Ahí van dos muestras

Adeflor nos presenta, en esta ocasión, a tres gijoneses míticos: Xuanín el de les Portielles, conocido avaro, y PicheluTolete, del barrio alto y eternamente enemistados por asuntos de perres.

Un estimado y culto amigo, enamorado de la socarronería asturiana, me pide rebusque entre las anécdotas que yo conozca, á través de las cuales se descubra el ingenio agudo de las gentes populares de esta tierra, y yo voy á satisfacer su anhelo, cumpliendo con el amigo y ofreciendo de paso á los lectores unos amenos instantes.

Y dos muestras voy á ofrecerle al ilustrado compañero de letras, tomada una de la sidra y otra de la parte más típica de la villa. Así creo yo brindar dos estilos ingeniosos, haciéndole advertencia de que lo que voy á narrar no son cuentos, sino escenas tomadas de la realidad, ocurridas, la primera en Cabueñes y la segunda entre tipos de nuestro barrio alto.

Si al que pide las anécdotas le sirven, aprovéchelas para su estudio de caracteres, y si no, sírvanle de distracción.

Allá van:

Filosofía campestre

Xuanín de les Portielles tenía fama de socarrón, de ahorrador, de hombre que sabía mirar por lo suyo.

Como su corral, no había otro en toda la quintana; vacas gordas, bueyes rectos, y casi cada semana aparecía reblincando por entre el cuchu, un xatu que acababa de salir á la vida.

Todos los vecinos de la parroquia envidiaban aquellos lucidos gües y aquellas vacas rollizas, cuyas ubres bien repletas amenazaban venir al suelo, rendidas á su gran pesadumbre.

¿Y los xatos? La especialidad de Xuanín eran los xatos. Sabía cruzar muy bien, y por esta causa lo que de sí daban las vacas eran frutos hermosos, de estampa preciosa y de buena traza para engordar.

Al mercado iba todos los sábados, a llevar alguno de aquellos terneros que eran el asombro de los feriantes…

Pero, ¡adiós corral sin cuidado de su amo! Una tarde llegó a su casa Xuanín con la mano puesta en un costado, renqueando y dando quejas al viento.

–          ¿Qué tienes, Xuan?- díjole la mujer.

–          Un dolor mu grande, que me coge esti las desde el cadril al sobacu. ¡Que vaya Rifael corriendo á buscar el mélicu!

Se acostó Xuanín; Rifael corrió a decir á don Rosendo que fuese volando al lado de su padre, que se quexaba muncho, y tomando su caballo el médico fuese á ver al de les Portielles.

–          ¿Qué tienes, hombre?

–          Aquí, señor, aquí, paez que me pinchen con una aguya de facer calceta.

– No te asustes, que no es nada.

– ¿Será polmonía, don Rosendo?

– ¡Estás loco, hombre!

– Bueno, señor, dijo entonces el aldeano; pero bien puede curarme pronto y bien, que mialma si el xatu más lucíu de la corrá non ya pa usté.

Al médico no le desagradó la promesa, muy de extrañar en Xuanín, que tenía fama de ser bastante agarráu y demasiado mirador de sus intereses.

– ¡Ahora, á sudar, y déjate de miedos!- replicó don Rosendo.

Éste receló; dijo que vendría dos veces cada día, y cuentan que al salir echó una ojeada al corral como queriendo ver al xatucu que le caería en suerte.

Era pulmonía la enfermedad de Xuanín, pero el médico tomó la cosa con interés; le ayudó la buena constitución del campesino, ciudadano muy ordenado y de costumbres inmejorables, y el de les Portielles quedó sano y salvo.

A don Rosendo bien se le ocurría pedir lo ofrecido, pero no encontraba ocasión propicia para ello por más vueltas que daba al asunto.

Por fin… una mañana se encontraron en la carretera don Rosendo y Xuanín.

El médico iba á caballo á visitar un enfermo. Xuanín tiraba de un xatu retozón, pinto y fresco que llevaba al mercado.

–          Buenos días, Xuan.

–          Buenos, don Rosendo.

–          Oye, a propósito -dijo el médico;- ¿es ése el xatu que me vas á regalar?

Y Xuanín, de golpe, espontáneamente, respondió, mirando para el suelo y tirando del animal:

–          ¡Cómo deliriaba! ¿Verdad, señor?

Isa y amarra

Bajaban los dos, el Pichelu y el Tolete, al oscurecer, por la cuesta de la Colegiata.

–          Chacho, esti mundu ye una calamidá- decía el Pichelu al propio tiempo que arreglaba su boina, la cual por no ser menos que su amo se tambaleaba sobre aquella cabeza de cabello desordenado e hirsuto.

–          Entós, ¿qué ye, hom?- replicó el amigo con cierto interés, pero temiendo desde luego que aquellas lamentaciones vinieran á parar en lo de siempre: en un amistoso sablazo.

–          Ná, home, ná; que tengo la muyer mala y ya ves, la muyer ye la muyer, y aunque algunas veces se pon así, fecha una lloca cuando me ve alumbráu y ármame cá escándalu que tiembla’l misteriu… tá mal que la deje tirá en la cama como una probe… ya ves… la muyer ye la muyer.

–          Oye, oye, tú; si paezme que á la tu muyer vila yo esta mañana… aspera que faiga memoria. Sí, home, sí; mal rayu me treche si non la vi en la plaza vendiendo unes llámpares…

Cogido tras de la mentira el Pichelu dijo para salir del paso:

–          Non te diré yo que non, porque ye muy burra, pero ya ves…

–          Sí, home, sí. Ya lo oí… la muyer ye la muyer.

Cuando la conversación llegó á este punto, los dos interlocutores pasaron frente á casa de Pachín, el que tanta fama tiene de poner bien, no ya simples taquinos, sino completas y exquisitas comidas.

Tolete brindó al Pichelu y ambos entraron en dicho sitio, mitad taberna y mitad restaurant, á tomar unas copas.

El Pichelu, apoyando un codo sobre la mesa y teniendo la cabeza sobre una mano, seguía lamentándose:

–          Mira, Tolete, tú yes buen hombre, y ties posibles, porque non te da por la bebida y debes comprender que el negociu anda mal y que á mí faenme falta algunos cuartos…

Tolete, aún cuando comprendía que su amigo sólo quería les perres para embriagarse, dijo en tono jovial, y confiado de que el Pichelu no pediría cantidad elevada:

–          Entós, ¿cuánto necesites?

El Pichelu callaba.

–          ¿Serán dos pesetes?

El sablista, mirando al suelo, y haciendo perezosamente un pitillo, contestó:

–          ¡Isa!

–          Vaya, necesitarás cuatro pesetines, ¿eh?

–          ¡Isa!

–          Entós, ¿ye un machacante el que te fai falta?

–          ¡Isa!

–          Coime, sabes que hoy vienes gafu? ¿Bástate con dos duros?

–          ¡Isa!

–          Muchachu, ¿entós son quince beates?

–          ¡Amarra!

Tá bien, hombre, tá bien- dijo Tolete, disimulando el enojo que le producía la poca vergüenza de su amigo. Mas queriendo demostrarle que no era bobo, continuó el diálogo en esta forma:

–          Tá bien, hombre, tá bien; pero el casu ye que non tengo aquí los tres duros.

–          Pero tendráslos en casa.

–          Home, sí, en casa téngolos.

–          ¿Y non podíes llegate á casa, Tolete?

–          Bueno, chachu, bueno, voy a por ellos.

Y se levantó Tolete, dirigiéndose hacia la puerta.

–          ¿Tardarás mucho?- dijo el Pichelu hablando alto.

–          Non sé.

–          ¿Será cosa de media hora?

–          ¡Isa!

–          Vaya, tardarás una, ¿eh?

–          ¡Isa!

–          ¡Más de una hora! ¿Serán dos?

–          ¡Isa!

–          Entós, ¿vas dejalo pa mañana, hom?

–          ¡Isa!

–          ¡Uy, uy, uy! ¿pa mí que tú non vuelves por aquí?

–          Amarra.

Publicado originalmente en EL COMERCIO, martes 26 de octubre de 1909.

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