El Retablo del Mar desde dentro (1)

La comenzó para demostrarle a su esposa que podía centrar su desordenada y caótica cabeza de artista en un solo proyecto y acabó creando la más bella obra de arte de la que Gijón pueda presumir. Sebastián Miranda comenzó a planear su Rula en 1929 y sólo la acabaría en 1971, con una guerra civil y u exilio de por medio. Por aquel entonces la obra ya se llamaba Retablo del mar y se había convertido en todo un tesoro de la historia del barrio alto gijonés. Identificar a todos los personajes que aparecen en ella es casi un imposible, ¡pero qué hermoso es asociar las caras, tan fielmente retratadas por Miranda, por las anécdotas que convierten en humano a un personaje!

Intentémoslo. Vayamos, fragmento por fragmento, intentando identificar a cada personaje y rastreando su paso por las hemerotecas. Habrá algunos de los que sepamos más y otros que jamás identificaremos, pero lo que es seguro es que nos divertiremos en el intento. Los lectores, por supuesto, están invitados a participar. Comenzaremos por 19 figuras, las que coronan el retablo, para seguir la próxima semana por otras tantas y contando un poco más de la historia de esta bellísima obra de arte.

Retablo01

Usaremos como fuente principal para la identificación de los personajes el excelente trabajo de María Soto, descargable aquí.

1, 2 y 3. Miguelón, individuo sin identificar y el Za-Za.

Los personajes que coronan la versión moderna del Retablo merecieron hasta un artículo en el ABC, publicado el 5 de octubre de 1962 y escrito por el propio Sebastián Miranda. Se tratan del simpar Miguelón (c.1856 – 1946), el Mirla (1), Za-Za (3) y un individuo sin identificar (2) quien probablemente fuera el miembro de la comandancia de Marina que remató la anécdota que haría a Miranda tallar a estos tres personajes en el momento que remolcan con sus propias manos una vieja lancha. La historia fue como sigue: en la época en la que Miranda se encontraba elaborando su retablo, trabó gran amistad con el Mirla, «viejo popularísimo (…), gruñón, maledicente y rebelde» que no se caracterizaba por tener demasiadas amistades ni en el barrio alto ni en ninguna otra parte, pero al que le cayó simpático el artista hasta el punto de invitarle a pasear en su desvencijada lancha. Miranda aceptó ante el horrorizado gesto de Za-Za, consciente de que ni Miguelón ni su chalana estaban ya para trotes. Efectivamente, a la altura de Santa Catalina, la barca comenzó a zozobrar y el agua a entrar por las ranuras que dejaban, entre sí, las tablas con las que estaba construida. Za-Za y un miembro de la comandancia de Marina fueron los encargados de izar a bordo a sendos aventureros. «Jamás olvidaré la gallarda actitud de Za-Za, en pie en la gasolinera como un mascarón de proa, y me prometí coronar con ella mi abortado retablo del mar», dice Miranda en el artículo, que el lector puede descargar aquí.

También David Castro, cronista del Voluntad especializado en Cimavilla, habló del popular Miguelón (y de su bote) el 9 de junio de 1955, reconociendo que hacerlo era «hacer el panegírico del exabrupto». Al Mirla se le recuerda viejo y amargado, tal era la imagen que los vecinos del barrio alto en los años 40 tenían de aquel hombre de espalda jorobada que tenía siempre un exabrupto en la boca y que se ganaba la vida pescando oricios con red o ayudando a cargar el pescado en la rula a cambio de la voluntad del ayudado. Y durmiendo, por cierto, sus más que frecuentes merluzas en la cuesta’l Cholo: una vez, incluso, quedó medio muerto tras rodar por toda la cuesta a causa de una importante cogorza y una mala postura. Pero no siempre fue así. Según cuenta Castro, Miguelón también fue joven alguna vez e hizo el servicio militar. De por aquel entonces se contaba la anécdota de que el Mirla, con la intención de ayudar a un vecino a librarse del servicio le enseñó a fingir ataques epilépticos con tan mala fortuna de que, en uno de ellos, al supuesto enfermo se le escapó una carcajada. Eso fueron los tiempos mozos. Pero lo cierto fue que la estampa que todo el mundo recordará, si es que alguien queda que lo haga, del buen Miguelón es la del viejo marinero venido a menos, descuidado en su hacer y en su vestir, que en los años finales de su vida tuvo tiempo de sobra para insultar a todos y cada uno de los habitantes del barrio alto… y a algún que otro forastero, también.

[actualizado: 16.5.2014, 23.17h] Víctor Labrada, en otro artículo del Voluntad del 5 de noviembre de 1953, habla de cómo ocurrió su muerte.  Sabemos que Miguelón murió el 12 de junio de 1946 -la necrológica aparece en el Voluntad del día 15-, con 90 años de edad. Labrada dice que días atrás, cuando salió a la mar a por carbón naufragó su lanchita y, víctima de una cruel hipotermia, murió en la Casa de Socorro bajo los atentos cuidados de una monjita que le daba ron para calentarle el cuerpo. «¿Le gusta este licor, Miguel?», cuentan que le preguntó la hermana. «¡Ay, hermanina del alma! ¿Non podía empapame con él la manta?» Un final bastante acorde con aquel hombre, candasino de nacimiento, del que se decía que siempre llevaba dos merluzas: una, la que le regalaban como pago a sus servicios en la Rula y otra, la de las borracheras que jamás apeaba.

Del Za-Za sabemos que recibía tal mote por su tartamudez, y que ayudó a Sebastián Miranda, en la elaboración de su retablo, a diferenciar a la gente de mar de la que no lo era.

4. Lucila, «la Talona»

Lucila Morán, gijonesa de la calle Artillería y hermana del famosísimo pescador Peraldillo, protagonizó en 1912 un tremendo rifirrafe con una tal Marcelina Díaz, tal y como nos dice El Noroeste del 14 de julio bajo el título de «¡Buen madreñazo!». El de la Talona, claro: resultó que, por algún motivo que desconocemos, las dos playas comenzaron a reñir hasta darse de paraguazos y, en cierto momento, Lucila recibió un madreñazo en la espalda. Lo devolvió. La madreña acabó incrustada en la cara de la infeliz Marcelina que, suponemos, nunca más volvería a intentar desatar la reverencial furia de la Talona. Y tendría que armarse de paciencia, porque sabemos que Lucila seguía viva aun en los años 60.

5, 6, 7 y 8. Sin identificar

Estas figuras no han podido ser identificadas, aunque se sabe que la número 5 recibía el apodo de Campanerina. Cualquier información disponible será bien recibida.

9. «La Cartagena»

Pescadera. Ludi hace referencia a ella en el verano de 1921, cuando describe la alegre verbena de la cuesta’l Cholo de la que tomó activa parte la Cartagena. Y en verso. Dice así: «También piensen dar el golpe / les vieyes de la barriada. / Ya les veréis esta noche / cómo ximielguen la panza, / bailando la polka antigua: / Beninona, la Balancha, / la Prina, la Cartagena, / Placidona y Epifanía, / pos ye lo que dicen todes / con resignación cristiana: / ¡Haber, non habrá sardines, / pero el humor no mos falta!»

10, 11, 12, 13. Varias mujeres…

Concretamente, Virginia la de Pardías (10), La Magalla (11) y Pepita, la Gallega (12). No sabemos quién es la número 13.

14 y 15. Las de «La Gala»

Hija y nieta, concretamente. La segunda, bebé aún en el momento en que Miranda la esculpe, se llamaba Luisina.

16, 17,  18 y 19. Dos desconocidos y «la Tapina»

No sabemos quién es el numerado con el 16. La número 17 recibía el nombre de Presenta. No nos consta la identidad, tampoco, de la 18. La 19 es Elvira, «la Tapina».

Con lo dicho, pero no por último, seguimos a la gueta de información sobre las historias y anécdotas protagonizadas por los personajes del Retablo del Mar.

Add a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *