Gijón, horizonte 2000

Tal era el título del especial que el Voluntad publicó, con motivo de la festividad de Begoña, en 1973. Faltaban menos de treinta años para llegar al cambio de milenio y Gijón se encontraba en medio de una vorágine urbanística que hacía razonable pensar que, en cosa de tres décadas, a la villa de Jovellanos no la iba a reconocer ni la madre que la parió. ¿Cómo sería, en el 2000, la ciudad? El encargado de imaginárselo fue Fernando Vega, dibujante y publicista burgalés y con raíces gijonesas. Y, aunque pudiera no parecerlo a simple vista, no fue tan desencaminado.

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He de reconocer que, nada más ver la portada del especial, me pregunté que por qué el VOLUNTAD publicaba un dibujo de la Barceloneta. Pero ni esto es Barcelona ni el mar que riega la arena de la playa (con escasísimo volumen, lo que debió sorprender a los lectores de los 70) es el Mediterráneo: están ustedes ante la idealización del  Fomentín gijonés en el año 2000. Queda sin explicar el oleaje que, en el horizonte, acompaña a un barquito de forma sorprendentemente similar al logotipo de FORO, pero se conserva tal cual la Antigua Rula que, claro, en 1973 era la actual: “Se conservaría la actual Rula más como motivo histórico y popular que como edificio útil. La Lonja constituiría atracción para el paseante y en ella podrían celebrarse exposiciones sobre temas marinos.Vega dio en el clavo: la rula perdió sus funciones como tal en los años 80 y, actualmente, hace las veces de centro de exposiciones, manteniéndose su estructura clásica como recuerdo de lo que fue.

Más. La dársena con las embarcaciones de deporte y recreo y el Fomentín, una “zona de conservación de toda clase de peces, con miradores subterráneos para contemplar la fauna marina”, con restaurante, cafetería, mirador e incluso unos reflectores para dar luces de noche alrededor. Allá por donde ahora hay carretera, el ilustrador se imagina la continuación de los Jardines de la Reina, en un enorme paseo adornado con palmeras. Y, grandiosa y modernísima -tanto que aquí gana el futurismo a la realidad, aun a día de hoy-, una enorme torre levantada en la punta del muelle del Fomentín, sostén de un teleférico que subiría al cerro de Santa Catalina y que acabaría llevando, incluso, hasta el Musel. Alrededor, una exposición de barcos históricos (de ahí el sorprendente barco vikingo en aguas del Cantábrico), amarrados al espigón, y, en la cima de la torre, un mirador con capacidad para albergar un restaurante. Muy similar, por cierto, al que existe, desde el año 2011, en la torre del Niemeyer avilesino.

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Nos vamos al cerro de Santa Catalina para comprobar la imagen futurista que Vega le da en perspectiva para el siglo XXI: el teleférico que salía del Fomentín se detiene ahora en un castillete inmenso que el autor imagina, además, como sede de un gran museo de arte local y emplazamiento de lujo del Retablo del Mar, obra de Sebastián Miranda que en 1973 el ayuntamiento acababa de adquirir. No existe, claro, torre tan moderna en la actualidad, y casi que menos mal para la salud cardiaca de todos los gijoneses que, en 1990, clamaron al cielo por la construcción del bastante menos impactante, en comparación, Elogio del Horizonte de Chillida.

Pero sí que acierta el dibujante a la hora de convertir el cerro como una zona de paseo llena de zonas verdes, caminos asfaltados y en contacto con el barrio alto, por aquel entonces muy lejos de poder ser imaginado como un lugar de ocio familiar. Al fondo, en lo alto del cerro, precisamente muy cerca de donde ahora la escultura de Chillida abraza al mar, VOLUNTAD se imagina una segunda torre de base circular, donde habría un gran restaurante (lo que nos queda claro es que, ayer y hoy, a los gijoneses nos gusta más un chigre que cualquier otra cosa) con miradores al mar.

Justificaba el VOLUNTAD, en las páginas en las que se publicaron estas curiosas ilustraciones, que si lo hacía era para servir de revulsivo a la población que, en aquel momento, estaba viendo morir al histórico Gijón a base de colosos de varios pisos que dieran techo a los españolitos del baby boom. “Al igual que los individuos no pueden serenamente vivir sin tener asegurado el mañana”, decía el diario gijonés, “una ciudad no puede desarrollarse armónicamente en una constante provisionalidad, amenazada por el progreso -no es paradoja-, en permanente incertidumbre y con total angustia.” ¡Ay!

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