Si pudiera detener el tiempo

Si pudiera detener el tiempo, meterme entre los minutos, los segundos y las milésimas y estirar el vacío a mi gusto; si supiera que después de ese lapso todo volvería a la normalidad y seguiríamos con nuestras vidas aburridamente mundanas, si yo tuviera el poder de chasquear los dedos y hacer que todo se congelase a nuestro alrededor, que nadie pudiera vernos, ni sentirnos, ni presentirnos ni juzgarnos… tan sólo me bastaría una hora en la vida. Una hora dentro de toda una vida, con sus miles de horas, de días, de semanas, de meses, de años y de décadas. Una hora que emplearía en mirarte fijamente a los ojos para entrar en tí, en desgastar tu sonrisa disidente con la única ayuda de mis labios y en dejar que conocieras todos mis recovecos, en tocarte y que me tocases, en hacer contigo lo que quisiera y en que hicieras conmigo cuanto deseases. En fundirnos en un solo cuerpo, allá donde resultase que ocurriera, en matar de un plumazo el aire que nos separa y en desabrochar tu maldita camisa de una vez por todas.

Cuando se nos acabase la tregua, todo se descongelaría y volvería a la normalidad, como si nada. Nadie sabría jamás nada, tan sólo tú y yo y quien supiera -es decir, nadie más que nosotros- descifrar el brillo un poco demasiado excesivo de una mirada, el roce un poco demasiado cercano de un movimiento, el rictus un poco demasiado elevado de una sonrisa. Sería nuestro secreto a voces, nuestro nexo de unión, aquello que nunca pasó porque no tuvo hora ni minuto determinados, pero se quedó en nuestro recuerdo para siempre.

Si pudiera detener el tiempo y las maledicencias. A veces, incluso, aunque no pudiera.

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