Flaca, dentona y coja. El crimen de Níjar (1928)

Porque era fea, y flaca, y dentona, y huesuda, a Francisca Cañada nunca la escuchaba nadie.

Siempre en silencio. Francisca, la favorita del padre por mor del sentimiento de culpa, nunca decía una palabra más alta que otra y a los diecinueve, tímida y solitaria, todo apuntaba a que se iba a quedar solterona. ¿Quién iba a querer a Paca, si era fea, y flaca, y dentona, y huesuda y, además, coja? Años después, muchos años más tarde, cuando por el pueblo aparecían, a cada poco, periodistas intentando recabar información de todo lo que había pasado, en algún momento un vecino chismoso contó que a la Paca, cuando niña, el padre le había dado un golpe de tal calibre que le dislocó la cadera y, de esa lesión, surgió la cojera que la marcaría de por vida.  Francisco, que además de la vida le había dado el nombre, se sintió siempre culpable de aquello y benefició a su hija, de entre todas las demás, ya bien casadas o, al menos, bonitas, con una sustanciosa herencia por adelantado de casi cuatro mil pesetas, un cortijo, el del Hualix, y sus tierras de labor. Otras versiones, menos salvajes, dicen que la causa de la cojera fue la polio. Pero eso ya da igual.

Las demás hermanas envidiaban la suerte de Francisca. Especialmente Carmen, la mayor. En las coplas, Paca es la fea, pero basta con remitirse a las fotos (retrato de Carmen, a la derecha) para ver que Carmen, la que quedó para la historia de salvaguarda del honor de los Cañada, tenía aspecto agrio y malhumorado. Casada desde hacía años con José Pérez Pino, ambos tampoco habían recibido una mala herencia de Francisco: el cortijo del Jabonero, unas tierras y a tirar para adelante. Pero no les bastaba. Las pesetas de Paca, la Coja, habrían de quedarse dentro de la casa. Y, ante el riesgo de que Francisca encontrara pretendiente, había que correr en casarla. Con diecinueve años, Francisca fue prometida, contra su propia voluntad, a Casimiro Pérez Pino, el cuñado de su hermana Carmen. Ya podía la novia ponerse patas arriba que patas abajo, que la boda iba a celebrarse.

Una boda por todo lo alto

Todo se dispuso para la madrugada del 23 de julio de 1928. Como era costumbre en la fecha y lugar que nos atañen, el enlace se celebraría a primera hora de la mañana en la iglesia de Fernán Pérez y el banquete, para el cual se habían matado dos hermosos corderos y preparado licores y varios kilos de dulces, se prolongaría hasta la tarde en el cortijo del Fraile, Antonio Acosta, donde vivía, con su padre, la novia. A eso de las diez y media de la noche del 22, el novio, Casimiro, dejó el terreno libre. Nunca debiera haberlo hecho. Se encontró indispuesto y Paca (retrato, a la izquierda), proporcionándole una manta, le dijo que pasase a descansar a una de las estancias del cortijo. Cuando se despertó, Paca ya no estaba allí.

La encontraron, medio muerta, a una hora a la que ya debía estar casada, a cuatro kilómetros del cortijo y a escasos metros del cadáver de Francisco Montes, su primo, muerto a los 23 años de varios tiros a quemarropa, sobre un enorme charco de sangre. ¿Qué había ocurrido? Cuando volvió en sí, Paca, aturdida, reconoció haber sido atacada por un enmascarado mientras huía, en mitad de la noche, con Montes. Era él, decía ahora, y no Casimiro, el objeto de sus amores y el hombre, en definitiva, a quien quería.

Mala mujer

 “Las veleidades de una mujer provocan el desarrollo de una sangrienta tragedia en la que cuesta la vida a un hombre.” Así amaneció el Diario de Almería el 25 de julio, una vez ya enterado de los sucesos de Níjar. Según la versión del periódico, fue Paca quien, en todo momento, se consideró responsable del hecho, y así salió, detrás de un matorral, a autoinculparse al hermano de Francisco Montes, que fue quien descubrió el cadáver. Pero, ¿por qué acusaba el Diario de veleidosa a Francisca si, unos pocos párrafos antes, narraba la huida de la novia coja y de su primo de forma bien diferente? “Dícese”, relata el reportaje, “que el primo de la novia, Francisco Montes, que se mostraba interesado por ella, la preguntó: Prima, ¿te vas a casar? A lo que contestó ella afirmativamente. Debió hacerlo de forma como si no le interesara mucho su novio, por cuanto su primo le propuso la fuga con él y tras breves palabras quedó concertada entre ambos.” Fea, flaca, dentona, huesuda, coja y, ahora, tonta y, para encima, culpable. Y no sólo Paca: el periódico también apunta a que una hermana del muerto, Antonia, que pierde el conocimiento al enterarse de la tragedia, fue inductora de la trágica huida. Pero el misterio se cernía sobre la identidad de el, o los, asesinos.

Buscando al criminal

Paca nunca inculpó públicamente -sí lo haría a puerta cerrada, ante la policía- a los asesinos de su primo, que también habían intentado serlo con ella. Ni aquel verano trágico, ni durante los sesenta años que vivió de ahí en adelante. Pero las pruebas comenzarían a florecer tan pronto como la policía comenzó a investigar el suceso. El primer dato extraño fue que las mulas que, supuestamente, habían usado la coja y su amante para poner pies en polvorosa no aparecieron sino en sus propias cuadras, como si alguien, sabedor de dónde tenía que guardarlos, las hubiera conducido allí. El asesino, o asesinos, eran de la familia y se sabía, una vez estudiado el lugar del crimen, que Paca debía haberles identificado, a la fuerza, puesto que a aquellas horas ya había suficiente claridad y lo abierto del paraje no pudo proporcionar sombra alguna. Presionada por las evidencias y por la policía, el día 26, finalmente, Paca declaró haber visto cómo José Pérez Pino (retrato, a la izquierda), su cuñado, disparaba a Francisco Montes, dejándolo muerto, y cómo su  hermana, Carmen Cañadas, intentaba asfixiarla con sus propias manos. Pérez Pino, no sin resistirse –en su rudeza y concepto de hombría, experimenta ciertos escrúpulos en decir la verdad”, afirma, sin despeinarse, el Diario de Almería del día 27-, acabó confesando su culpabilidad. El crimen estaba resuelto y la noticia caía como jarro de agua fría en Níjar.

Juzgado instructor del crimen de Níjar

El desenlace

En mayo de 1929, poco menos de un año después de haber sido cometido el crimen, José Pérez Pino fue condenado a ocho años de prisión por el asesinato de Francisco Montes, al que reconocía haber asestado tres tiros de revólver cuando lo encontró, en el trance de huir con su cuñada y, a la par, prometida de su hermano Casimiro, en las horas anteriores a la boda. Su esposa, Carmen Cañada, fue condenada a escasos meses de cárcel por haber maltratado de obra a su hermana. El delito no fue tipificado como homicidio frustrado, a pesar de que Carmen no paró hasta que creyó a Paca muerta. De cualquier modo, el matrimonio (a la izquierda, sus hijos en una foto publicada en 1928) ya estaba en libertad en 1931, habiendo sido beneficiado José, probablemente, por un indulto al establecerse la II República.

El crimen de Níjar se convirtió, para disgusto de sus protagonistas, en uno de los más conocidos de la crónica negra española del siglo XX cuando Federico García Lorca (1898-1936) lo inmortalizó en su obra de teatro Bodas de sangre (1933). Anteriormente el drama ya había sido novelado por Carmen de Burgos (1867-1932) en su Puñal de claveles.

Por supuesto, el interés periodístico por lo ocurrido en el Cortijo del Fraile aquella noche de julio de 1928 fue, y sigue siendo, extraordinario. El periódico ABC contactó en 1966 con los supervivientes de la tragedia, y Antonio Ramos Espejo a mediados de los 80. Casimiro (retrato, a la derecha) y Paca, el matrimonio fallido, aún vivía: él, en Níjar, ella, poco más allá, en su cortijo de Hualix. A pesar de la cercanía, llevaban casi 60 años sin verse y así seguiría siendo hasta su muerte. “Yo no he vuelto a ver a Paca”, declaró Casimiro en 1985. “El día que pasó aquello me monté en mi mulo y me fui con los míos. Miento… la volví a ver en el juicio.” Él, Casimiro, murió en 1990, con 92 años. Se había vuelto a casar, tuvo hijos. No corrió la misma suerte Francisca Cañada. Encerrada en El Hualix, criticada por todo el pueblo por la responsabilidad que le creían en el crimen, salió muy pocas veces de allí. Se le acabaron los novios, los hijos y la vida pública. En 1985, en declaraciones a El País, Josefa Segura, la mujer de Casimiro, dijo haberse encontrado a Paca una vez, yendo con su hija en mula. La coja le pidió que le ayudase a cargar un bulto y Josefa accedió. “Me miraba a la niña como con envidia“, dijo, cabizbaja. En la misma entrevista, Casimiro rechazó ver una foto de la que había sido su prometida.

Francisca, la novia huida, murió sola en julio de 1987, a poco de cumplirse 59 años del crimen. “Era una mujer piadosa”, dijo de ella el sacerdote. Lo había sido. Por imposición o por voluntad propia, eso ya da igual. No en vano García Lorca haría decir a su personaje, en Bodas de Sangre, toda una declaración de intenciones: “Honrada, honrada como una niña recién nacida. Y fuerte para demostrártelo. Enciende la lumbre. Vamos a meter las manos; tú por tu hijo; yo, por mi cuerpo. La retirarás antes tú.”

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