La viruela

A finales de diciembre de 1899 se comenzaron a registrar casos de viruela en Gijón en un número suficiente como para que la población estuviera aterrorizada pero también para que la Junta de Sanidad del Ayuntamiento insistiera en que no se trataba de una epidemia. Desde la prensa local se conminaba a la Junta a que proporcionase a los gijoneses medidas de seguridad contra la enfermedad y a que llevara un censo de los casos, pero ésta respondió a las peticiones con bastante parsimonia que aquí denuncia Adeflor.

–          Venga Vd. a llorar. El teatro del dolor enseña más que el de la risa.

Y camino allá, á la carretera Carbonera. Mucho fango en el camino, é iba en busca de más lodo social.

Llegué a una vivienda pobre, á un almacén de carne humana.

Una infeliz mujer tenía en los ojos un Niágara de lágrimas.

–          ¿Qué le ocurre á Vd?

–          ¡Señor, esto es horrible! Vds. los jóvenes, sienten más que las viejas autoridades. No conove Vd. mi desgracia y ya la siente. ¿Ve Vd. ese cadáver? Es la séptima víctima. No me queda más que un hijo. La viruela los ha matado á todos…

Y salí de aquella casa enseñoreada por la muerte.

Y llegó á la redacción y  el reporter me dice que la Junta de Sanidad no ha tomado acuerdos por falta de número.

Y pensé en la pobre mujer que tenía en los ojos un Niágara de lágrimas…

Los encargados de velar por la higiene pública, sanos y rollizos, y los siete hijos de aquella madre desolada, asesinados por la incuria más salvaje.

¡Qué injusta es la viruela!

No visita á quien debiera visitar…

Publicado originalmente en EL NOROESTE, lunes 1 de enero de 1900.

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