Andái de día…

…que la nuechi é mía.

Afuera, la lluvia. Adentro, la ausencia de la madre. Sobre la testa del guaje, la noche que caía y, en el pecho, el corazón agitado de miedo y soledades. No llevaba mucho tiempo en el pueblo y el rapaz, que no llegaba a los diez, no se había acostumbrado aún a que la madre, que hacía no demasiado vestía polisón y se pintaba los ojos con polvillo azul, faltara de casa. Ni a aquel minúsculo cuartucho, ni a que María -cuatro añinos de inocencia con tirabuzones rojos, ya casi deshechos- se quedara frita en el jergón, irremediablemente, cuando el sol se ponía, y le dejase solo con el terror y la desesperanza de saberse, ¡pobre niño rico!, vulnerable por primera vez en su vida. No era que la necesitase, por supuesto; a fin de cuentas, su hermana era apenas un bebé, uma criança, y él, aunque los mayores se le rieran en la cara cada vez que presumía de ello, era un hombre valiente en el que había recaído, además, la responsabilidad de ser el jefe de una familia rota. Que ya es decir. Pero, aunque él no lo fuera a reconocer nunca, ayudaría un poco contar con el calor del abrazo de su hermana en la noche: haría más corta la espera, menos amarga la soledad, en fin; pero el caso es que María siempre se dormía y allí se quedaba él, a la vera del ventanuco, muerto de frío, muerto de miedo, muerto de soledades.

Manuel Martins. Mi bisabuelo. Su apellido le delataba. Era el hijo de Josefa, la de Santos, la que se embarcó al Brasil moza y volvió separada y con dos nenos, sin hombre, engañada, con el ceño fruncido que ya no se le quitaría nunca de la cara y que amargaría su propia existencia y la de sus sufridos congéneres. Era el brasileño, aquel al que no le salían las palabras y se le resbalaban las eses ante el escarnio de los compañeros que, por no ir, no habían ido ni tan siquiera jamás a Oviedo. Aunque con el tiempo se dejaría querer y quiso con rabia y solidaridad a sus vecinos, los primeros meses en el pueblo los pasó Manuel triste, gachu, con la mirada perdida y la mente al otro lado del océano. Eran tiempos duros. La madre, de señorita a jornalera, abandonaba la casa muy pronto y volvía muy tarde, cuando la noche ya se echaba sobre el monte y a Manuel, en la mayoría de los casos, le había vencido el sueño. Pero aquella noche quería aguantar despierto. No había ninguna razón en especial; quizás tan sólo fueran los ánimos especialmente bajos de las tardes de noviembre. Por eso miraba triste al ventanuco, acurrucado bajo una manta raída, con la mirada fija al exterior. Cuando crujieran las hojas, cuando se movieran ligeramente las bardayos, allá llegaría Josefa y su aliento cálido, llegaría la madre y su abrazo confortable, y la seguridad en la noche, y la felicidad.

Caían los párpados ya cuando crujieron las hojas, cuando ligeramente se movieron los bardayos y Manuel sonrió, contento de haber conseguido su propósito de recibir a la madre despierto, por un día, y el sueño se marchó de repente para dejar paso a la excitación. Pronto Josefa traspasaría la curva del camino y él vería los reflejos de su pelo rojo cayéndole sobre los hombros. Le gustaba ver el pelo suelto de la madre, porque allá en el Brasil, cuando eran ricos, la de Santos siempre lo llevaba recogido, y se lo soltaba sólo a la noche, justo antes de arropar a Manuel. Para él, el pelo rojo de la madre significaba la protección y la calidez de la casa y, por eso, se alegró como nunca antes en aquel preciso momento, segundos antes de ver los ojos inánimes de la güestia.

Frío absoluto. Las cuencas vacías de una calavera amarillenta, muerta siglos atrás pero sorprendentemente móvil, consciente, se le clavaron en la frente a Manuel. Él, que nunca había oído hablar de la güestia, que no había tenido tiempo aún, en el escaso par de meses que llevaba en Asturias, a escuchar las macabras historias de almas en pena que contaban en el pueblo, estaba frente a ella ahora mismo, y un escalofrío recorría, lentamente pero sin pausa, su cuerpo de los pies a la cabeza. Era -eso lo aprendería con los años y los cuentos de las viejas- el lamido de la güestia que, con una simple mirada, sabía cubrir a quien la mirase del dulzor que llamaba a la muerte. Por eso no sobrevivían aquellos que, desafiando al sentido común de las cosas, trasnochaban en las noches de otoño y se cruzaban con la güestia.

Manuel, sin embargo, quizás por desconocer la maldición, vivió para contarla. Muchos años después, ya enterrada Josefa, ya casada María, ya arrugada la cara y callosas las manos, al calor del fuego recordaba Manuel la impresión que le había producido ver las manos descarnadas del ánima sujetando una vela tambaleante, con la cera derramándosele sobre los dedos sin que aquello le produjera al fantasma, aparentemente, dolor alguno. El lamento que surgía de su boca ósea y los alaridos que aquellas mandíbulas desdentadas podían, en contra de todos y cada uno los parámetros de la lógica, emitir. Y las decenas que siguieron a aquella alma esquelética que había llegado a liderar la procesión por ser, aparentemente, la más anciana de todas; porque según iba avanzando la güestia iban llenándoseles las mejillas de carne, y las manos, y los muslos, iban blanqueándose las mortajas e iban, incluso, teniendo pelo las ánimas, hasta llegar a la última que no era otra que una moza a la que Manuel pudo llegar a conocer, recién llegado al pueblo; una pobre infeliz, una mujer con la cabeza de una guaja de teta, perdidos los sentidos y escurrido el seso, que había muerto a los veinte años de edad en medio de terribles gritos y lamentaciones. Y allí, cerrando la procesión, estaba Maruca, allí estaba la prueba de que aquello no era un sueño, porque Maruca, la Maruca muerta, se removía dentro de su mortaja de la misma forma que hacía, en sus ropas, la Maruca viva, y jugaba con su cirio igual que jugaba la infeliz, meses atrás, con cualquier cosa que le llegara a las manos.

Los ojos de la Maruca, siempre inocentes en vida,  sin emoción ahora, se clavaron en el guaje cuando ya la güestia se alejaba. El ánima, sorprendida, comenzó a tirar palmas al aire y reír de forma infantil. ¡Manolín, Manolín!, exhalaba su boca de color púrpura, ¡Manolín, el brasileñu, Manolín, el brasileñu!, y se reía el fantasma y entornaba sus cuencas vacías, ¡Manolín, el brasileñu, Manolín, Manolín, el brasileñu!…

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