¡Y Gijón se hizo minifaldero!

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De la minifalda opinó hasta el Gaviotu.

Llegó, desde su casa natal en Carnaby Street, Londres,  acompañada del escándalo y se plantó en Gijón en el verano de 1966. Como elefante en cacharrería, la minifalda se impuso bajo las horrorizadas miradas de las mujeres decentes, las iracundas del clero y las apasionadas de los hombres de uno u otro bando. Lo que se consideró, con desprecio, como una moda irreverente -en el Salón de Confección del 9 de agosto, el reportero del Voluntad no se atrevió a preguntar sobre el tema a los expertos: este desfile que estamos viendo es cosa demasiado seria para salirse ahora con lo de la mini, aseguró-, había llegado, sin embargo, para quedarse.

Y llegó el escándalo

Las primeras muchachas ataviadas con minifaldas en Gijón, dos para más señas, se pasearon a mediados de agosto por la FIDMA y, algo más tarde, levantaron pasiones en el concurso de saltos del Hípico. Todo Gijón pasó a conocerlas como las de la minifalda y su palco, sin lugar a dudas el más contemplado por la concurrencia masculina, sería testigo de no pocas escandaleras. ¿Lo mejor? Que todo esto, incluida la decepción generalizada del 23 de agosto, día que refrescó y las de la mini se presentaron en el CHAS en pantalones, fue noticia en la prensa escrita. Para muestra, tres botones:

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Escándalo en la FIDMA el 19 de agosto…
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… excesivos mirones en el CHAS el 20 de agosto…
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… y la rotura de “relaciones” entre mirones y minifalderas del día 23.

El escándalo, claro, no fue del gusto de muchos. Luisa Balanzat, que ya se ha llegado a asomar por aquí haciendo incisivas y poco modernas declaraciones sobre la inferioridad mental femenina,  puso el grito en el cielo ya en junio, cuando no se había visto aún ninguna minifaldera por las calles de Gijón pero todo apuntaba a que poco tardarían en salir al aire las piernas de gozosas y, para la Balanzat, cínicas, imprudentes e incluso poco limpias jovencitas:

¿Qué significa, pues, la insolente, provocativa y minimísima mini-falda? Desde el punto de vista psicológico, puede ser la resultante de un incremento del cinismo o de un auge de la franqueza. Según cómo se mire. O nada hay que ocultar, o nos importa un bledo la opinión ajena.

Para el solaz del lector, La Cantera ha recuperado el artículo íntegro aquí (clic!).

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Minifalderas reivindicando. Londres, 1965
Más reacciones

Como la de la señora Sedeña, presidenta de la Asociación Nacional de Amas de Casa, que lanzó sapos y culebras en el Voluntad del 2 de agosto contra la moda de la mini.

Como española honorable antepongo la decencia y el pudor antes de seguir ese engendro abstracto, desequilibrado y burdo de la faldilla de bailarinas o patinadoras. Las persnas serias y correctas no seguirán nunca esa moda. (…) Los creadores de las modas, visto que las mujeres demuestran ser insensatas aceptando cualquier delirante engendro, preparan sus baterías para conseguir pingües ganancias basadas en las cabezas de chorlito que a ojos cerrados se suman a los grupos igualitarios que propicia la prensa y la televisión.

Y más de la Sedeña.

Es una incitación a la pornografía, no favorece ni a las mujeres flacas ni a gordas; enseña los muslos en forma desfavorable. Aparte de la inmoralidad que representa, a ls chicos decentes les molesta el espectácul, ya que altera su serenidad normal de la compañía agradable, sugiriendo pensamientos que son propios de otros lugares (…) Ha sido inventado para demostrar la poca cantidad de seso que se alberga en las vacías cabezas de las mujeres que siguen esas modas y para ponerlas en el mayor de los ridículos. Porque quizá el año próximo se va a llevar la falda hasta los tobillos.

Pues no.

Franciska, minifaldera por el talle alto

El 20 de agosto, sábado, actuó Franciska, joven y prometedora cantante internacional en los jardines del Parque Gijonés, teloneada por el grupo local yeyé Los Bríos y para amenizar el ya tradicional baile del vestido de papel. Y lo hizo en minifalda, aunque no demasiado mini a juicio de Morán, el reportero del Voluntad. ¿Adivinan a qué se orientó la primera pregunta? Exacto:

– ¿La mini-falda, es gusto personal o necesidad de la artista de estar a la moda?

– Gusto personal, pues creo que favorece mi figura, ya que tengo el talle muy alto.

No sabemos si quienes en la villa de Jovellanos respondieron airadamente contra el espectáculo de Franciska llegarían a vivir para ver cómo a su hija, Rebeca Pous, no le bastaba con la mini para mostrar los encantos de su cuerpo. Aún faltaban doce años para que la hoy cantante dance naciera y dos semanas para que llegase la polémica más extremada del verano a Gijón. Atentos.

Concurso de minifalderas yeyés
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Así se anunció.

Ocurrió el 30 de agosto. Aquel día, martes, se celebraba el primer festival yeyé de Asturias, organizado y subvencionado por el consistorio gijonés, con concurso de Miss Mini-falda incluido. Amenizado por Los Yutang y Los Espectros, cientos de jóvenes yeyés y algunas decenas de clásicos despistados se darían cita en el festival, que tuvo lugar en el Pabellón de los Deportes y en el cual se enfrentarían las piernas de ocho muchachas.

Sólo hubo dos españolas. La gijonesa Rosa María Casares y otra muchacha llamada, sencillamente, María Inés, desfilaron junto siete francesas traídas al efecto para promocionar la prenda del año: Annie Bonvarlet, María Cristina Boni, Christie, Claude y P. Laveau y Lilliane Alda. Ganó, con enorme ovación del público, María Cristina Boni, una francesita de color que llevaba la mini con mucho salero. Pero la alegría se desvaneció cuando el público gijonés, pelín mosqueado por las patas de pollo que lucía la tercera hermana Laveau, decidió tomar la duda por su propia mano y asaltar a la muchacha para verla de cerca.

El pabellón de deportes se quedó mudo en el momento en que se cayó al suelo la peluca de la minifaldera francesa. Sólo un grito interrumpiría el tensísimo momento:

–         ¡Pero si ye un paisanu!

El escándalo del verano

P. resultó ser de Pierre y Laveau de la familia Laveau de París, Francia. El de las piernecitas de pollo era un muchacho varón de catorce años de edad y su presencia en Gijón estaba siendo subvencionada por el ayuntamiento franquista gijonés. Así las cosas, la conmoción fue mayúscula y el escándalo, mayor. La organización del concurso nada sabía, así que no podemos cargarles la culpa, pero si darles un toquecito de atención, reprendió, confuso, el reportero del Voluntad el 31 de agosto, el día después, no sea que mañana nos anuncien una velada de boxeo y al acudir nos encontremos con una competición de brisca o tute. O peras y manzanas o manzanas y peras.

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Minifalderas a concurso, Gijón 1966. La de gafas es el muchacho.

El travestido yeyé sumió en el más profundo descrédito al consistorio gijonés, que jamás volvería a organizar nada que tuviera que ver con las minifaldas. En el Voluntad, órgano de Falange en la ciudad, definirían la anécdota como macabra, llegando a asegurar que eso de que una de las Miss fuese un míster tiene una gracia macabra que no acabamos de entender, tal vez por nuestro celtibérico espíritu. 

Tiempo tendrían a pulir, a la fuerza, aquello del espíritu celtibérico quienes criticaron a la minifalda por indecente e inmoral y se repugnaron ante la mera visión de un muchacho exhibiendo las piernas: en el verano de 1967 la mini se asentó en la moda popular y ya no fueron dos, sino centenares, las muchachas que la vistieron por las calles de Gijón; un año después Massiel, ataviada con una mini, triunfaría, ¡gloria nacional!, en Eurovisión. Poco faltaba para que llegara el destape. El progreso. La libertad.

¿Qué hacer? No llueve nunca a gusto de todos. Especialmente de los decentes.

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