La azarosa vida del mulato Elena

Elena nació sin nombre, y ni siquiera cuando lo tuvo era suyo del todo. Era lo que tenía haber nacido esclava, hija de un padre ausente y una madre tan negra como el carbón, original de alguna tierra muy lejana. La cría no tuvo cómo ser llamada hasta los 10 años, allá por 1570, cuando la ama doña Elena murió y ella le heredó el nombre y las clases de costura, porque el amo así lo quiso. Esa fue la razón también de casarse casi niña con Cristóbal, un albañil de poca monta al que le sacaba lo menos dos cabezas y que la preñó de un bebé que ella no quería. Cuando murió mamá, la negra, a Elena ya nada la ataba a Alhama, el pueblo donde el amo la había establecido. Ni siquiera la esclavitud, porque tras casarse el amo le había concedido la libertad. Y como un pájaro al que le abren la puerta de la jaula, la mulata voló, dispuesta a llevar vida errante, de aventurera, de rufiana y de buscavidas.

Así comenzó la mulata Elena a vagar por toda Andalucía, ora criada, ora costurera, ora sastra, ora pastor. Pastor en masculino, porque a raíz de una problemática pelea en Jerez que le costó una breve estancia en la cárcel huyó disfrazada de hombre. Elena llegaría a alistarse (y a ser admitida) en el ejército como soldado, para luchar contra los moros y aprender de paso el oficio de curandera. O curandero, más bien, que así fue como la conoció en sus requiebros una madrileña a la que prometió matrimonio y que hizo caso omiso a los malévolos rumores que corrían por todo Madrid acerca de su mulato. Decían que si era barbilampiño, poco macho y carente del sexo masculino; que si era una virago, una mujer endemoniada y que renegaba de su femineidad. Entonces comenzaron las denuncias.

Pero Elena consiguió engañarles a todos. Ella afirmaba haber nacido hermafrodita, haber descubierto su genital masculino ya adulta, después de parir el bebé al que hacía años había abandonado… pero los médicos que la examinaron no la creyeron. Decía que había venido a perder su virginidad masculina en Sanlúcar con una joven de abundantes pechos que cedió a su poder de seducción cuando su marido se encontraba ausente, dejándola plenamente satisfecha; y que había repetido decenas de veces más con muchas mujeres que jamás dudaron de su virilidad. Años atrás había contraído matrimonio con la toledana María, a la que abandonó por la voluptuosa viuda madrileña que antes nos ocupó. Así, los tribunales se encontraban ante una mulata a la que no sólo acusar de inversión sexual y ocultamiento de su género sino también ante una bígama (o bígamo).

El proceso inquisitorial al que fue sometida Elena en el año 1587 movilizó a todo Madrid y la opinión médica se volcó en el caso. Finalmente, los médicos encargados de examinarla concluyeron que la mulata jamás había sido hermafrodita, pero sí que -agárrense- se había operado a sí misma los genitales para coserse los femeninos e, incluso, implantarse un instrumento que simulaba un pene masculino siempre erecto. Elena, ahora para siempre humillada con el sobrenombre de Eleno, fue condenada a cien azotes públicos y a trabajos forzosos durante diez años. Nadie sabe qué fue de ella después de aquel proceso.

Sólo se recuperó la memoria de la mulata Elena medio milenio después, cuando los investigadores revisaron su historia y algunos, incluso, llegaron a darle la razón (por ejemplo el médico Emilio Maganto, que analizando los archivos del proceso llegó a la conclusión de que Elena sí era hermafrodita)

Esclava de Nadie (2010), de Agustín Sánchez Vidal, narra la historia de Elena de Céspedes desde un punto de vista literario.

También se cuenta su historia, desde un punto de vista desde luego no tan moderno, en un artículo de este número de Nuestro Tiempo (1904).

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