De ballenas a potarros. Los colosos que llegaron a Asturias

La costa asturiana fue protagonista, a lo largo de la historia –hoy nos detendremos en las postrimerías del siglo XIX y la primera mitad del XX, con alguna breve mención a tiempos más remotos- de muy curiosos hallazgos. Cuando se trata de animales marinos lo que devuelve el mar a tierra, llama la atención el cómo ha cambiado la vara de medir en lo que se refiere al trato dado al animal que tiene la mala fortuna de acercarse demasiado a la especie humana. Más allá de la impronta que estos sorprendentes hallazgos han dejado en la memoria de todos, se esconde una triste realidad: casi todos aquellos animales fueron muertos de formas bastante cruentas por el ser humano, y muy pocos aprovechados para el consumo. No sería hasta 1928 cuando se comenzase a despertar alguna que otra crítica a ese respecto.

Cardumenes de delfines y marsopas… y algún que otro pez espada

DelfinesJovellanos

Fue Gaspar Melchor de Jovellanos uno de los primeros cronistas que en tiempos modernos hablaron de la llegada de animales extraordinarios a las costas asturianas. Ocurrió, concretamente, en la playa gijonesa de El Arbeyal, en octubre de 1795. Aparecieron, según narra el ilustre gijonés, gran número de cetáceos que mugían “ a la manera de las vacas”, y que resultaban dóciles al trato a no ser que estuvieran heridos. Jovellanos fue a verlos en persona al día siguiente de su aparición y constató su enorme tamaño: de 22 palmos (equivalente a 4,6 metros) a 30 (más de 6 metros). Unos, “de piel negra, lisa, semejante a los calderones; dos especies, la cola en unos horizontal y en otros vertical de ésta”. Los animales fueron remolcados a tierra, arrastrados por la cola… y he ahí, a la derecha, los dibujos de la misma que hizo, de ambas especies, el propio Jovellanos.

Por aquellos años, los cetáceos parecían estar bastante desorientados, porque apenas cuatro años y medio más tarde, en febrero de 1800, se da cuenta de otro descubrimiento increíble, esta vez en Nueva de Llanes, en el arenal del abra de San Antonio. Llegaron, según la Gaceta oficial de Madrid –y lo recoge, el 20 de noviembre de 1894, El Correo de Llanes-, más de 400 cetáceos similares a las marsopas que, en la costa asturiana, recibieron el nombre de bufandos o bufíos, por los bufidos que genera el animal al respirar por el espiráculo. “Los descubrió un muchacho, que huyó a su vista espantado de los fuertes latigazos que sacudían en la arena con sus largas colas, y de los broncos bramidos que daban, algo semejantes a los del jabalí acosado, o del toro herido.” La actuación de los vecinos llaniscos, vista desde nuestra perspectiva actual, nos parecerá exageradamente brutal, pero así fue: acudieron en tropel con palos y hoces a matar a las marsopas, a pesar de que éstas empezaban ya a ser devueltas al mar por la corriente. Puro miedo… y caza, por qué no decirlo: los 138 bufíos, con longitudes comprendidas entre 6 pies (1,82 metros) y 22 (6,70 metros) que quedaron muertos, fueron aprovechados para carne y grasa. Eran animales con la piel “de un negro caído, muy suave, en el hocico el agujero por donde respiran y arrojan el agua (…) y aunque su corte en lo demás se asemeja al atún, son más tendidos desde el lomo a la cola. Se distinguen perfectamente los machos de las hembras, notándose en éstas pechos y leche para lactar y criar.”

Luarca1934

Un pez espada en Luarca, 1934

Los científicos de la época atribuyeron ambas y muy multitudinarias visitas al hecho de que las manadas de cetáceos hubieran sido perseguidas por un esperón o pexe-espada, “su capital y más temible enemigo”, hasta la costa. Y un pez espada de grandes dimensiones, precisamente, fue el que capturó en septiembre de 1894, en Gijón, el vapor Cantabria. Se había enredado en los palangres de aquella embarcación, dedicada a la pesca de merluza, y medía 3,10 metros sin contar con la impresionante espada, de 1,10 metros. Pesó 138 kilogramos y la excepcionalidad de su captura fue tanta y tan propicio el momento de la misma, que fue exhibido en las fiestas de San Mateo de Oviedo. Más pragmático fue el uso dado a otros individuos de la misma especie capturados en 1904 (por el pesquero Carolina, de 154 kilos y en Gijón) y 1919 (por los pesqueros Tomasa y Maura, con más de dos metros de largo), que fueron vendidos para carne, respectivamente, en 130 y 115 pesetas. El que ilustra estas líneas, arriba, fue capturado en la costa de Luarca en septiembre de 1934.

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¡Vete a ver la(s) ballena(s)!

Sin ánimo de quitarle méritos a la ballena –que no era ballena- más recordada de todos los tiempos en Asturias, de la que hablaremos enseguida, hay que decir que aquella que apareció varada en la Salmoriera en 1895, aunque la más fotografiada y la más mentada, no fue la primera. En 1885, el periódico madrileño La Unión habla de una que encalló, en enero, a dos millas del puerto gijonés, dando tremendos aletazos que “elevaban el agua a considerable altura”. Sin embargo, fue el animal capturado por el vapor Sultán el 12 de octubre de 1895 el que alcanzaría la fama y llegaría, incluso, a acuñar la popularísima frase playa de “¡vete a ver la ballena!”. Se trataba de un magnífico rorcual común, mal llamado ballena, de casi 22 metros de largo y 20 de ancho en la zona del pecho. Fue trasladado a la Salmoriera, y su presencia en la villa supuso todo un fenómeno: los gijoneses formaron larguísimas colas –casi tan largas como el propio animal- para ver de cerca al enorme mamífero marino. La playa se convirtió una verdadera romería, según cuenta la revista gráfica Nuevo Mundo, en la que llegaron a conducirse barriles de vino a la playa para regar las gargantas de los visitantes locales, nacionales o incluso extranjeros y muy ilustres: llegó a estar presente en el evento –y así lo recordaría cuarenta años después, en su segunda visita a la ciudad- la señora Walter, esposa del director de The Times.

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La muchachada, alrededor del enorme rorcual. Gijón, 1895

Ballena1895_NuevoMundo“Nadie sabía qué hacer con ella”, recordaba mistress Walter, y la verdad es que no era para menos. El tamaño del animal era tal que no sabía muy bien qué podría hacerse con él. Cuando el tiempo comenzaba ya a apurar, se situaron al lado de la ballena barracones donde iban derritiéndose los pedazos de grasa que iban sacándose del animal; e intentó conservarse el esqueleto para ser expuesto en el instituto Jovellanos, pero fue imposible. El cuerpo de la ballena se deterioró demasiado rápido y hubo que deshacerse de él troceándolo a riesgo de que la peste inundase la ciudad. Aquella vez se evitó, pero no así en 1923: en agosto de aquel año, fue conducida al puerto de Luanco un hermoso ballenato que habían encontrado flotando en alta mar los vapores La Luz y La Luanquina. De diez metros de largo, el cadáver del infortunado cetáceo fue exhibido para placer y jolgorio de los luanqueses… hasta que, un par de días después, comenzó a apestar. La solución de las autoridades fue, cuanto menos, de dudoso tacto: arrojaron el cuerpo putrefacto de vuelta al mar. El tronco pestilente del animal apareció el 28 de octubre en el Cervigón, en Gijón, causando un conflicto diplomático de altura entre ambas vecindades. “Muchas personas que tuvieron noticia de la presencia del ballenato”, cuenta El Noroeste, “se dirigieron a la ensenada en que se encuentra, y nos dicen que, efectivamente, el olor que despide es insoportable, y se hace casi imposible acercarse a aquel lugar, sin correr el riesgo de sufrir un colapso.”

En 1917, una ballena aún más grande de longitud (medía casi 23 metros), aunque más “delgada”, con un diámetro de diez metros, varó cerca de la desembocadura del río Navia, en los acantilados del Empenadoiro, en Andés. Supuso una clase magistral para los niños de las escuelas Teifaros, que suspendieron las lecciones establecidas para el 3 de octubre para asistir a ver la ballena y aprender más sobre aquellos mamíferos marinos de boca de su profesor, el señor Mallo. Las causas de la muerte de la ballena no estaban claras, llegándose a suponer un oscuro “ballenicidio”: el animal tenía un tremendo desgarrón en la panza, “tal vez producido por alguna mina o explosivo”, según apuntó El Noroeste.

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Gijón. La menos popular ballena de 1933

De tamaño más discreto y muerte menos misteriosa, apenas 5 metros, se tiene constancia de otra ballena capturada alrededor de la playa de Rodiles en agosto de 1928, y otra en la playa de Salinas, en 1924. Ambas fueron rematadas a hachazos. En 1920, la vapora candasina El Capricho, dedicada a la pesca de la sardina, se transformó en protagonista de una historia equivalente a la de Moby Dick cuando un ballenato de unos diez metros de largo se enredó en sus aparejos y la hizo zozobrar. El animal fue ajusticiado a arponazos. Y, por último, la última gran ballena recordada en la primera mitad de siglo en Asturias fue una cuyo cadáver, a plena luz del día, apareció a la deriva en la gijonesa playa de San Lorenzo, causando popular conmoción. Presentaba el animal una herida de arpón en el lomo, y la acumulación de personas alrededor del cuerpo fue magnífica, como en el caso de su predecesora en 1895. Según los expertos, se trataba de un ejemplar de rorcual aliblanco –otra vez se queda Gijón sin ballena propia-, igual que el ballenato podrido que Luanco lanzó al mar en 1923. Resultó, en este caso, que los chiquillos llegaron antes que las autoridades, produciendo graves destrozos en el animal que hicieron imposible medirla con precisión. El qué clase de gamberradas hicieron para lograr tal hazaña no han quedado registradas por escrito, de modo que ponga el lector la cabeza a imaginárselas.

Ballena1928Tortugas, focas y potarros gigantes

Espectacular fue la tortuga que pretendía escaparse portando en el caparazón un chínfano repleto de pescado que los pescadores de la lancha Joaquina, en Tazones, habían fondeado en la mañana del 5 de junio de 1928. Tanto fue así, que los pescadores no pensaron en otra cosa que no fuera capturarla para dar cuenta del tremendo quelonio en tierra: la ataron con unos cabos, llevándola a remolque hasta Tazones y en motora a Gijón, donde fue expuesta en plena rula para ser admirada por los centenares de curiosos que quisieron asistir y no pocos científicos. Se trataba de una tortuga laúd de 2,20 metros de largo y 2,55 de ancho, con un peso de 480 kilos. La tarea de apresarla no fue fácil, según los pescadores, ni tampoco contó con grandes dosis de sensibilidad hacia los animales: La Prensa, que ilustra su portada del día 6 con la foto del espectacular animal, dice que a su llegada a tierra, el quelonio metía tales patadas que hubo de contenerla, con gran apuro, por parte, también, de mujeres, niños y cualesquiera que pasase por allí. “A pesar de los fuertes porrazos que se le dieron en la cabeza, el animal resistió bravamente.” La tortuga acabó su odisea en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid, a donde fue donada no sin polémica: lo brutal de su captura fue muy criticado en la capital, llegando a imponérseles una multa de 25 pesetas a los captores, que adujeron haberlo hecho para salvar sus aparejos –a pesar de que, el primer día, habían reconocido que no era raro perder alguno de cuando en cuando- y, además, no haber obtenido compensación alguna por los destrozos que el animal, tras ser capturado, había hecho en su lancha. Finalmente, el castigo les fue condonado e, incluso, Miguel Primo de Rivera, dictador a la sazón, propuso entregarles una medalla al mérito.

TortugaLaud1928

La tortuga de Tazones. Media tonelada de animalico

PotarroMenos fama pero también repercusión en prensa tuvieron la presencia de una foca en Llanes, capturada por el pesquero Virgen María en 1951 y llevada a la costa. “El animal da muestras de gran docilidad y engulle cuantos peces le dan”, asegura el Voluntad. Seis años después, en marzo de 1957, un joven albañil corrió la aventura de su vida teniendo una lucha a palos con un potarro gigante, de 25 kilos de peso, que se acercó a él mientras trabajaba en una obra a pie de mar. Ocurrió en Gijón y el animal acabó sus días cortado en rodajitas y servido frito y con limón en los platos de casa Marcelo. Y otro más, de identificación controvertida, fue el calderón apresado a la altura del Pósito de Pescadores, también en la villa de Jovellanos, y definido como “un enorme bicho marino”, por el Voluntad del 2 de julio de 1963. Costó más de una hora abatir, a base de arponazos, al animal, y una vez en tierra comenzaron las disquisiciones sobre la especie a la que pertenecía. Primero se creyó que era un tiburón; teoría rápidamente descartada por no tenerse constancia de la presencia de ninguno en aguas tan frías como aquellas, y aquella semana los chigres de Cimadevilla se llenaron de discusiones entre quienes creían que era una toliña, un calderón, una vaca marina o un marrajo grande. “No hay manera de llegar a un acuerdo, excepto que no era un tiburón”, afirma el Voluntad. “Éste tiene el hocico casi en punto y el del ejemplar del muelle, todos afirman que era de forma redondeada.” Pesaba, y eso era lo único que estaba claro, cerca de 200 kilos. ¡Algo impresionante!

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