Lo verdaderamente importante

Intenten ustedes hacerle entender a Mr. Pissarro que los árboles no son violetas, que el cielo no tiene el color de la mantequilla fresca… y que ninguna persona sensible podría aprobar tales aberraciones.

Albert Wolf, sobre la obra de Camille Pisarro (1876)

Es difícil explicar, para quien no quiera entenderlo, que lo verdaderamente importante no sea ni la ambición ni el triunfo. Es casi imposible hacer entender a quien nunca se lo haya planteado que poco importan en esta vida cuestiones tan banales como el dinero, el poder, los títulos, los diplomas y los sobresalientes; así como que tampoco importa el prestigio, ni la reputación, ni la fama. Ni tener el control de la situación ni dejar de tenerlo, ni memorizar hasta la muerte ni andar erguido por la calle, apenas sin poder mirar al suelo; ni tener configurada la vista tan hacia adelante que no se pueda mirar hacia atrás. Para con quien sepa poco de la vida es inútil intentar explicarle que palabras como élite, culmen, autoridad, beneficios, provecho, honra a cualquier precio, significan apenas nada. Para quienes son partidarios de los grandes placeres, esos que nos ciegan con tanto, tanto brillo que acaban por pasar inadvertidos precisamente por eso, es absurdo querer convencerles: no lo intente, querido lector, ni ponga en riesgo su paciencia. Nadie podrá convencerles y puede que sea mejor así, puede, tal vez, que cada uno consiga ser feliz a su manera.

Cada uno es feliz a su manera. Por eso a nadie le importa cómo sea feliz su contrario, y a nadie debe importarle. Los amantes de los grandes placeres jamás deben intentar convencernos a quienes ansiamos las pequeñas, puesto que nosotros les encontraríamos vacíos, totalmente huecos. Nosotros, sin embargo, tampoco debemos hacerlo, porque sólo lograremos parecer nimios, insignificantes y crédulos por comparar, o incluso poner por encima, esas cosas tontas con los grandes y sesudos sustantivos que el ser humano ha ido buscando insistentemente a lo largo de su vida y, por ende, de la historia.

No lo intenten, es absurdo. ¿Cómo explicar objetivamente que, al final de todo, sólo quedan los colores, la luz, las percepciones más básicas? Explicar que, a fin de cuentas, lo que nos habrá hecho llenarnos de vida es nuestro Rosebud particular, algo tan vulgar y absurdo que a nadie se le ocurriría mencionar en su autobiografía, aunque realmente haya sido lo más importante. Es imposible, en fin, explicar que la felicidad está en millones de cosas absurdas. En el olor a café por la mañana, en tumbarte en la hierba en un día de sol, en pasear con él de la mano al atardecer. En las risas de tu madre y en las manías de tu padre, en los gritos que tanto detestas, pero tanto te llenan, de los niños. En el pequeño placer que supone sumergirse en las páginas de un libro absorbente. En la antaño poderosa voz de tu abuela.  La felicidad está en un perro que te consuela en el momento más oportuno, como si lo supiera (porque lo sabe, sin lugar a dudas), en un abrazo de ánimo cuando más lo necesitas y en un hombro cálido en el que tengas la seguridad de poder llorar, hagas lo que hagas, sea por lo que sea. La vida consiste, ¿y cómo explicarlo?, en captar la belleza de las palabras y su sonido en uno u otro idioma cuando escuchas, cuando lees o cuando imaginas; la vida es, y lo siento por quienes abarcan metas más altas, oír los impertinentes chirridos de los grillos en una noche de verano.  Es la risa que te deja hasta sin respiración cuando menos te lo esperas y también es llorar y saber hacerlo además, sin vergüenza, sin traumas, saber llorar porque se es humano y se tiene ese corazón que tanto anhelan los hombres de hojalata. Vivir es el silencio que surge entre dos personas que no necesitan hablar para saber que desean estar juntas por siempre, vivir es el cacareo de las que no pueden dejar de parlotear y pisarse las palabras porque tienen tanto que contarse que tal pareciera que el mundo se acaba mañana.

Eso, todo eso y aún más pequeñas cosas insignificantes, es vivir. Eso y no otra cosa. Y la meta, el triunfo y la dicha es, cuando llegue el momento, poder recordarlo.

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