La zombi del Sucu (1910)

No se había apercibido el enterrador de los lamentos que, con extrema suavidad, llegaban del interior del cuarto hasta que no abrió la puerta y vio la escena, horrible, espantosa, indómita, macabra: sobre la piedrona donde se depositaba a los muertos antes de enterrarlos, donde se les preparaba para su viaje final, una niña de piel blanca como la nieve, pelo revuelto y dedos ensangrentados le imploraba ayuda, moribunda, después de haber roto con las uñas el ataúd donde la había metido el funcionario apenas unas horas antes. Ocurrió en miércoles, el 16 de marzo de 1910, en el cementerio gijonés del Sucu. O, al menos, eso dijeron.

La historia la publicó El Noroeste un día después. El 17 de marzo, una cigarrera hizo saber a un periodista que trabajaba para esa cabecera el rumor que desde por la mañana venía corriendo en la fábrica de Cimavilla, y un par de reporteros no dudaron en ir, a la hora del descanso, a cubrir tan extraordinario hecho. Se decía, se comentaba, se hablaba de que aquella semana una niña de seis años de edad, hija de un operario de la fábrica de Moreda, había muerto en medio de un ataque inesperado después de comer una manzana,y momentos después se quedó como un cadáver en la silla donde se hallaba”.

Titular de El Noroeste, 17 de marzo de 1910

El Noroeste tituló aquel extenso reportaje como Macabro suceso, porque realmente lo era. Parecía ser que, hechas ya todas las gestiones para proceder al entierro de la niña y firmado por un médico el certificado de defunción, el enterrador depositó sobre la piedrona el ataúd con la pequeña dentro para sepultarlo poco después. “La cubierta de la caja”, asegura el reportaje, apareció hecha pedazos y la criatura, llena de heridas, tendida boca abajo sobre una mesa y aún con vida”. Probablemente, aquejada de catalepsia, la pequeña hubiera utilizado el último hálito de vida que le quedaba en zafarse de su encierro de madera y, del mucho arañar la tapa de la caja, se había quedado prácticamente sin uñas; ahora, a gatas sobre la piedrona, agonizaba víctima de la fatiga y de la falta de oxígeno.

¡La probina fue conducida al Cementerio viva, presa de un ataque, y allí murió”. La noticia se extendió como la pólvora por toda la ciudad, poniendo en entredicho la labor de médicos y funcionarios del cementerio que en momento alguno habían conseguido darse cuenta de estar enterrando a una niña viva. A preguntas de los reporteros, el sepulturero del Sucu se puso extraordinariamente nervioso. Aseguró primero, negó después y, por último, vino a decirnos que nada podía manifestarnos, porque los libros obraban en poder del capellán”.

Playa
Gijón a principios del siglo XX

El escándalo fue tan mayúsculo como breve. A las pocas horas de salir el periódico del día 17 a la calle, el padre de la niña supuestamente muerta dos veces se presentó en la redacción, desmintiendo el suceso. Según Eufrasio, que así se llamaba aquel humilde obrero del Natahoyo, tanto su esposa como su hija mayor y él mismo habían examinado el cadáver de la pequeña, por lo demás enfermiza desde que nació, minutos antes de enterrarla; que en ningún momento la pequeña había revivido y que la escena, más digna de una novela de terror que de la vida real, de la piedrona, era tan falsa como dolorosa para la familia que ahora la veía hasta impresa en los periódicos.

Quien quedaba ahora en descrédito era El Noroeste. ¡Y de qué manera! Durante toda la semana, todos los estamentos a los que había ofendido el periódico con su extraordinaria historia de zombies fueron personándose en la redacción exigiendo rectificación inmediata; el Juzgado investigó los textos, el Colegio de Médicos denunció por infamias al reportero y dos periódicos rivales, de corte más conservador que El Noroeste, atacaron hasta la extenuación la profesionalidad periodística de sus trabajadores. Se decía que, con la publicación de aquella macabra historia, El Noroeste había manchado la imagen de Gijón, pintándola como salvaje ante el resto de España y las naciones extranjeras.

Y la historia murió, en fin, como nació, con el estruendo de la polémica resonando a sus espaldas y, después, el silencio. Y, ¡por cierto!, sin que nadie volviera a preguntar sobre el tema a aquel aterrorizado sepulturero, que con tanto nervio inexplicable, habida cuenta de la supuesta normalidad de aquella muerte, había contestado con divagaciones e incoherencias a los reporteros, y que jamás volvió a entrar en el cuarto donde reposaban los muertos sobre la piedrona sin antes prender un candil, por si las moscas…

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