La «Gringa», timadora de los vanidosos

Había algo de raro en el nerviosismo de la repeinada mujer que, el día en que quedaban nueve años exactos para que quien esto suscribe naciera, dirigió una sustanciosa suma al taxista que había llevado a sus tres vástagos de Gijón al aeropuerto madrileño de Barajas.

–          Fernando, – se dirigió, con aflautado acento latinoamericano, al hijo mayor – andá a coger cuatro pasajes para el primer vuelo a Roma.

La gringa se atusó el cardado y dirigió una sonrisa al cochero.

–          Gracias por sus servicios, caballero.

Horas más tarde, la Guardia Civil detuvo al taxista en su camino de vuelta a Asturias, pero para ese entonces Nelly Sacco ya había dejado atrás a España con más de dos millones de pesetas en el bolso.

Una dama «caritativa»
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La «doctora Edwards» en 1973

La doctora Edwards no hubiera podido pasar el control de metales de aeropuerto alguno llevando, como llevaba en la noche del 7 de diciembre de 1973, un millón ochocientas mil pesetas en joyas encima. Nueve veces más -y no era la única- de lo que iba a recaudarse para los pobres aquel día en una fiesta de alto copete organizada por Unicef en las instalaciones del Club Hípico Astur. Curiosa caridad. En ella la crème de la crème de Gijón disfrutó de las actuaciones de la orquesta Montenegro y del trío Los Ángeles, en sustitución de Carlos Acuña, el otro Gardel, al que le había nacido un hijo días atrás y que hubo de cancelar su actuación. Brindaron con champagne y acabaron por acordarse de los pobres de alguna parte del mundo al final de la fiesta, cuando se subastaron doscientas mil pesetas en objetos donados por los negocios de Gijón.

No podía ser de otra manera. Aunque los periódicos locales callaron el nombre de la dadivosa pujadora por aquello de que la caridad se hace pero no se dice (aunque sí se vista), la ganadora de la subasta fue la doctora Edwards, una elegante dama sudamericana que aquella noche fue el objeto de todas las atenciones y agasajos de la alta sociedad gijonesa. Embaucadora, interesantísima, especializada en neurocirugía y represaliada política, había llegado a Gijón para hacer el bien.

No es mentira. Hizo el bien… el suyo propio.

La doctora que vino de Chile

Había llegado a Gijón para quedarse en el verano de 1973, supuesta viuda del antiguo ministro de Sanidad del conservador chileno Eduardo Frei y represaliada desde hacía un par de años por el socialista Allende. Traía con ella a tres hijos -Fernando, de 20, Carmen, de 17, y Alberto, de 13- y un par de trajes. El resto, aseguraba, se lo habían levantado los socialistas y se lo iban a devolver los golpistas que asaltaron el Palacio de la Moneda el 11 de septiembre. Pero para aquel entonces la doctora Edwards ya había tejido una auténtica red de amistades, de tratos de favor y de confianza en Gijón.

RamonValdivieso
Valdivioso, ministro de Frei

Se estableció bien. En un piso amplio de un edificio que aún existe y que había sido construido cuatro años atrás en primera línea de la playa de San Lorenzo. El 19 de la avenida de Rufo García Rendueles tenía portero y éste, sin saberlo, iba a contribuir a la buena ventura de la Edwards en la ciudad. Y sin faltar a la verdad: al piso de la doctora subía lo mejor de todo Gijón. Doctores, comerciantes, políticos, industriales. Caras conocidas que confiaban en la atiplada voz de Edwards, sobre todo, cuando les llegaba la información por medio del buen portero que otros de su misma especie habían confiado en ella antes.

Ni sospechó nunca nadie de Edwards ni se paró, por tanto, persona alguna a recabar más información acerca de una historia a todas luces falsa: Ramón Valdivieso, el único ministro de Sanidad de Frei, seguía más que vivo y felizmente casado en Chile. Tampoco, en un país en el que la información llegaba como llegaba, rechinaron en los oídos de nadie las fantasiosas historias de la chilena cuando ésta, para agregar más dramatismo a su historia, aseguraba que le habían arrancado las muelas los de Allende por represalias políticas. Aquella era una burda adaptación de los rumores -posteriormente demostrados- que resonaban por los mentideros de la política acerca de las actuaciones del ejército liderado por Pinochet contra los allendistas, precisamente, pero ¿quién iba a caer en la cuenta?

Nadie.

Dos millones en joyas

La delicada posición económica de la dama no le permitía, claro, costearse el elevadísimo tren de vida que, sin embargo, acabó teniendo gracias a los contactos y la labia. De una conocida joyería, que aún continúa abierta en la calle de Los Moros, consiguió llevarse dos relojes, un broche, tres sortijas, unos pendientes, un alargador de pulsera y una pulsera, por un montante total de un millón ochocientas cincuenta mil pesetas que se cobrarían por medio de un cheque del Banco Santander a partir del 10 de diciembre del 73. Ese día, mientras la alta sociedad seguía de resaca tras el festival de Unicef, que se prolongó hasta avanzadas horas de la madrugada, Nelly Sacco Bakus cogió un avión a Madrid. La doctora Edwards se había evaporado de Gijón.

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Titular de VOLUNTAD, 12 de diciembre de 1973
Las mentiras de la Gringa

A Nelly la llamaban Gringa y nunca contó una sola verdad. Cuando se descubrió el percal, a la tarde del 10 de diciembre de 1973, las piezas del puzzle encajaron: coincidiendo con la llegada de la doctora Edwards a Gijón, la policía de Sevilla había puesto una orden de busca y captura a Nelly Sacco, timadora de profesión que había conseguido estafar más de doscientas mil pesetas en ropa y joyas en El Corte Inglés tras ganarse la confianza de los encargados.

La noticia cayó como una bomba en Asturias. Del la Gringa no se sabía más que el hecho de que probablemente ya hubiera vendido las joyas gijonesas en Italia, que en Madrid, a la espera de la llegada de los hijos, se había alojado en la habitación 405 del Luz Palacio -hoy, el Hesperia de la Castellana- y que en aquel mismo hall se la había visto conversar con un individuo también sudamericano. Se habló, entonces, de que Nelly Sacco bien podría pertenecer a una red de estafadores internacional, que había recibido formación profesional de timadora por parte de un individuo francés y de que las ramas de la trama de la Gringa se expandían por más de cuarenta países y cientos de contactos en cada uno de ellos.

El asunto, se decía, era caso para la Interpol. Nada más lejos de la realidad.

Cae la «pájara»
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Viñeta en VOLUNTAD

El 21 de enero de 1974 Nelly Sacco Bakus cayó, víctima de su propia avaricia, con todo el equipo mientras intentaba pasar, con sus hijos, la frontera de Portugal con España por Tuy. Pretendía, según dijo más tarde, establecerse en Vigo y volver a montar la misma función teatral que ya había presentado en Gijón, Sevilla y Madrid. La captura de la Gringa en Galicia fue un puñetazo de descrédito para la policía española, que ya orientaba sus pasos a Italia. Ellos también habían sido víctimas de las mentiras de la supuesta doctora: ni hubo viaje a Italia ni hubo billetes a Roma comprados en Barajas. La frase pronunciada frente al taxista había sido, sencillamente, una encerrona para despistar a las autoridades.

Sacco no pareció excesivamente afectada por su arresto y, de hecho, llegó a pronunciar encantadoras frases dirigidas a la ciudad de Gijón en la que, decía, había vivido maravillosamente gracias a las atenciones prestadas por sus habitantes. Habitantes, por cierto, que se escondían, avergonzados, debajo de las piedras: nadie de los que agasajaban un mes atrás a la doctora Edwards reconocía ahora haberla conocido siquiera, y, salvo la joyería de Los Moros, ninguno de los negocios a los que había timado presentó denuncia contra ella. Nadie quería reconocer el haber caído en las redes de la encantadora charlatana. Y mucho menos aquellos que tenían una posición social que conservar.

Cuestión de vanidad

En la cárcel del Coto, y perseguida por los periodistas de medio España -el más famoso de ellos, Tico Medina, intentó por todos los medios y sin éxito reunirse con la Gringa-, Nelly disfrutó durante casi un año de los placeres de la fama y, encantada con su popularidad, llegó a escribir unas memorias en las que desplegaba una biografía tan magnífica como falsa: a los diecisiete años, decía, mientras era novicia en un convento, había enfermado de apendicitis y, tras la operación, seducido al próspero cirujano que la había tratado. Orlando Orlandini, el supuesto primer marido, había muerto dejándola con una pingüe herencia que le permitió conocer las mieles de la vida de lujo. Decía haberse casado en segundas nupcias con un gobernador peruano y ser la hermana de Teófilo Salinas, vicepresidente de la Federación Sudamericana de Fútbol; aseguró haber trabajado de espía para Perú en Uruguay.

Todo mentiras. Las verdades se las reservaba para el juicio, celebrado el 25 y 26 de noviembre en la Audiencia Provincial de Oviedo, con la plaza Porlier llena hasta la bandera. Allí, Nelly Sacco confesó que su secreto, sin haber recibido nunca clase alguna de estafadores profesionales, no era otro que el tocar a la gente en su vanidad. En tocando ese punto, decía, los cerebros más agudos y los grandes talentos especulativos se comportan como niños y cualquiera con habilidad puede engañarlos.

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La Gringa llegando a la Audiencia de Oviedo en noviembre del 74.

La Gringa puso en un brete con sus declaraciones a numerosas personalidades de Gijón: famosos médicos locales que la trataban como colega, sin reparar en que apenas si tenía estudios básicos, responsables de instituciones públicas que habían accedido a colocar a sus hijos sólo tras creer que era poseedora de una enorme fortuna e, incluso, pufistas en ciernes que le habían pedido avales para comprar pisos y fincas.

Y al final…
Gringa
Nelly Sacco en los años 80

Nelly Sacco Bakus fue condenada por la Audiencia de Oviedo a quince años de cárcel y a seis por la de Sevilla, pero apenas si llegaría a cumplir cuatro en total. Fue indultada en 1978 y se volvió a saber de ella en los años 80, cuando recapituló sus hazañas en una entrevista a la prensa. «Me habría barrido Gijón si hubiese querido«, dijo, y no le faltaba razón.

¿Habría confiado tanta gente como confió en la doctora Edwards si ésta se hubiera presentado pobremente vestida ante la alta sociedad gijonesa? ¿Hubiera gozado de tantas prebendas y de semejante confianza si, en vez de inventarse un cuento de princesas, hubiera contado una historia miserable de pobreza y necesidades? ¿Hubiera triunfado su plan de saberse que Nelly Sacco fue, en realidad, una limeña pobre que jamás había estado casada con un cirujano sino, como mucho, y de creernos las partidas de nacimiento de sus hijos Carmen (1958) y Jorge (1960), accesibles desde FamilySearch, de un contable llamado Federico García?

¿Hubieran creído a la Gringa de habérsela conocido como la Gringa y no tras un apellido anglosajón de sudamericana, sí, pero de sudamericana bien?

 

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