Abril

Ni consta en los documentos ni nadie recuerda la fecha exacta, así que pongamos que ocurrió en abril.

José María había nacido en malos tiempos. Al desgraciado se le había ocurrido venir al mundo en plena guerra civil, la misma que se había llevado al abuelo Victoriano de forma prematura, y como si fuera una amarga predicción, su nombre había sido escrito por primera vez por un soldado que, desde el frente, felicitó a los padres por la futura buena nueva con caligrafía balbuceante y apretada en una cuartilla de papel de arroz estampada con la silueta de Franco y un ¡Arriba España! de color, irónicamente, rojo.

Se quiso criar, el pobrecillo, en el peor tiempo posible, dentro del vientre de una madre que, aunque mimada por todos, apenas si podía llevarse a la boca una sardina pasada, un trozo de torto reseco, un puñado de castañas. Todo, los animales, los cultivos, la dignidad, se lo había llevado la guerra. Delfina se apretaba la barriga, protegiéndola como podía, cuando los soldados la llevaban a palos a la iglesia y le hacían fregar el suelo sacro hasta que las rodillas sangrasen y la espalda chillara de dolor.

El caso es que José María nació condenado. Vino al mundo en la calma chicha de después de la tormenta, al final de la guerra, sin un pan debajo del brazo, con la mirada perdida y un quiste en la espalda que le condenaba a muerte. Delfina pagaría con años de problemas de salud la miseria de la guerra y de la posguerra; como si no hubiera sido bastante con la espina bífida que se llevaría a la tumba a su bebé.

Pasaron apenas meses de desvelo nocturno, meses que parecieron años y que siempre se quedarán en la memoria de quienes los vivieron manchados del desesperado llanto de un bebé que se estaba muriendo pero que se aferraba a la vida como podía. Fueron meses tan amargos que nadie recuerda hoy, setenta años después, cuándo se acabó todo. Pongamos que fuera en abril.

Fue Manuel quien enterró a su hijo, al que se le quedaba grande incluso el ataúd más pequeño que pudieron conseguir, porque a Delfina le fallaban las fuerzas. Y de camino al cementerio, por la carretera por la que tantas veces había bajado José María dentro del vientre de su madre mientras un soldado la encañonaba, aterrorizados los dos, se puso a llover como no recordaban ni siquiera los viejos del pueblo. Llovió tanto que su blanco ataúd quedó casi flotando dentro del agujero donde Manuel, desgarrado de dolor, lo enterró.

Era 1940. Y Manuel, que nunca había tenido miedo a nada más que a lo que no existía -que por eso cerraba bien las ventanas de noche, no se fueran a oír los aullidos de la güestia-, desarrolló el terror aparentemente absurdo de volver a enterrar a un ser querido en un día de mal tiempo. Casi cincuenta años después, cuando miró hacia la ventana del hospital en la noche en la que se iría para siempre, y comprobó con pánico que diluviaba, recordó al hijo muerto.

Ocurrió en abril.

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