Santiago Caso, víctima de la burocracia

Viene en los libros de historia. En las postrimerías del siglo XIX, España se desangró en una guerra cruenta, defendiéndose como gato panza arriba para intentar retener las únicas colonias que le quedaban: Cuba, a un lado, Filipinas al otro; la independencia clamando en las islas, las autoridades españolas sudando la gota gorda, entre café y café, para no quedarse sin el pastel y, al final, como suele ocurrir, las clases bajas pagando el pato de una guerra que nadie les había explicado en una tierra que jamás habían querido pisar. La contienda, o más bien las trágicas consecuencias que tuvo para España, generó hasta un dicho. Suele decirse que más se perdió en Cuba, y volvieron cantando… pero la cuestión es que no todos tenían tantas ganas de cantar y que, de hecho, hubo muchos que ni siquiera volvieron.

No vamos a hablar ni de los primeros, ni de los segundos: hoy toca recordar a una víctima de la guerra de Cuba, gijonés de San Pedro para más señas, que lo fue sin haber siquiera partido a la isla. Pero antes es preciso recordar algunos antecedentes.

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Cuba, la guerra de los pobres

Ecuador, Venezuela, Argentina, Colombia, México, Chile y tantas otras… si algo queda claro es que el XIX no fue un buen siglo para España en lo que a mantenimiento del imperio se trataba y Cuba, que ya venía coqueteando con la idea desde hacía bastantes décadas, no se iba a quedar atrás. En febrero de 1895, el estallido de la revolución liderada por José Martí no sorprendió a nadie. Los cubanos querían recuperar lo suyo y librarse de la gobernanta María Cristina, y para tal empresa tenían un aliado tan efectivo a corto plazo como peligroso a largo: Estados Unidos. Era una contienda que España no estaba dispuesta a perder, y si con algo contaba la piel de toro era con hombres… aunque no con la voluntad de la mayoría.

Desde tiempos de Carlos III, los españoles venían prestando el servicio militar obligatorio, habitualmente mediante el sistema de quintos, por el cual uno de cada cinco hombres debía cumplir con un servicio de ocho años -que se dice pronto-. Con un país endeudado hasta las trancas, se acabaría creando una figura por la que quienes dispusieran de 15.000 reales a pagar a tocateja podían quedar libres del servicio militar durante tres años (la redención), o, por una cantidad inferior, presentar a un sustituto que cumpliera con su deber en el ejército (la sustitución). En la web del almirante Cervera no lo explican nada mal.

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Anuncio de un servicio proporcionador de sustitutos. Publicado en El Carbayón, 1881

Obviamente, el sistema perjudicaba considerablemente a las clases más humildes de la sociedad, que o bien no tenían con qué pagar una redención del servicio militar o, incluso, debían, por mera supervivencia familiar, aceptar las cantidades ofrecidas por los mozos de mayor potencial económico y partir como sustitutos. Es difícil pensar que aquellos, los individuos más pobres de la Asturias de finales de siglo XIX, participasen de buen grado en el entusiasmo pro-bélico de los primeros meses de la guerra (se sucedieron conciertos, obras benéficas, entusiastas marchas de voluntarios y, en general, tremenda alegría por ir a confrontar a los insurrectos): a fin de cuentas, eran sus hijos los que iban a morir y no los de los organizadores de tan magnos eventos, destinados más bien a la burocracia de la guerra o, por medio de negocios privados e incluso iniciativas municipales al efecto como el que proporcionaba José López Sela en la ovetense calle del Rosal, a ser sustituidos a cambio de un jugoso precio.

No era aquella la situación de Santiago Caso.

Santiago Caso: una vida triste…

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…y común. Santiago Caso Díaz, gijonés bautizado en la parroquia de San Pedro, no había podido aprender ni las cuatro reglas de niño y por eso ahora, más estabilizado económicamente, lo hacía en una escuela nocturna ovetense. No interprete el lector, ¡solo faltaba!, que tal estabilidad pudiera calificarse de riqueza, ni tan siquiera relativa. Santiago Caso, de veinte años, hijo de familia humildísima cuyo padre, anciano y enfermo, se dedicaba a la mendicidad, se ganaba el pan como operario de la fábrica de vidrios y con él mantenía como podía a su padre, a sus sobrinos y a sí mismo. Tres hermanos varones, tres, había tenido; tres se le habían muerto, víctimas de la miseria. Pero como todas las desgracias tienen su parte positiva, aquella también la debía tener: llegada la guerra de Cuba, su condición de único hijo varón de su padre anciano (había, según ley, de superar los 60 años) le otorgaba el derecho a redención. No tendría que partir a una muerte segura.

Si a nadie, por regla general, suele apetecerle ir a la guerra, las noticias que llegaron de Cuba a partir de 1897 no hicieron sino empeorar la situación. Ni a España le iba tan bien como pretendían algunos diarios, ni partir allí suponía tanto un acto de patriotismo como de enorme riesgo. Curiosamente, más que la guerra en sí lo que solía llevarse la vida de los soldados era la exposición a innumerables enfermedades para las que no iban prevenidos: el paludismo, la tisis, la disentería, las viruelas o la fiebre amarilla (la cual, por sí sola, mató a más de 7.300 soldados tan sólo en 1896) fueron, probablemente, la mejor arma del ejército insurrecto, inmunizado ya a muchas de aquellas dolencias. La falta de higiene y la desnutrición de los soldados, que habían de combatir al hambre tanto como al enemigo, colmaron el vaso: la guerra de Cuba era una máquina de matar a los hijos de los pobres, y la población tardó muy poco en darse cuenta.

Así las cosas, Santiago Caso tuvo bien claro que antes, mucho antes de coger un barco a Cuba, prefería morir.

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«La campaña de Cuba continúa avanzando a una rapidez extraordinaria.» Viñeta de La campana de Gràcia.

«Vuelva usted mañana»

Llegan de allá, del otro lado de los mares, detalles horrorosos de muerte y desolación, y la Monarquía, lejos de conmoverse y temblar acusada por los remordimientos de su conciencia culpable, grita: «¡Más sangre! ¡más vidas!» Arriban a nuestros puertos cargamentos enormes de carne humana inerte, de miembros destrozados, y la Monarquía, seco el corazón en presencia de los cuadros de dolor por ella engendrados, sigue gritando: «¡Sangre, más sangre!» (..) «¡Más sangre, más sangre de los pobres!»

El Noroeste, 15 de octubre de 1897

No tenía por qué ir, como ya se ha dicho, Santiago Caso a la guerra de Cuba, pero se tropezó con la historia y aquel mal endémico español de la burocracia que ya denunciara, sesenta años atrás, Larra. Parece ser que Caso tenía que presentar sendos certificados que acreditasen que, efectivamente, era el único varón vivo de sus hermanos para poder librarse de su inminente llamada a filas y -¿les suena de algo?- la cosa no resultó tan sencilla como parecía. El Registro Civil se había establecido en España en 1871, cuando ya habían nacido algunos de los hermanos de Caso, y para probar sus muertes, éste hubo de recurrir al párroco de San Pedro.

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No sabía, claro, porque nadie recordó decírselo en todas las instancias a las que se dirigió el infortunado vidriero, que podía encontrar aquellos documentos en un registro civil previo al oficial, elaborado por el Ayuntamiento gijonés y conservado en los archivos de la ciudad; ni tampoco el cura se lo puso fácil. El 29 de julio de 1897, El Noroeste da cuenta de la odisea: «El señor don Santiago Caso se nos queja en atenta carta de los entorpecimientos con que ha tropezado en las dependencias de la iglesia parroquial de San Pedro, para que le fueran facilitadas unas certificaciones que le exigía la Comisión mixta de reclutamiento. Estos entorpecimientos acarrearon el retraso de la presentación de los documentos que como hijo de padre sexagenario precisaba (…) y como consecuencia de ese retraso la declaración de soldado de un individuo que tenía exención legal.»

Lo selectivo de esa burocracia tan nuestra hizo que a finales de septiembre de 1897, con una presteza fuera de lo común teniendo en cuenta los antecedentes de los que se venía, el estado llamase a filas a Santiago Caso Díaz, con destino a Cuba.

Una solución desesperada

El 7 de noviembre de 1897, a la una de la tarde, unas mujeres que subían a apacentar el ganado al cerro de Santa Catalina -por aquel entonces era lo habitual- encontraron el cuerpo inerte de Santiago Caso tirado en el suelo. Como remate final del desbarajuste administrativo sufrido por el joven, véase que ni tan siquiera en aquel trance obtuvo ayuda del ejército: las mujeres, alarmadas, corrieron a avisar del hallazgo al muy cercano cuartel de Artillería, donde se desentendieron del asunto, «manifestándoles el comandante de la guardia», dice El Noroeste del día 8, «que diesen parte a los guardias urbanos, porque no era de su incumbencia el prestar tales servicios.»

El involuntario recluta se había pegado un tiro limpio -¡hubiera sido un buen soldado!- en la frente y su muerte, más o menos explicada por los periódicos en función de las posturas políticas de cada uno, supuso la única baja causada por la guerra de un soldado gijonés que ni siquiera hubiera llegado a coger el barco. El escándalo, por supuesto, fue monumental, y durante años se recordó a Santiago Caso como la muestra más clara del horror de la contienda. Se supo, aquel mismo día, que Caso había conseguido a última hora los papeles que le pedían, pero que, desgraciadamente, creyó haberlos entregado fuera de plazo. Su trágico fin no sorprendió a sus sobrinos, que afirmaron haberle visto perturbado aquella tarde e, incluso, haberle oído murmurar «deseos de quitarse la vida antes de marchar a Cuba.»

«¿Para qué hacer consideraciones acerca de este hecho?», se lamentó El Noroeste, periódico de marcada tendencia republicana, al día siguiente. «Baste decir que el infeliz Santiago es una víctima más de la maldita guerra, del desbarajuste administrativo y de las injusticias sociales.» Para muestra de lo último, un botón: las autoridades eclesiásticas, a pesar de que, según cuenta El Comercio del 14 de noviembre, la conducta piadosa de Caso era bien conocida, no dieron el brazo a torcer en cuanto a su enterramiento. A los suicidas no se les enterraba en tierra cristiana.

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Viñeta publicada en Barcelona cómica, 1895

Conmoción popular

El 8 de noviembre, el entierro de Santiago Caso de convirtió en toda una procesión de los del No a la guerra, por usar términos más recientes. El féretro, una caja de lujo costeada por suscripción popular, iba acompañado de tres coronas pagadas por algunos grupos de obreros, la redacción de La Aurora Social y la Agrupación Socialista de Gijón con la que, al parecer, simpatizaba Santiago Caso. Delante, la bandera del Centro socialista; detrás, la banda de música, y el cortejo, compuesto por aproximadamente tres mil personas según El Noroeste, larguísimo: salió de la calle Pidal y pasó por Jovellanos, Moros, Munuza, Corrida, Fernández Vallín, el paseo de Alfonso XII y, de allí, al cementerio de Ceares donde, incluso, tuvieron lugar varios mitines desde los balcones de las casas cercanas, «encaminados todos ellos a abogar por el cumplimiento de la ley en cuanto se refiere al servicio obligatorio en estado de guerra y para que se impida por todos los medios el embarque de más tropa con destino a Cuba, donde las enfermedades hacen mucho más estrago que las balas enemigas.«

Pero ni siquiera con la muerte del joven, enterrado en loor de multitudes en el cementerio civil y conmemorado por sus correligionarios socialistas, se acabaría su particular odisea burocrática.

El desenlace de nunca acabar

Cuba06En febrero de 1898, cuando Santiago Caso llevaba ya tres meses muerto y enterrado, un cartero llamó a la puerta de la casa donde ahora malvivían, como podían, sus sobrinos. De haber llegado a tiempo, hubiera sido una buena noticia; ahora, sin embargo, casi parecía más una burla del destino: el ministerio de la Gobernación le confirmaba su exención del servicio militar.

Si hacemos caso de lo narrado por El Noroeste el 28 de febrero, es razonable que Caso se diera por muerto (literalmente). «Muchas fueron las apelaciones que (…) se han hecho al Gobierno; y, entre las pocas (quince solamente) que han sido atendidas, se cuenta la del desgraciado suicida Santiago Caso Díaz (…) Si a éste se le hubiera asegurado por alguna persona de responsabilidad que el fallo definitivo que habría de recaer en su expediente de quintas sería confirmado el que dictara el Ayuntamiento de Gijón; ni deudos, ni amigos ni nadie hubiera tenido ocasión de llorar la desgracia de que fue víctima el infortunado Santiago.»

Más leña al fuego. En diciembre de 1897, los organismos de un estado ávido de ingresos para sufragar la guerra rizó el rizo. Ante la instrucción que sería llevada a cabo por el suicidio del soldado, el día 9, el juez municipal convocó al padre de Santiago,  «Juan Caso, que se cree ande pordiosando por el partido de Infiesto, para que dentro del término de diez días, comparezca en este Juzgado, con el fin de ofrecerle el procedimiento por si quiere ser en él parte y si renuncia o no a la indemnización de perjuicios; bajo apercibimiento que de no hacerlo le parará el perjuicio a que haya lugar.» Claro que el texto de la convocatoria, que daba plazo hasta el día 19 inclusive, no fue publicado en el BOPA hasta el 17. Y así, ad eternum, se fue tejiendo la historia de este país.

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