A veces

A veces, tienen que entenderlo, cansa un poco.

Las envidias maledicentes de quienes nunca fueron capaces de nada y pensaron que ésta era la forma fácil de tenerlo todo. Y que, al ver que a este juego no se jugaba así, cargaron en masa contra quien sí sabía jugar.

Los egocentrismos poco ilustrados de quienes, para sentirse bien consigo mismos, tienen que imaginarse grandes y poderosos, tienen que saberse líderes de esa manera porque de la otra -la de cuando la gente te acepta porque sí- no pueden. Ni nunca podrán.

El encajonamiento mental de quienes no entienden al mundo si no es con etiquetas clasificatorias de humanos: tú para este lado, yo para este otro, tú rojo, tú azul, yo verde. Es gente que, a pesar de este afán colorístico que tiene, carece de cualquier tipo de cultura cromática y sólo conoce los colores primarios, pero no sus cientos, miles de combinaciones. Es curioso, porque son esas combinaciones las que le dan sal a la vida, las que le dan candela. Pues bien, este tipo de persona no las conoce y, como suele ocurrir con los ignorantes, como es algo desconocido, las teme.

Los listillos que se creen que lo saben todo y van por la calle con la cabeza muy alta, tan alta que sería imposible que, además del cielo, vieran de vez en cuando -ni siquiera de reojo- el suelo para comprobar que sus pies siguen en tierra firme. Te desprecian, poseedores de una sapiencia infinita que tú apenas osarías, oh simple mortal, comprender.

Los que se toman esto como una guerrilla repleta de tácticas, quehaceres y estrategias; si les fuera posible, sacarían un mapa del bolsillo de explorador para apuntar al siguiente objetivo mientras mascan una hierbecilla reseca y miran al horizonte. Se llenan la boca de palabras que no valen nada, defienden conceptos que a nadie sirven, si les pides la hora te apuntan en cuenta el favor y si les invitas a un café se pasan una semana tramando qué pretenderás.

El paternalismo recalcitrante. Sí, esto sobre todas las cosas anteriores, porque además suele ir implícito en todas y cada una de ellas. Tú no puedes opinar, ni hacer las cosas bien, ni tirar alante, ni arriesgar porque no tienes ni idea, ni vales una pizca de su confianza, ni sabes andar de otra manera que no sea hacia atrás, ni eres tan madura ni tienes un rabo lo suficientemente gordo entre las piernas para que todo salga bien; y te tienen que llevar a remolque, como a una absurda marionetita. Lo mismo da que les des pruebas, que te desgañites el doble que los demás (el triple, a veces, el cuádruple, otras muchas), que saques los huevos (que expresión tan machista y necia, ¿verdad?) y los pongas sobre la mesa. Son como el padre que se niega a ver que su niñita crece, con la diferencia de que éste, en el fondo, y aunque no lo reconozca, sabe que es una mujer y se enorgullece de ella. Orgullosos, pedantes y chulos. Y, lo que es peor, por todas partes.

Todos los que quieren trepar como sea a un nivel en el que tienes que luchar contra estas y otras muchas cosas si, en el fondo, quieres desarrollar buenas ideas, productivas y que ayuden a progresar de verdad, más allá de mierdas y tonterías de patio de colegio. Son esas mismas personas que no aguantarían ni un arresto si llegasen, ni lo aguantarían tampoco, por supuesto, intentando ir por el camino apropiado que pretenden atajar saltándote a la yugular. Muchas veces les dejaría pasar, lo digo en serio. Les dejaría probar una tarde, una semana si así lo prefieren, de lo que es esto. Estoy segura que ninguno lo aguantaría más de un par de horas.

A veces, espero que me entiendan, cansa un poco.

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