidos…

↑ Foto: Modesto Montoto. «Pericón de los repertorios. Villamayor (Piloña), c.1915 «Vendedor ambulante de cuentos, calendarios, medallas, y ciguas de azabache y coral contra el mal de ojo». Muséu del Pueblu d’Asturies.

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