Criados por lobos

Caía la tarde de algún día indeterminado de 1725 cuando la jauría de perros tricolor del rey Jorge rodearon un punto de los bosques de Hamelin, Alemania, donde el inglés pasaba unos días alternando asuntos de alta política y la caza del zorro. Ya empuñaban sus armas la caterva de acompañantes del monarca cuando de la maleza surgió algo muy diferente a lo que esperaban encontrarse. En lugar de un bello zorro anaranjado de cola frondosa, les salió adelante una mata de pelo con un niño debajo; un ser humano de mirada perdida que atacaba a sus perros como si fuera una bestia más y que se desplazaba a cuatro patas. Se entendió, al igual que si la presa de aquel día hubiera sido el esperado cánido, que el niño pertenecía a la expedición que -no sin esfuerzo- lo había capturado, y al regreso del rey Jorge a Gran Bretaña, se lo llevaron, enjaulado e irritado, como curiosidad.

Peter
Peter (c.1713-1785)

Lo llamaron Peter y se lo regalaron a Carolina, la hija del rey, no sin antes exhibirlo primero por las ferias de medio país. La joven, enternecida por el fiero muchacho salvaje, decidió darle una educación que le permitiera hablar y comportarse en sociedad. Todos los intentos fueron en vano. Peter jamás llegaría a poder comunicarse más que por gruñidos infrahumanos, nunca dejó de crecerle el pelo por todas las partes de su cuerpo ni, ni mucho menos, consiguió adaptarse a la vida en la corte; tenía tendencia a escaparse, tales eran sus ansias de libertad, y por ello hubo de hacérsele un collar con su nombre, cual si fuera un perro. El salvaje fue uno de los primeros casos realmente documentados y contrastados de niños ferales en el mundo, un fenómeno que con el tiempo se iría reduciendo, especialmente en Europa, aunque nunca haya llegado a desaparecer. Son historias dramáticas de niños abandonados a su suerte, en los que es difícil trazar un pasado veraz -en el caso de Peter, imposible-, pero también un futuro certero.

Peter, el niño salvaje, acabó muriendo de anciano, en 1765, una suerte que pocos niños ferales han llegado a disfrutar. Hace cuatro años, los investigadores acabaron por dilucidar que muy probablemente el niño salvaje de Hamelin padecía el síndrome de Pitt-Hopkins, una mutación genética que produce retraso mental y unas características físicas acordes con los retratos hoy conservados de Peter: orejas gruesas, nariz elevada, labio superior en forma de arcos, baja estatura y ojos hundidos.

Marie-Angélique, la niña de Champagne (c.1712-1775)

Aunque la causa del abandono de muchos niños que con posterioridad se convirtieron en ferales fue, precisamente, el haber nacido con retraso mental, tal distinción no se da en todos los casos. Seis años después del hallazgo de Peter, en 1731, fue capturada en la provincia de Champagne una joven de piel oscura y peluda que presentaba características animales: no sabía hablar, movía los ojos constantemente en un permanente estado de alerta y se defendía utilizando armas simples como palos de cualquiera que intentase acercarse a ella. Renombrada Marie-Angélique, la joven -se calcula que tendría unos diecinueve años al ser capturada- pudo narrar su historia poco tiempo después, cuando recordó la habilidad de hablar, y se supo entonces que era de origen amerindio, nacida en Wisconsin y traída a Francia como criada de una dama pudiente con nueve o diez años de edad; la muerte de su dueña, víctima de la peste bubónica, hizo que, desamparada, acabase internándose en el bosque.

Marie-Angélique es la niña feral que más tiempo permaneció sin contacto humano: diez años en los que hubo de aprender a buscarse el alimento por sí misma y a defenderse de las fieras. Sin embargo, a pesar de lo prolongado de su aislamiento, fue rápidamente reeducada y consiguió llegar a leer y a escribir, a comportarse en sociedad, llegando a pertenecer a la corte de Luis XV, y a construir una relativa fortuna monetaria. Murió a los 63 años de edad en París.

Victor, el salvaje de Aveyron (c.1790-1828)

Victor
Victor, el niño de Aveyron

El caso de Marie-Angélique fue pronto olvidado, ensombrecido por el caso que estaría por convertirse en el más famoso de toda la historia de los niños ferales. En 1799, en los bosques del Languedoc, se capturó a un muchacho de unos diez años que había sido avistado previamente recogiendo bayas. Cubierto de una espesa mata de pelo, lleno de marcas de haber luchado con animales y con comportamientos dignos de una bestia salvaje (llegaba a convulsionar en los momentos de rabia), Victor fue enviado a la capital para ser estudiado, desatándose una verdadera revolución científica que enfrentó a dos expertos: Philippe Pinel, por un lado, que decía que Victor era un retrasado mental sobre el que no se podría hacer progreso alguno, y Jean Marc Itard, por otro, que decidió intentar habilitar al niño en sociedad.

Fue imposible. El niño, que ya se aproximaba a la pubertad, no progresó todo lo deseado por Itard y acabó muriendo muy joven, con unos treinta años, dejando un regusto amargo en la comunidad científica, que esperaba con esperanza los avances en el terreno de la rehabilitación de este tipo de niños. La veracidad del caso de Victor, quizás el más famoso de entre todos los niños ferales anteriores al siglo XX, ha sido, sin embargo, puesto en duda recientemente por Sèrge Aroles, estudioso de este tipo de fenómenos, que afirma que Victor no habría sido un niño feral sino más bien una criatura con retraso mental congénito sometida en el pasado a abusos físicos y que no habría pasado demasiado tiempo en el bosque. Una historia similar a la de Kaspar Hauser, localizado en Nuremberg aproximadamente en el tiempo en que Victor murió, y cuya biografía dejaremos para otro momento por no estar vinculada a la vida en el bosque, sino más bien a un cúmulo apasionante de misterios y de intrigas aun por resolver.

“L’enfant sauvage” (Truffaut, 1970) se basa en el caso de Victor de Aveyron

Amala y Kamala, la historia de un timo 

En el siglo XX, las historias de niños ferales comenzaron a disminuir en Europa, generalizándose en cambio el conocimiento de casos en Asia. Quizás el más famoso de todos fue el de Amala y Kamala, dos niñas supuestamente encontradas en un bosque de Godamuri, cerca de Calcuta, por Joseph Amrito Lal Singh, director de un orfanato local, en octubre de 1920. Aparentemente criadas por una familia de lobos, las niñas, de unos ocho y dos años respectivamente, caminaban a cuatro patas -Kamala necesitó tres años de masajes en las piernas para acostumbrarse a la marcha bípeda-, tenían hábitos nocturnos y odiaban el sol; comían sólo carne cruda y tenían extraordinariamente desarrollados los sentidos del olfato y del oído.

AmalaKamala
Las supuestas Amala y Kamala.

Amala moriría, siempre según los testimonios del doctor Singh, al cabo de un año, víctima de una afección renal, y se hubo de separar casi a golpes a Kamala del cadáver. Sin embargo, los intentos de socialización de la mayor tras la muerte de la que se creía su hermana se facilitaron a partir de entonces, llegando a pronunciar monosílabos e iniciando ciertos intentos de marchar sobre las dos piernas hasta 1929, el año en el que murió, con una edad aproximada de 17 años.

Pero todo fue mentira. La generalización de unas fotos de las niñas en los años 30 y del diario del doctor Singh se han probado en los últimos años como falsos por autores como el ya citado Aroles, que logró obtener testimonios que probaban que las fotos habían sido hechas con otras dos niñas del orfanato que regentaba Singh, autistas ambas, que fueron mandadas posar como niñas ferales; el diario fue escrito años más tarde de la supuesta muerte de las niñas y, de hecho, las auténticas Amala y Kamala probablemente ni siquiera hubieran sido criadas en el bosque, aunque sí afectadas por cierto tipo de retraso mental: Singh solía golpear a Amala, según algunos testimonios, para hacer que fingiese comportamientos ferales enfrente de extraños. ¿La razón del timo? Muy sencilla: la obtención de fondos monetarios para el orfanato de Singh, que atravesaba una profunda crisis económica por aquel entonces.

Vicente Caucau, el niño puma chileno

Caucau
Vicente Caucau.

A Caucau, el niño puma, lo localizaron en 1948, cuando los vecinos del pueblo chileno de Río Pescado denunciaron que un ser del bosque andaba robando los huevos de sus gallinas y decidieron salir en su captura. Y vive Dios si lo encontraron: era un niño de unos diez años, totalmente cubierto de pelo y cuadrúpedo, que se resistió con uñas y dientes (literalmente) a ser capturado. La familia Caucau aseguró haberle perdido pocos meses atrás, lo cual contrastaba con el avanzado estado de feralización del niño, de quien luego se dijo que había sido cuidado por una manada de pumas.

Marcos Rodríguez Pantoja, el niño lobo español (1946)

La del cordobés Marcos Rodríguez es una historia triste. Vendido por su padre, que solía maltratarle, a un cabrero de Sierra Morena, cuando tenía ocho años, vivió con su nuevo dueño en una cueva hasta la muerte de éste, momento en el que se echó al monte para sobrevivir. Estuvo casi una década conviviendo con los lobos, con los que llegó a poder comunicarse -aún sigue pudiendo- y en total estado salvaje, hasta ser localizado, en 1965, por la Guardia Civil.

En el momento de su descubrimiento, el pequeño Marcos había olvidado ya el idioma humano y el realizar tareas como vestirse o comer con las manos, que recuperó pronto habida cuenta de la extraordinaria inteligencia que, según el antropólogo Janer Manila, tenía el niño. Llegó a adaptarse a la sociedad, si bien siempre ha afirmado que era más feliz cuando estaba en el monte, entre lobos y no entre personas.

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