Se busca culpable. El crimen del carrer Parlament (1895)

Sobre el cadalso, un alarido. “¡Barceloneses!…” El reo, con los ojos casi fuera de sus órbitas y una vena hinchada cruzándole el cuello, estaba rojo de ira. “¡Barceloneses, soy inocente!” Nicomedes Méndez, verdugo, asistía cabizbajo al espectáculo, su presencia más que obligada, por supuesto, pero ni mucho menos voluntaria. “¡Soy inocente!” Fueron las últimas palabras de un hombre al que los años de cárcel le habían convertido en un despojo humano. Eran las nueve de la mañana del 15 de junio de 1897 cuando el frío hierro del garrote vil asfixió hasta la muerte a Silvestre Lluís Selma, acusado de acuchillar a su mujer y a sus dos hijas.

Un matrimonio bien avenido

Silvestre Lluís Selma y Concepción Nadal Tey se enamoraron en la barcelonesa calle del Comte d’Urgell. Él tendría sobre veinticinco, ella no llegaba a los veinte. Cada día, cuando sus miradas se cruzaban -él, desde la puerta del taller de cerrajería en que trabajaba, ella, desde el balcón de su casa- les corrían hormigas por los pies y fuego por el cuerpo. Se hicieron novios. Se casaron. Poco importaban los problemas, que no eran pocos: la inestabilidad laboral, la falta de dinero, los problemas con los padres de ella, de agrio carácter y toscos modales… La llegada al mundo de su primera hija, Joaquina, el 1 de agosto de 1887, llenaría de felicidad una casa modesta, pero honrada. Pero todo se acaba. La felicidad, desde luego. La honradez, también.

Foto, derecha: Concepción Nadal Tey

Mediaron cinco hijos más antes de la catástrofe: Silvestre Pedro, en 1888, muerto en 1890 por una meningitis, Concepción, en 1890, el segundo Silvestre, en 1891 y fallecido también antes de los dos años, el tercer Silvestre, por fin, en 1893 y la pequeña Serafina, nacida en 1894 y que sólo viviría dos meses. Si unas fiebres no se la hubieran llevado prematuramente, es probable que el asesino también se hubiera ensañado con ella.

Una mañana aciaga

JoaquinaLluisFoto, izquierda: Joaquina Lluís Nadal

La del 26 de julio de 1895, desde luego. Aquel día Concepción Nadal Tey se desperezaba de un sueño profundo en la cocina, rodeada de sus hijos Joaquina, Concepción y Silvestre, dispuesta a arrancar un nuevo día, cuando alguien le arrebató la vida drásticamente. Sin que llegase a poder defenderse, el asesino le asestó dos puñaladas en el pecho y mató también a sus dos hijas: Joaquina recibió tres cuchilladas en el pecho y Concepción, de tan sólo cinco años, fue degollada. El cuadro, dantesco, fue descubierto por un guardia, según algunas versiones (la que recoge, por ejemplo, La Dinastía: “A las dos de la tarde de ayer, varios gritos y voces de auxilio que partían de la casa número 56 de la calle del Parlamento llamaron la atención del guardia municipal de servicio en dicha vía…“), o por la madre y abuela de las víctimas, Concepción Tey, según otras. Tanto da. Las mujeres habían sido asesinadas en el comedor y la casa se sumía en el caos total. Fue la primera mentira de la prensa. La primera de muchas. La Dinastía del 27 de julio aseguraba que no existía tal desorden y que, por tanto, la sospecha de Silvestre Lluís, aparecido de repente en el macabro escenario, de que alguien había intentado robar en su casa, estaba absolutamente infundada.

Había que fabricar un culpable, y la maquinaria acababa de ponerse en marcha.

Apurando las coartadas

“Silvestre Lluís es cerrajero. Tiene malos antecedentes y no trabajaba (…) el matrimonio era muy mal avenido, y Silvestre mostraba muy poco cariño a sus desventuradas hijas. Parece que el niño Silvestre era la única persona de la familia a quien distinguía con algún afecto.” Lo dijo La Iberia de Madrid el 27 de julio y fue a misa. Ciertamente, el día del crimen no constaba la presencia de Silvestre Lluís en la fábrica en la que, desde hacía unos años, venía trabajando. SilvestreLluisÉl se excusó diciendo que había ido a pescar. Ante la inexistencia de pruebas -faltaba el móvil. Faltaba el arma. Faltaban huellas. Faltaba todo, absolutamente todo-, la de la pesca traería cola, y nunca mejor dicho.

Foto, derecha: Silvestre Lluís Nadal

Apenas tres días después de ser cometido el horrible crimen, el Diario oficial de avisos de Madrid ya advertía de lo descabellado de la coartada de Lluís: las ropas que llevaba, decía el agudo periodista, estaban mojadas, sí, pero de agua dulce y no salada. Silvestre era, además, según las declaraciones que pudieron recogerse, un marido celoso que hacía difícil la vida a su mujer. Pero la prueba definitiva para implicarle en el crimen fue que el pequeño Silvestre, a la sazón de dos años y cinco meses de edad, había acusado a su padre. Las palabras literales del niño se pasearon por toda la prensa española.Papá malo. Hace pun, pun a mamá. Mamá dice ¡ay, ay!, porque tiene mal cuello. Y Silvestre dio con sus huesos en el calabozo.

Oscuros negocios

Pero el caso, aparentemente tan claro, comenzó a complicarse. Recoge La Época, el 29 de julio de 1895, que Silvestre Lluís andaba metido en la fabricación de moneda falsa y que, según todas las sospechas, habría podido matar a su mujer por conocer ella el delito, y a las niñas, para no ser delatado. Pero en la calle los rumores eran otros. La presión mediática había corrido demasiado a la hora de condenar a Lluís, pero las sombras oscurecían aún otros aspectos del caso. ¿Por qué había dejado con vida el asesino al niño, que ya balbuceaba, y que, como se comprobó, pudo delaterle… y le delató? ¿Por qué nadie oyó la discusión previa tan característica de este tipo de crímenes de pasión y celos? ¿Por qué todos los pescadores, en fin, declaraban haber coincidido con Silvestre aquella mañana, en la mar? ¿Cuándo había tenido tiempo de cometer su parricidio?

Antes de que todas esas preguntas saltasen a la prensa, los resultados de la autopsia arrojaron una bomba informativa mucho más interesante: Concepción Nadal Tey, en el momento de su muerte, se encontraba embarazada de tres meses y medio, de lo que hubiera sido un niño varón. El triple parricidio se acababa de convertir en cuádruple y las cosas se ponían muy feas para Silvestre Lluís.

Plano

Foto, arriba: “Para mayor comprensión del caso”, La Publicidad llegó a publicar un plano de la escena del crimen

Contra todo y contra todos

El juicio por los parricidios del carrer Parlament se celebró a finales de mayo de 1896. El fiscal solicitaba la pena máxima para Silvestre Lluís, pero en la calle nadie las tenía todas consigo. Ni en el tribunal. Allí, Silvestre declaró haber sentido como propia la muerte de su mujer e hijas, pero denunció el hecho de que fuera considerado sospechoso desde un primer momento, llegando, incluso, un municipal a prohibirle acercarse al cadáver de su esposa cuando llegó a su casa, a la hora de comer. Se lamentaba. Lloraba. Exhalaba gritos de desesperación y perdía los nervios. A veces, desesperado, miraba al cielo y murmuraba “¡Asesinos, infames!“. Y, cuando no le quedaba nada que perder, acusó a sus suegros. Los mismos que, desde hacía ya casi un año, se habían quedado con la custodia del único hijo que le quedaba vivo. Los mismos que habían enseñado a hablar a su nieto delator.

Según la versión de Silvestre Lluís, que llegó a relatar por capítulos, una vez condenado, en unas memorias publicadas originalmente por el periódico barcelonés  Las Noticias, fueron sus suegros, amigos del alcohol y las malas compañías, quienes le habían enseñado a hacer moneda falsa y, celosos por el mayor éxito de Lluís en aquellos negocios ilegales, y resentidos con su hija por ponerse de parte del marido en todo el tinglado, habían cometido -no sabía cómo- el cruel asesinato. Sólo por placer. Sólo por venganza. Por fastidiar. Concepción Tey y José Nadal, atónitos, negaban la mayor. Y Silvestre Lluís, con una diferencia de sólo un voto en la sentencia, fue condenado a morir en el garrote vil.

El último año

SalvadorLluisLa muerte de Silvestre Lluís tardó en llegar un año, pero llegó. Las peticiones de indulto solicitadas de forma incansable por su abogado no fueron efectivas, así como tampoco las solicitudes populares de auxilio. Para los tribunales, la cosa estaba clara. Silvestre Lluís había asesinado con saña a su mujer e hijas y después había intentado enredarse en una coartada sin pies ni cabeza. Incluso el pescado que llevaba en la cesta el día del crimen fue analizado por un perito que aseguró que, por la especie (eran las llamadas bogas), aquellos peces no podían haber sido pescados con caña, porque eran de red; y que, además, desprendían un olor que indicaba que habían sido pescados al menos dos días antes. Los testigos que, un año atrás, habían asegurado ver a Lluís aquella mañana, cambiaron de versión en el juicio. No había nada que hacer.

Foto, izquierda: Silvestre Lluís Selma

La publicación de las memorias de Silvestre Lluís fue un revulsivo informativo. Sin nada que perder, el condenado acusaba a sus suegros de faltas inimaginables: bebían frecuentemente, envidiaban la felicidad del matrimonio Lluís Nadal y, para más inri,José Nadal había llegado a intentar abusar sexualmente de su propia hija. Los oscuros negocios en los que andaban metidos les tenían sumidos siempre en deudas, y no pocas veces había tenido que proporcionarles Lluís dinero, bien para que salieran de la cárcel ellos, bien para ayudar a que salieran sus cuñados, de nombre Saborit el uno y Rosich el otro, también dedicados a la moneda falsa. El poco amable retrato que Lluís hacía de sus suegros los convirtió en monstruos para la calle e hizo creer de forma más radical si cabe en la existencia de un complot contra Silvestre. Pero el 15 de junio de 1897, finalmente, se ejecutó la sentencia.

Al patíbulo

Días antes de la ejecución, Silvestre Lluís intentó llevarla a cabo él mismo. Con infinita paciencia y desesperado ante la inminencia de la resolución, cortó un trozo de plancha de hierro del candado de una de las puertas de su celda, ayudado de una monedita de diez céntimos, y se cortó las venas. NicomedesAquello no le mató, pero, al menos, le dio algo de tregua en esos últimos días de existencia: los médicos, que deseaban que llegase vivo a la ejecución -valiente sinsentido-, le proporcionaron los más refinados cuidados, caldos abundantes y vino generoso. Aún débil, Silvestre Lluís no se bajaba de la burra. “Después, cuando yo muera,”  recoge La Correspondencia de España del día 15, “serán cuatro las víctimas sacrificadas por enemigos ocultos que algún día serán descubiertos.”

Nicomedes Méndez –retrato en la imagen derecha-, como ya sabe el lector, fue el encargado de darle muerte. Lluís murió gritando su inocencia y, aquella tarde, sobre Barcelona triunfó el silencio. El pueblo estaba de luto.

Una muerte aprovechable

Ha purgado por sus pecados. La frase fue repetida por todos los periódicos, poniendo punto y final a un caso que había removido las conciencias de todo el país. Algunos, no pocos, intentaron sacar tajada a la muerte, una vez que Lluís ya no podía defenderse: La lectura dominical, por ejemplo, un periódico eclesiástico, aseguraba que, con el pie en el cadalso, Silvestre Lluís había reconocido su pérfido crimen y, aún es más, lo había achacado a la lectura insidiosa de Los hijos del pueblo, novelita de Eugène Sue que a la Iglesia le había dado por atacar en aquellos tiempos. Pero poco a poco el caso del crimen del carrer Parlament fue desapareciendo de los periódicos.

5904610El silencio duraría cuatro años. El 26 de junio de 1901, una reyerta en un portal de la calle Mendizábal llamó la atención a un sereno que, despistado, pasaba por allí. Parecía una más de tantas como se veían cada noche: una pareja que discutía, una mujer que se resiste, un hombre que suelta el puño. Un desgraciado hábito que normalmente no solía llegar a más. Pero aquel día, cuando se cumplían cinco años y once meses del crimen del carrer Parlament, iba a ser diferente. El chuzo del sereno persuadió a los amantes de seguir discutiendo. Ella, Manuela Carrasco, subió como alma que lleva el diablo las escaleras; él echó a correr. En la huida se le cayó un papelito del bolso que el sereno, curioso, recogió. La noche era larga y la lectura de aquella cuartilla le entretendría. O eso suponía él.

Se reabre el caso

Puñetazo en el estómago. Al sereno se le detuvo el corazón en aquel mismo instante. En la cuartilla, con trazo poco hábil pero seguro, estaba la respuesta a todo.

“Yo soy coñao del Silvestre Lluís”, decía literalmente la carta,y él era inocente. Yo soy la sesino de las dos niñas de la mujer. Y él se fue a las seis de la mañana a trabajar en la moneda falsa. El, cuando vino a las doce del mediodia y vio tanta gente, se fogó en la fuente, pensando que era un registro. Yo soy.”

Florencio Rosich, al que Silvestre Lluís había mencionado en sus memorias no sin cierto cariño, se acababa de autoinculpar involuntariamente del crimen más comentado de la Barcelona de fin de siglo. Rosich, casado con María Nadal Tey, era uno de los cuñados a los que Lluís afirmaba haber ayudado económicamente varias veces para que salieran de la cárcel. Sobre 1894, cuando murió María Nadal, Silvestre afirmaba haber tenido una relación estrecha -aunque momentánea- con Florencio, resentido entonces con sus suegros por el desprecio que hicieron a la muerte de su propia hija. Pero ahora, muerto y enterrado Lluís, se desvelaba todo.

Sobre Rosich, las dudas. Era sospechosa su huída a Cuba, justo después del accidente, y su vuelta a los pocos años, manco y con pensión de inválido por haber luchado valerosamente en la guerra. Ahora, empleado de portero del hospicio, llevaba una vida holgada y anónima, sin que nadie le vinculase con los asesinatos del carrer Parlament. ¿Por qué guardaba aquella cartilla si luego, al ir a prenderle la policía, lo negó todo? Fue un misterio que jamás se llegó a resolver. La prensa, ahora contraria a la última pena, publicaba largos artículos atacando al juez, que ya había muerto; los testigos, de repente, volvieron a recordar todas las pruebas que hubieran absuelto, en 1896, al infortunado Silvestre Lluís.

reina-amaliaCárcel de mujeres y pati dels Cordelers, donde se ejecutó la sentencia.

El desenlace… que nunca llegó

No fue, desde luego, un caso fácil. Rosich negó los cargos que se le imputaban en todo momento y periódicos como La Dinastía, los más acérrimos defensores de la anterior sentencia, repetían que aquella teoría no tenía ni pies ni cabeza. Según ellos, la manquedad de Rosich le hubiera debido impedir escribir las cuartillas, aunque él reconocía haber aprendido a escribir con la mano izquierda. De cualquier manera, ¿a quién, y por qué, hubiera interesado el implicar a Florencio Rosich, a toro pasado, en el caso de Silvestre Lluís? Y, sobre todo, ¿cómo lo había hecho, en un escenario en el que sólo estaban presentes una mujer que había llegado a la vida de Rosich pocos meses atrás y un sereno anónimo? Se habló de un complot contra Rosich orquestado por una mujer a la que había robado algunas joyas. Pero ¿cómo? Y, en caso de ser cierta la acusación, ¿qué implicación tenían los suegros en común de Florencio y Silvestre, José y Concepción, en todo el asunto? Nunca pudo llegar a saberse. Los escándalos, cuando resuenan demasiado, hay que acallarlos, y así se hizo. La última referencia al caso Rosich la tenemos en el año 1902, cuando la jurisdicción ordinaria se inhibe de juzgar al acusado en favor de la militar. No en vano, Florencio Rosich estaba considerado un buen ciudadano, héroe de la guerra de Cuba, y su condena hubiera supuesto el poner en tela de juicio a todo el sistema de justicia español. En 1905, una breve referencia en La Vanguardia, por un asunto baladí, nos hace comprobar que Florencio Rosich, si llegó a entrar en la cárcel, no se mantuvo en ella mucho tiempo.

ramon-casas-garrote-vilRamón Casas, “El garrote vil”. Óleo sobre lienzo del año 1894, representa una ejecución a garrote en el pati des Cordelers.

El silencio impuesto sobre el caso produjo, claro, que en la calle siguiera creyéndose en el error judicial. No se calla lo que no incomoda.

En España se siguió matando por orden judicial. Pero a puerta cerrada. Silvestre Lluís tuvo el dudoso honor de ser el último ajusticiado por garrote en plaza pública en Barcelona, como Rafael González Gancedo lo fue, al tiempo, en Asturias. El ojo por ojo era tan práctico como polémico y más valía ocultarlo que seguir el sabio consejo de Víctor Hugo que, en relación al caso Rosich, citaba la revista Vida Galante en julio de 1901: vale más absolver a veinte criminales que condenar a un inocente“. Los tribunales jamás asumieron haber cometido un error, pero, en las calles, nombrar a Silvestre Lluís era citar a la inocencia pisoteada, a la total injusticia. “Yo sé cómo suenan las voces de los reos en los últimos momentos, cuando dicen verdad y cuando siguen mintiendo,” confesaría Nicomedes Méndez, el verdugo, poco antes de su muerte en 1912, “y la voz de Silvestre Lluís, insistiendo en su inocencia, sonaba a verdad.” A una verdad, tristemente, jamás reparada.

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Para saber más:

  • Existe una novela basada en este caso. Es de Roser Caminals y se titula “La petita mort”. Del año 2004.
  • Se puede trazar la historia de la familia Lluís Nadal siguiendo el registro municipal barcelonés digitalizado en Familysearch. Pero no busquen los registros de defunción de Concepción Nadal y de sus hijas. Ambas páginas han sido arrancadas de los registros. ¿Coincidencia, o un hilo más del que tirar?

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