Un alma de compañía. El crimen de Telde (1930)

Parecía un animal herido. Candelaria Valido Calixto gruñía y sacaba los dientes desde una esquina de la celda del calabozo que había soportado sus gritos inhumanos durante un par de semanas. Despeinada y sucia, retorcida en espasmódicos movimientos y con los párpados en tensión, manteniendo abiertos unos ojos dolorosamente llenos de locura, Candelaria exclamaba maldiciones y respondía con ruidos guturales a las pretensiones de la policía. Se había vuelto completamente loca, pero eso ya lo sabía todo Telde, y todo Gran Canaria y, probablemente, a estas alturas, ya todo España. El nombre de Candelaria, la médium de Telde, y, por extensión, el de su familia, los Valido, estaba en boca de todos en mayo de 1930. Y no era para menos.

Una familia feliz

En la foto: de pie, Aurelia Calixto, Francisco Valido y, marcada con una cruz, Aurelia Valido Calixto.

La familia Valido vivía en la calle Juan Pedro de la Fuente, en el barrio de Los Llanos, Telde (Gran Canaria), y hubo un tiempo en el que había sido feliz. De desahogada posición económica por los ingresos que les proporcionaban el trabajo del padre, herrero, y el de la madre e hijas, costureras, se podría decir que no les faltaba de nada. Francisco Valido y Aurelia Calixto eran un matrimonio bien avenido, que había procreado con abundancia: cuatro hijas hermosas (Candelaria, María del Pino, Aurelia y Carmen), de labios gruesos y facciones proporcionadas, rotundas curvas que hacían la delicia de los mozos de la época, y tres hijos varones de los que hoy poco sabemos. Dos -o cuatro, según la versión-, los mayores, habían partido a Cuba, y el último, Fernando, tenía el honor de ser, y a gran distancia, el favorito de la prole para sus padres. Por ello, el diagnóstico de un médico afirmando que Fernandito estaba infectado de tifus, cuando éste rondaba los veinte años, llenó de desesperación a los Valido. Cuando la ciencia se agotó, cuando los medicamentos dijeron basta y los consejos del médico dejaron de resultar, cuando la fiebre comenzó a aparecer día tras día y se llenó el cuerpo de Fernando de una mortífera mancha de color rojo carmesí, presagio del peor desenlace, recurrieron a lo único que les quedaba. La magia negra.

Hablando con los muertos

Venía de Cuba. Juan Hernández, curandero y espiritista de malas artes y lengua fina, al que todos llamaban Juanito el espiritista, recibió a la familia Valido a finales de los años 20. Querían que salvase a su hijo, que atravesaba ya la última etapa de un tifus fulminante. No lo hizo, obviamente. Pero, para los Valido, la ayuda de Juanito había sido indiscutible: no sólo había hecho todo lo posible para salvar la vida de Fernando, dándole ungüentos y pócimas de creación propia, sino que, ante la inminencia de la muerte del joven, comenzó a preparar a su hermana Candelaria para ser médium. Así, aseguraba, cuando su hermano ascendiese a los cielos, podrían comunicarse con él, igual que si siguiera vivo. Aseguraba Juanito que Candelaria tenia dotes, una sensibilidad especial, el poder de hablar con el más allá y, efectivamente, a la muerte de su hermano ya estaba Candelaria preparada para conectar con él y alejar cualquier mal espíritu que pudiera molestar a su familia en la vida… en ésta, o en la otra.

En la foto: hermana no identificada y Fernandito Valido Calixto.

La casa de los Valido se convertiría, a raíz de la muerte de Fernando, en improvisado escenario de sesiones espiritistas, en un principio inocentes, en las que, y por medio de Candelaria, no sólo los Valido contactaban con Fernando, sino también otros vecinos que, curiosos y con nostalgia de sus seres queridos fallecidos, asistían a aquellas sesiones que cada vez se tornaban más oscuras, más violentas. En la del 26 de abril Fernandito Valido quiso comunicar con su familia en la tierra. Y el recado no iba a ser demasiado agradable.

 

Un alma de compañía

En la foto: Carmen Valido Calixto.

La familia recibió la noticia con una tranquilidad pasmosa. Resultó que Fernandito, allá en los sótanos de cielo en los que se encontraba, en el Purgatorio, “haciendo cola”, se aburría y ello hacía que su alma se encontrase gacha y apesadumbrada. La solución era, empero, sencillísima. Con que los Valido asesinasen a un miembro de la familia, fuera quien fuera, para que ascendiera a los cielos a hacerle compañía, bastaba. Y la maquinaria de la sugestión y de locura se puso en marcha en aquella casa de la calle Juan Pedro de la Fuente. Sería Candelaria quien dijera quién tenía que morir. También ella sería la ejecutora del asesinato.

La primera impresión de los Valido fue que era Carmen la que debía acompañar a Fernandito en los cielos. Era la hermana enfermiza y, de todos modos, la muerte podía sobrevenirle en cualquier momento. La joven  no daba crédito a sus ojos cuando vio que toda su familia accedía a su cuarto con la intención de arrancarle la vida que le habían dado trece años atrás. Intentaron estrangularla, comenzaron a golpearla pero Carmen se resistió y, en un golpe de suerte, corrió a esconderse en el jardín de la casa. De suerte porque, de buena gana, hubieran podido ir a por ella y ejecutar, al fin, su macabro plan; pero el hecho de que se resistiese hizo pensar a Candelaria, alma máter de todo el tinglado, que los espíritus malignos que indicaban cuál de las hermanas había de subir al cielo se acababan de escapar de su cuerpo. Y, así como abandonaban el pecho de Carmen, penetraban, inmediatamente después, en el de Aurelia. Ahora era ella la elegida.

Crimen consentido

Aurelia Valido no opuso resistencia a los deseos de su enloquecida familia. Asumió su destino con cierta placidez, casi honrada de ser quien acompañase a Fernando en el más allá. Sentada en una silla, con un rosario atándole las manos y otro atándole los pies, fue rociada con agua bendita -también el resto de la casa, y durante todo lo que restó de día- por su padre. Las torturas no se harían esperar. En medio de gritos y sollozos desgarradores, los Valido comenzaron a golpear a Aurelia con palos y puños y, cuando ya estaba muy débil, la tendieron en una mesa y comenzaron a clavarle estiletes y agujas de hueso. La agonía fue larga, y la muerte, producida por cerca de doscientas incisiones, ocultada.

Francisco Valido, el padre,  trajo por sus propios medios un ataúd y obtuvo, del encargado del cementerio, las llaves del panteón familiar. El entierro de Aurelia Valido hubiera llegado a materializarse sin sospechas si no hubiera sido porque Tomás López Brito, el médico del barrio, tenía ya la mosca detrás de la oreja: no pocas personas le habían hecho saber de los horribles gritos que salían de casa de los Valido aquella mañana y, cuando le llamaron para asistir a Candelaria, que estaba sufriendo un ataque de nervios, creyó ver el cadáver de Aurelia, magullado y con evidentes signos de violencia, en un cuarto contiguo. La policía se presentó en la iglesia de San Gregorio, armada con esposas y dispuesta a usar la fuerza si así era necesario. Los Valido no llegaron a enterrar a su hija, ahora reconvertida en víctima.

En la foto: Candelaria Valido Calixto.

El desenlace

El 1 de mayo de 1930 en La Prensa, diario republicano de Santa Cruz de Tenerife, habla el cura de San Gregorio. Se había negado a permitir el paso a la policía a la iglesia y, ahora, defendía a los Valido: “Conozco bien a esta desgraciada familia y puedo decirles que se trata de gente honorable, querida de todo el pueblo, y víctima de graves errores. La justicia sabrá buscar la raíz de donde todos estos males proceden.” Poco sabía el confiado párroco que, en aquellos momentos, los Valido habían confesado ya su crimen. Pasaban sus últimas horas juntos en los calabozos y Candelaria daba a besar a sus familiares, a cada rato, un crucifijo de madera que le colgaba del cuello. “Segura de la veracidad de sus palabras”, recoge, sobre Candelaria, El Progreso de Santa Cruz de Tenerife del 1 de mayo, “dice seca y llanamente: Aurelia tenía los espíritus malignos dentro del cuerpo. Yo invoqué los espíritus, hablé con Caruso, con Ferrer y con mi hermano Fernando, y éste me dijo que para no penar era necesario que muriéramos ella, Carmen y yo.” Poco después, Candelaria fue declarada loca y sus hermanas y padres, trasladados a la cárcel a la espera del juicio. Se celebró en noviembre de 1931, cuando la demencia ya se había apoderado por completo de Candelaria, a la que hubieron de deslumbrar con lámparas y calzar la camisa de fuerza para trasladarla del calabozo al manicomio. La familia Valido fue internada en un centro de salud mental, absuelta de los crímenes por entenderse que no actuaban en base al raciocinio.

Existe una novela sobre los macabros sucesos de la familia Valido, Las espiritistas de Telde, de Luis León Barreto. Cuando fue publicada originalmente, allá por el año 1981, los padres ya habían muerto, por supuesto, pero puede que alguna de las mujeres que participaron de la muerte de su hermana Aurelia vagase aún por las calles de Telde, a donde fueron regresando una vez se decidió que iban estando curadas. Marginadas por su propio pueblo, aún horrorizado por la espantosa muerte de Aurelia Valido, se habrán reunido ya, a día de hoy, con su hermano Fernandito. Ya estará, suponemos, reconfortada su alma…

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