Borrachos de libertad. El 14 de abril gijonés

Ocurrió hoy hace 83 años y lo definió, con una frase tan errónea como repetida, Juan Bautista Aznar: España se había acostado monárquica y, a la mañana siguiente, se levantó republicana. No tenía del todo razón el almirante, a la sazón presidente del Consejo de Ministros impuesto por un rey que ya había perdido todo su crédito. Alfonso XIII, quienes lo rodeaban y el incontable número de errores garrafales de su desgobierno, fueron los mayores causantes de que España llevase, en realidad, bastante tiempo siendo republicana o, como mínimo, anti-monárquica.  A nadie sorprendió que aquel 14 de abril de 1931, las urnas hablasen a favor de la República.

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No se recuerda entusiasmo igual por acudir a depositar el sufragio cual ocurrió el domingo 12 de abril, contó EL NOROESTE bajo un titular de lo más ilustrativo: “En Gijón son derrotados estrepitosamente los cavernícolas disfrazados de gijonistas, triunfando los 31 candidatos de izquierda”. No se podía negar, desde luego, que los números fueran elocuentes: en la villa de Jovellanos unos recibieron 9302 votos… y los otros, 2813. El pueblo no quería al rey.

Una República perezosa

AnuncioLPR1931Imagen derecha: el San Luis, aprovechando la coyuntura. Anuncio publicado en LA PRENSA el 15 de abril de 1931.

Los números hablaban por sí solos, pero en Gijón el advenimiento de la República se haría esperar… para nerviosismo de sus partidarios. Los periódicos lo cuentan. En aquella época en la que no existía Internet, los gijoneses se agolpaban frente a los diversos paneles en los que, en tiempo de elecciones, loterías y demás juegos del azar, se pegaban las hojas de la prensa de última hora dando cuenta de lo que ocurría. Uno de ellos, el de LA PRENSA, estaba en la unión de la calle Corrida con la plaza del Carmen y allí, en el mismo momento en que se informó que el rey Alfonso XIII, arrinconado por los resultados de unas elecciones municipales que le ponían entre la espada y la pared, había convocado a las Cortes Constituyentes para decidir el futuro del país, se formó la gorda. La multitud, manifestada de golpe y a voluntad propia frente al Círculo Republicano -sito en la propia plaza del Carmen- precipitó que una comisión formada, entre otros, por Dionisio Morán, Gil Fernández Barcia y José Suárez Santos saliera en dirección al Ayuntamiento a pedir cuentas al alcalde, Claudio Vereterra.

Poco se podía hacer, claro, mientras no hubiera comunicación oficial, y se sospecha que el susodicho comité entrase en el Ayuntamiento, en realidad, a esperarla, con la mera intención de calmar al agitadísimo pueblo. Hubo que disolver a los miles de personas que clamaban vivas a la República, bandera en mano, en la Plaza Mayor ya desde la mañana, porque la noticia no llegaría hasta las cinco de la tarde. A esa hora, en los paneles de la prensa se pegó la noticia que todos esperaban: el Rey accedía a abandonar España y lo haría, aunque eso se supo mucho después, de inmediato, dejando atrás, incluso, al resto de la familia real. Estalló la alegría. EL COMERCIO da cuenta del entusiasmo popular por la implantación del nuevo régimen, manifestado en los gritos de la masa popular. Algunos llevaban retratos del Rey -no se dicen las intenciones, aunque podemos sospecharlas- y otros banderas republicanas. Varios automóviles iban con enseñas de la naciente República y otros llevaban en los parabrisas inscripciones de “¡Viva la República!”. No era para menos, puesto que a lo largo de toda la sobremesa la agitación había sido tal que por dos veces hubo que pedir calma a la multitud desde los balcones del Centro Republicano y del Ayuntamiento. El cambio de régimen, decían, estaba por venir, pero habría de conservarse la calma.

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Para comprobar que, efectivamente, se conservó, basta con ir a un periódico poco sospechoso de simpatías con el nuevo sistema de gobierno: el conservador y católico REGIÓN que, desde su imprenta en Oviedo y tras una lacrimógena portada con retrato del Borbón incluido, se mostraba positivamente sorprendido con la tranquilidad reinante:

Nada hacía suponer que nos hallábamos en unos momentos tan culminantes de la Historia, pues a pesar de la muchedumbre que había por las calles y el júbilo de que daba muestras, no hubo necesidad de reprimir ningún desmán ni se registraron incidentes de ninguna clase.

Los incidentes, en fin, fueron mínimos. Un chaval, cuentan, que gritó insultos demasiados soeces dirigidos al ya ex-rey en la plaza del Carmen, perrería que casi consigue que sus compañeros republicanos intentasen lincharle por no acatar las órdenes de mantener la calma; un petardo que estalló en la huerta de los Padres Pasionistas de Mieres y, en Oviedo, cierta tensión vivida cuando los manifestantes vieron una bandera tricolor ardiendo en el balcón del Centro Diocesano desde la Escandalera. Nada más, a tenor del orgullo que mostraron incluso los periódicos más conservadores.

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14 de abril de 1931 en Gijón, frente al Círculo Republicano. Foto Klark.

Izando la bandera

Volviendo a Gijón, a eso de las cinco de la tarde, y encaramados a una escalerilla, varios jóvenes pegaron sobre las placas de la Plaza del Carmen papeles con el nombre de Plaza de Galán, en honor al capitán que, junto al alavés García Hernández, liderase cinco meses atrás la sublevación republicana contra el gobierno dictatorial de Primo de Rivera con funestas consecuencias (ambos fueron fusilados). Lo mismo ocurría, a la misma hora, en Oviedo, Las Caldas y tantas otras poblaciones asturianas con curiosa preferencia por el gaditano frente al alavés. De cualquier modo, fue a esa hora cuando se alzó la primera bandera republicana de aquel nuevo Gijón: ocurrió en el balcón del Centro republicano, en medio de enorme alborozo y una lluvia de banderitas tricolores de papel que, tiradas desde las ventanas el edificio, cayeron sobre los manifestantes. Había llegado la hora de dirigirse al Ayuntamiento.

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En el salón de recepciones, el alcalde Claudio Vereterra renunciaba, en aquellos momentos, a su cargo, democracia manda, y un intranquilo bedel desempolvaba la bandera republicana. Ésta, y también la de la Agrupación Socialista, fueron izadas entre gritos de alegría popular, antes de dar paso a los primeros discursos políticos en aquella nueva etapa de la nación. Habló Claudio Vereterra, el ex alcalde, habló Ramón Fernández, concejal electo, y ambos volvieron a pedir calma; pero el discurso más ovacionado, sin duda, fue el tercero: el de Dioniso Morán. El discurso lo transcribe, precisamente, el REGIÓN.

El día de hoy, 14 de abril, es para nosotros memorable, pues acabamos de salvar los zarzales y los obstáculos que se oponían al triunfo de nuestros ideales. Luce para el pueblo el espléndido sol de la libertad y la República. Vosotros, los que pertenecéis a la clase media y los que usáis la humilde y honrosa chaqueta, debéis mostraros en estos momentos con la misma nobleza de corazón con que os habéis conducido al salvar estos zarzales, y conservar el más completo orden, envolviendo en el sudario de la hidalguía el cadáver del régimen caído, como corresponde a la majestad destronada. ¡Viva la República!”

Alentados por las palabras de los políticos republicanos, los manifestantes comenzaron a clamar por la liberación de los presos políticos. Y ése iba a ser otro problema más.

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14 de abril del 31 en Gijón, frente al Ayuntamiento. Foto Klark

La liberación de los presos

Fermín Galán y Ángel García se sublevaron a favor de la república en Jaca el 12 de diciembre de 1930, viernes, y el fracaso fue tan estrepitoso que el 14, domingo, ya estaban fusilados. Pero la semilla había prendido en toda España. También en Gijón. El domingo a la noche se comenzó a llamar a la huelga y el lunes una multitud dispuesta a acabar con la dictadura desde los más pequeños estratos se personó en la plaza de Abastos (la que hoy es conocida, popularmente, como plaza del Parchís), con la intención de arrancar la placa que, con el nombre del dictador, había sustituido a la antigua calle del Instituto. Contó EL NOROESTE, de aquella, que los primeros intentos de arrancar la placa fueron a base de pedradas y madreñazos (literalmente), pero la cosa pasó pronto a mayores: la guardia cargó contra los manifestantes y éstos, en respuesta, penetraron en forma tumultuaria en la inmediata iglesia de los Jesuitas, dedicándose a promover destrozos y a quemar, en medio de la plaza, bancos, estandartes, un santo e, incluso, varios confesionarios. De aquellos tumultos resultó un muerto, el joven Carlos Tuero, víctima de la carga policial, y veintitrés presos que, a la venida de la República, aun estaban en prisión.

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Quema de 1930 en Gijón. Foto de Constantino Suárez.

Y ahora se pedía su inmediata liberación. Pero la República, en pañales y con apenas un par de horas de vida, no podía hacer las cosas tan rápido. Cuando la multitud llegó a la cárcel del Coto, el jefe de la prisión se mostró, como mínimo, esquivo. Dice el REGIÓN que les manifestó que en tanto no recibiera órdenes oficiales, no accedería a la libertad de los presos, y que disponía de fuerza pública para mantener el orden e impedir que por la violencia fueran libertados. De nuevo el Comité hubo de hacer de intermediario, disolver la manifestación de forma pacífica y esperar a que llegase telegrama de Madrid. Por tres veces hubieron de hacerlo; la última concentración se debió a que, desde los paneles de la prensa, se informó de que la orden era ya inminente, y Dionisio Morán, para el que estaba siendo, como vemos, un día de lo más intenso, tuvo que arengar a los manifestantes rogándoles que no se impusiera la ira a la paciencia a tan solo una hora o dos de la liberación.

Tenía razón. A las nueve menos cuarto llegó el esperadísimo telegrama por el cual el Presidente de la Audiencia ordenaba la liberación inmediata de aquellos presos que, a bordo de un camión improvisado, llegaron en calidad de héroes a la Plaza del Ayuntamiento a eso de las diez. Los libertados, cuenta EL COMERCIO, subieron al palacio consistorial, asomándose al balcón central y repitiéndose las ovaciones.

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A modo de epílogo

Aquel día la noche sorprendió a los gijoneses borrachos de libertad, con las calles llenas de papelillos tricolor y las fanfarrias y las bandas de música tocando La Marsellesa y el himno de Riego, mientras los funcionarios públicos descolgaban los retratos reales de todas las dependencias municipales. Nos levantamos, y nos acostamos, republicanos, y los deseos de democracia ocuparon los sueños de todos aquellos manifestantes, ignorantes de que pronto dejarían de hablar -y eso si podían hacerlo- de aquel emocionante 14 de abril… y que el silencio iba a durar más de cuarenta años. Dejémosles ahora, no les agüemos la fiesta, dejemos que disfruten, ajenos al transcurrir de la historia, de esos días de euforia. Tardarán aún unos años, ¡triste ingenuidad!, en conocer el final del cuento.

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  • Dionisio Morán Cifuentes, el paciente interlocutor que calentó los corazones y las almas de los manifestantes con sus elocuentes discursos, era reformista. De los de Melquiades. Abogado, burgués, ilustrado. Se entregó cuando cayó el Frente Norte y, aún así, le llevaron a Consejo de Guerra. El delito: ser republicano. O haberlo sido. Salió absuelto, pero malviviría, apartado de sus competencias y desterrado a Navarra, hasta que lo reclamó la muerte, en 1955.
  • A Gil Fernández Barcia, miembro de aquel Comité pluriempleado el primer día de la República, le debemos la Escalerona, la traída del agua a Gijón y la Escuela de Peritos, entre otras cosas, porque llegó a alcalde, por la Conjunción Republicano-Socialista, en 1933. También sobrevivió a la Guerra Civil, también a cambio de caer en el ostracismo y en el olvido. Murió en 1947.
  • El Gijón republicano tuvo siete alcaldes. Al primero, Isidro del Río, que permaneció en el cargo hasta diciembre del 31 y murió en 1941, ya anciano, le debemos el Cerro de Santa Catalina (bajo su mandato su uso se hizo público) y la gratuidad de los libros de texto en algunos centros de enseñanza. Del segundo y cuarto, porque Fernández Barcia repitió, ya hemos hablado en el párrafo anterior. El tercero, en el 34: José Mauricio Martínez. Incluso tuvimos uno, Avelino González Mallada, anarquista de la CNT y masón. Murió en el exilio. Le precedieron Ángel Martínez y Jaime Valdés. Y después, ¡oigan!, tardamos cuarenta y dos años y ocho alcaldes en volver a tener poder de decisión sobre ellos. Así es la historia.

 

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