La mini-falda

La llegada de la minifalda a Gijón, allá por el verano de 1966, no siempre obtuvo críticas positivas. Es el caso de Luisa Balanzat, bastante contrariada por el invento ye-yé en este artículo publicado en VOLUNTAD.

– ¡Pues, ahora, voy y lanzo la moda de la mini-falda!

Esto exclamó un día cualquiera, un modista famoso, parece ser que inglés. Quizá padecía aquella tarde los molestos efectos de una digestión laboriosa, o puede que la niebla fuera más opresiva que otras veces… el caso es que ahí la tenemos, acatada por las mujeres con esa reverenciosa sumisión que hasta las más bravas guardan ante los caprichos de los dictadores más obedecidos de la historia. Como haber, ya hubo modas ridículas. Sin ir más lejos del siglo diecinueve, encontramos la moda del polisón que agigantaba en forma grotesca lo que el discretísimo Cervantes llamó el punto en que la espalda pierde su honesto nombre. Entre mis conocimientos poéticos, se cuenta una cancioncilla epogramática, heredada por tradición oral de mi abuela, que decía:

Las señoritas de ahora

dicen que no beben vino.

Debajo del polisón

llevan el jarro escondido.

Todo lo cual no arroja un índice muy elevado de abstemias entre las damiselas de la época. Hacia el siglo XVII surgió la moda del guardainfante. Eran faldas inmensas ahuecadas en toda su amplitud desde las caderas. Esta moda, como modo de ocultación, tenía más miga. No celaba a los ojos ávidos del público, ningún recipiente de vinillo más o menos peleón. Cuéntase que la moda del guardainfante fue lanzada para disimular los resultados del liviano desliz de una princesa.

La mini-falda nada oculta. Incluso deja ver más de lo que fuera deseable. En vano las timoratas juran y perjuran que no se la pondrán. Los modistas se sentirán lógicamente entusiasmados ante la posibilidad de cobrar diez mil pesetas mondas y lirondas por un modelito confeccionado con medio metro de tela. Ya sabrán ellos insinuar pérfidamente a sus ricas clientelas -flacuchas y orondamente gordas-, mediante oportunos lavados de cerebro, que la mini-falda es la panacea común para las anatomías que pecan por defecto y para las que pecan por exceso.

Muchas cosas que parecían de inminente realización han fallado desde que el mundo es mundo. Lo que no ha fallado nunca ni fallará jamás son los refranes. No digas nunca de esta agua no beberé, aconseja uno de ellos. Por eso, una mujer medianamente avisada, se guardará muy mucho de anunciar que no piensa seguir una determinada moda. Nos favorezca o no, allá vamos todas, con el último grito, puesto… o quitado. Nos veo, en el horizonte de un cercanísimo porvenir, pasando fríos de castigo durante el invierno y luciendo un tutú cortísimo y vaporoso de blanco tul, en el verano.

Si todos los cisnes son bailarinas que murieron, según la bella greguería del genial Ramón, ahora todas las mujeres podrán ser bailarinas, al menos en el atuendo, aunque luego, en la práctica, les pese media tonelada cada pie.

¿Qué significa, pues, la insolente, provocativa y minimísima mini-falda? Desde el punto de vista psicológico, puede ser la resultante de un incremento del cinismo o de un auge de la franqueza. Según cómo se mire. O nada hay que ocultar, o nos importa un bledo la opinión ajena… ¿Progreso? ¿Regresión? ¿Quién se atreve a emitir teorías propias aterrizando desde la especulación metafísica sobre pista tan resbaladiza?

¡Ay, doña Jimena, doña Elvira, doña Sol, doña Leonor y doña Aldonza, que vivisteis en época tal, en que ni el pie podían ver vuestros leales amadores! Yo me pregunto: ¿estaban acaso vuestros pies en condiciones de ser contemplados, sin merma del entusiasmo de vuestros gentiles caballeros? ¿O, quizá, quizá, abrigados por la seguridad dulce de su invisibilidad, andaban harto necesitados de agua, jabón, cepillo fuerte y tijeras? Ahora da gusto ver un pie femenino, pedicurado con esmero igual, al cuidado con que se manicuran las manos. Sus uñas son diminutos joyeles que rematan con brillante dignidad nuestro andamiaje. ¿Podrían decir lo mismo las recatadas o picaronas medievales?

Algunas ye-yé un poco demasiado precipitadas han salido a la calle con mini-falda y rodillas sucias. Imprudencia notoria y lamentable, pues si bien cierto es que no hay quince años feos, también es verdad que no hay rodilla bonita. Un personaje romano del Quo Vadis exclama en trance de interjección: ¡Por las blancas rodillas de las Grcias!. Ni se le ocurre invocar como testigos de su juramento las rodillas de una Calpurnia, Flavia, o Cornelia cualquiera, sino precisamente las de unas mujeres fabulosas y míticas que nunca existieron. ¡Así pues, amigas mías, piedra pómez y fregoteo concienzudo! Si hemos de lucir las bisagras de nuestras patitas, más o menos armoniosas, hagamos que sean -como mal menor- a base de higiene y astucia coquetona, aptas para todos los públicos.

Publicado originalmente en VOLUNTAD el jueves 16 de junio de 1966.

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