El ocaso del Oasis

vln19550511Destacaba por su llamativa decoración de reminiscencias orientales cuando se inauguró, el 5 de junio de 1955, el Oasis Club en el sitio que antes había ocupado el Frontón, conocidísimo merendero de la primera mitad de siglo. No fue poca la publicidad que, para la ocasión, se publicó en la prensa. El slogan, “Como arrancado de las mil y unas noches, OASIS CLUB viene para su diversión, se acompañaba de sugerentes invitaciones sólo para las féminas. Y es que el Oasis fue la primera sala de fiestas que recurrió, por aquel entonces, a la conocida estrategia de permitir el acceso gratuito de las mujeres para atraer al otro sexo. El éxito fue tal que los empresarios se verían obligados de anunciar, ya el 24 de mayo, que no iba a haber entrada para todas:Siendo muy limitada la capacidad de OASIS CLUB, se advierte a señoras y señoritas que una vez repartido el cupo de invitaciones que la Dirección del mismo tiene asignadas, no será concedida ni una sola más, toda vez que ello perjudicaría, al dar lugar a un exceso de concurrencia, a las que ya la poseen.”

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El 19 de mayo, el periódico Voluntad publicó un sugerente reportaje en el que el Oasis se presentaba como un restaurante y sala de reuniones, con pista de baile incluida en el jardín, de extremado lujo y cuidado pero, sin embargo, precios populares.  “Oasis Club ofrecerá al público un esmerado servicio, tanto en cuanto a comidas y meriendas, como en aperitivos, sandwiches, café, licores, etcétera (…) este nuevo restaurante, que sin duda alguna viene a poner una nota de buen gusto y prestancia en la vida de Gijón y a prestigiar nuestra vida estival”.

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El Oasis, en 1956.

De cualquier forma, el Oasis destacó siempre más por sus fiestas que por su comida. En los tiempos en los que no había ni la tecnología ni la libertad moral que implican las de la espuma, que no llegarían hasta los años 80, el Oasis no se quedaba atrás. La Verbena del Globo, por ejemplo, comenzó a celebrarse en el mismo año de su inauguración, en la víspera de las Fiestas de Begoña. O el Baile de la Prensa, ya en los años 60, que caía en el mes de enero y que celebraban todos, o casi todos, los establecimientos nocturnos de Gijón. En el de 1961, el Oasis Club y el Acapulco compartieron espectáculo: la actuación de la egipcia Fátima, creadora del baile Mustafá, y, acto seguido, un ballet español liderado por la bailarina Pepita Jiménez.  Y, como buena discoteca que se precie -aunque aún no lo fuera de iure, sí lo era de facto-, también contaba con iniciativas orientadas, en el fondo, al noble arte de hacer que las parejas se arrimen: el concurso del limón y el del globo, por ejemplo, fueron inaugurados en aquel Baile de la Prensa del 61. Consistía el primero en que las parejas bailasen sosteniendo un limón entre ambas caras, en la frente; el segundo, en intentar romper el globo que el hombre de la pareja rival llevaba atado a la pierna y en intentar salvar el propio.

publi1959Albergaba el Oasis en su interior, además, la primera bolera americana que hubo en todo Gijón y, con su inauguración, también llegaron los primeros campeonatos, que hicieron las delicias de los gijoneses en los últimos años de la década de los 50 y que también trajeron polémica cuando, en el 57, se presentó una señorita a participar en ellos. María Rosa Jarabo, una madrileña que veraneaba en Asturias, llegó a ser entrevistada por el Voluntad, tal era el exotismo que suponía el hecho de que una mujer se interesase por una diversión típicamente considerada masculina. Tanto lo era, que a la Jarabo le llegaba a decir el periodista que ella, más que un novio, lo que quería era una enciclopedia de de deportes que le acompañase en todas sus aficiones y, ante la entusiasmada respuesta afirmativa de ella, la picota del Voluntad: “¡Pobrecito el afortunado! Lo que tendrá que bregar…” Cosas de la época. Como también fue comentada para bien, en el 59, la presencia en el Oasis Club de Ciudad Trujillo, una orquesta formada por músicos negros.

Renovarse o morir. A finales de los 60, la sociedad había cambiado y también sus formas de ocio, y el carácter de restaurante intergeneracional, de bailes de ambiente relajado y competiciones deportivas comenzaban a alejar al Oasis de la juventud. Los empresarios decidieron dar un giro al negocio y transformar la sala de fiestas en algo mucho más moderno: una discoteca-pop (así, todo junto), que sería inaugurada el 20 de agosto de 1971 con la presencia de Peter Pan,  “un acontecimiento musical con estreno de las últimas composiciones dedicadas a la juventud con inquietudes en el mundo pop. Pero no sólo cambiaba la música. En su nueva etapa, el Oasis trajo muchas novedades a una ciudad sumergida en una época marcada por los cambios que estaban por venir. El café-teatro, por ejemplo, fue inaugurado en Gijón entre sus paredes, de mano de la Compañía de Pilar de Molina y su obra Burbujas, una comedia sencilla de cuarenta y cinco minutos. Era diciembre de 1971. Peret tocó allí en 1974; en 1973, cientos de fans se llevaron un disgusto morrocotonudo cuando Danny Daniel, el artista gijonés de la indumentaria imposible, cancelase su concierto en la discoteca por enfermedad. No serían los únicos. Los muros del Oasis verían los directos, en los últimos años de los 70, de todos los conjuntos de moda. De moda, por supuesto, pop.

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¿Y ahora, qué nos queda?. ¿Sólo graffiti? ¿Rock? ¿Escepticismo? Durante los años 80, el Oasis se consolidaría como una de las salas de fiestas más populares de Gijón, que no tuvo su movida oficial, aunque debería. De aquellos años y los que los siguieron -los 90, los primeros 2000 de antes de la crisis- se acordará tan bien el lector como la que suscribe, de modo que no nos perderemos ahora -aún- en dejarlos por escrito. Sobrevivió el Oasis, tras aquella etapa dorada, a la caída de sus compañeros más jóvenes. La Quattro avilesina, el Tik gijonés. Consentimos, con nostalgia, pero consentimos, que la cirugía estética y los hipermercados ocupasen lo que habían sido nuestros cines y así, en medio de tanta locura especulativa, fue pasando el tiempo. El Oasis ya daba bocanadas agónicas cuando, en 2012, se transformó en discoteca low cost en un desesperado intento por preservarlo, pero nadie las escuchó. Este verano llegó la noticia. El Oasis Club, la discoteca pop Oasis, el Oasis, elija cada generación el nombre que más recuerdos le traiga, desaparece y, en su lugar, nos pondrán un McDonalds (otro más). Y se nos va la única discoteca que podía presumir, en nuestra villa de Jovellanos que ya no reconocería ni Jovellanos, ni el Gaviotu, ni Pepín de Celes, ni la Perala ni Rambal ni nadie, de haber hecho bailar sobre el mismo suelo a bisabuelos, abuelos, padres e hijos. Mercado manda, dicen. O mercaderes. ¿Hace una BigMac?

  • Posdata: En Gijón. De siempre recopilan imágenes de la discoteca Oasis. De la generación que sea, que son muchas.  Aquí.
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