Los secretos mundanos del desafortunado Xilu

Era agosto de 1913, víspera de Nuestra Señora, y los reyes acababan de llegar a Gijón, él con su atusadísimo bigotón, ella con sus collares de perlas de varias vueltas que ocultaban tantos secretos de alcoba. Pero eso no lo sabía el Xilu y, si lo sabía, no le importaba lo más mínimo, porque él estaba a otros asuntos más importantes.

Xilu, cuyos padres habían venido en llamar Hermenegildo y en apellidar Álvarez Barredo, era un viejo beatón al que ya le quedaba poco, porque 74 años para la fecha eran muchos años, y que vivía solo en su casona de Muros del Nalón. Los hijos se habían ido a América, a buscar fortuna a la bella Habana; la hija, María, vivía con el marido que le había venido en gracia, Joaquín, de poco trabajar y mucho holgar; y, a fin de cuentas, el Xilu era feliz sólo, con las vacas y con Dios, amén. Nadie sabe qué pasó aquel 14 de agosto, nadie, probablemente porque todos estuvieran demasiado ocupados enterándose de que el rey había visitado de incógnito San Esteban al poco de llegar a Asturias. De relativo incógnito, claro, porque la caravana de coches y el ornato llamaban la atención. Por eso nadie se había fijado aquel día en qué hacía o dejaba de hacer el Xilu.

Sólo se pudo suponer que aquel 14 de agosto, y siendo como era víspera de Nuestra Señora, el viejo santurrón había ido a rezar el rosario a casa de la vecina, como cada atardecer. Sólo se pudo suponer que se disponía a cenar un chocolate que se quedó sin hacer, la leche desbordada de la jarra en la cocina, después de que alguien le viera meterse en la cuadra. Y sólo se supo, al día siguiente, que al parecer el Xilu había dejado una nota manuscrita a María, que le visitaba cada mañana, dándole instrucciones precisas de qué hacer con su dinero y con sus adoradas vacas, y que ésta, y fue eso lo que desató todas las sospechas, automáticamente asumió a voces que su padre se había ido a suicidar por cualquier cuadra.

Fue por eso que cuando en una playa lejana, al cabo de una semana, apareció un macabro saco con un torso descabezado y despernado, a escasos metros de las piernas que le correspondían, y cuando el médico de la localidad identificó los retorcidísimos y complicados dedos artríticos del Xilu en aquellos que ahora reposaban sin vida a la intemperie, todos los ojos se fijaron en Joaquín Pevido, el marido de María. Una injusticia, una barbaridad. Todo el mundo había visto a Joaquín bailar hasta la noche en la verbena de la noche del 14 de agosto, todo el mundo había oído el histerismo de María ante la desaparición del padre. La familia luchó contra viento y marea para certificar la inocencia de Joaquín y buscar al verdadero culpable de la horrenda muerte del padre. Se envió dinero desde Cuba, se mandó investigar. El pueblo comenzó a mirarse desconfiadamente, los unos a los otros y los otros a los unos, en la marcha de un crimen aparentemente imposible de resolver.

Cuando ya nada parecía ser lo que era, apareció un gitanete al que llamaban Perro por las inmediaciones, cuya declaración iba a dar una vuelta de tuerca a todo el suceso, una vuelta de tuerca tan ignominiosa para el buen nombre del Xilu y, en general, de  todos los herederos Alvarez, que todas las investigaciones se paralizaron después, no fuera a ser que se descubrieran aún más cosas que manchasen la reputación de los indianos. Resultó que el Perro afirmó que, años atrás, andaba vagabundeando por la zona con una pareja de tormentosas relaciones. Él, un gitano enorme cuya corpulencia física le había valido el apodo de El Oso, ella, una voluptuosa gitana de lengua rápida y mirada brillante a la que apodaban La Mandilona. El esperpéntico trío recorría por aquellos años las calles de Pravia y de San Esteban buscando cualquier cosa que llevarse a la boca, bien por el hurto o bien por el engaño: mientras ellos afanaban la cartera, ella seducía a ancianos y mujeres con su pertinaz verborrea, por una moneda, por una moneda leo la buenaventura, chillaba arrabalada sujetándose el mandilón que siempre llevaba puesto, bien amarrado a la cintura, y había incautos que se dejaban hacer. Uno de ellos, dijo El Perro, no era otro que el pobre viejo del Xilu.

Porque, al parecer, al Xilu no le bastaban Dios y las vacas para combatir la soledad. Y un día, paseando por Muros, había escuchado el grito de La Mandilona y acudido a su llamada, curioso, y, a partir de entonces, siempre la requería. El viejo, arrebolado por las curvas y el gracejo de la gitanona, se dejaba leer la mano gustoso, o venderse un ramín de romero, o darse la buenaventura, que Dios te la dé, y ofrecía a cambio, agradecido por el rato de compañía, generosísimas propinas de una moneda de oro. Era una oportunidad que La Mandilona no iba a desaprovechar, claro, y la amistad con el viejo fue haciéndose cada vez más estrecha. Hasta el punto que, entrado ya el verano de 1914, al Oso lo mataban los celos.

Nadie sabe lo que hacía el Xilu aquel 14 de agosto de 1913, porque todo el mundo estaba pendiente de intentar oler el florido perfume de la reina con sus blanquísimas perlas al cuello o de ver el engominado bigote del rey. Hay quien cuenta, sin embargo, quién sabe si dejándose llevar por la leyenda, que a última hora de la noche vieron entrar una gitana de fantásticas curvas y larguísima melena negra a la cuadra con el viejo. El Oso, por su parte, confesó que le habían carcomido las entrañas al verlo todo detrás de un mato, después de todo el día espiando a su lenguaraz novia por todo Muros.

El resto, bueno. El resto es historia. El resto es misterio.

One Comment

Add a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *