Los misterios de Tximista Enea. El crimen de Lasarte (1917)

Antonia Beloqui
Antonia Beloqui Vidarte

Pocos en Lasarte trataban a Antonia Beloqui. Aquella vieja huraña y, a juicio de sus vecinos, de extrañas costumbres, había llegado al pueblo pocos años atrás, cuando el estallido de la Primera Guerra Mundial la llevó de vuelta a su tierra natal. Antonia Beloqui Vidarte, a la sazón de 74 años de edad, se había marchado a Francia hacía más de medio siglo para huir de la miseria y para cuando volvió, ya anciana, lo hizo con la cartera llena, varias propiedades en Gipuzkoa y en París y pingües inversiones en las bancas nacionales de media Europa. El origen de aquel dinero era, para los lasarteoriatarras, tan misterioso como la propia vida de la vieja Beloqui, poco dada a expansiones sociales y que gastaba sus días de vejez encerrada en Tximista Enea, un casoplón en pleno centro de Lasarte, y en frecuentes viajes en tren a París con la finalidad, o al menos eso afirmaba ella, de controlar sus negocios en la capital francesa y ponerse al día de sus finanzas.

Por eso, por aquella vida que más tarde los periódicos calificarían de “irregular y bohemia”, nadie en el pueblo cayó en la cuenta de que, a mediados del mes de noviembre de 1917, la anciana dejó de dar señales de vida. Para Nieves Ibarra, la criada de Tximista-Enea y una de las pocas personas que mantenían contacto habitual con Beloqui, la ausencia de la rica hacendada no era motivo de preocupación dadas sus más que frecuentes excursiones al país vecino; precisamente, Ibarra sabía que el domingo 17 de noviembre su propio hijo, Prudencio Zozaya Ibarra, de 32 años, había acompañado a la anciana a Irún para que ésta cogiera el tren directo a París.

Pero Antonia Beloqui estaba mucho más cerca de lo que todos pensaban.

Unas navidades para recordar
Prudencio_Zozaya
Prudencio Zozaya Ibarra

Las de 1917 fueron las mejores navidades que había tenido el pueblo de Lasarte en mucho tiempo. La inestabilidad de un mundo sumido en guerra había hecho que regresasen a casa muchos indianos que, como Antonia Beloqui, un día abandonaron de puro hambrientos su tierra natal y que ahora volvían a manos llenas y, sobre todo, deseando demostrar la excelente posición social de la que ahora gozaban. Prudencio Zozaya, el hijo de la criada de Beloqui, era uno de aquellos emigrantes retornados exitosamente, que, tras su paso por América y Francia, no podía esperar para exhibir a sus vecinos la fortuna hecha al otro lado del océano.

Zozaya, solterón irremediable, aficionado al turf (las apuestas en hípica) y a las tabernas, proporcionó a sus vecinos, aquel año, las mejores fiestas que hubieran podido imaginarse. Pagó de su bolsillo una gran champanada popular, el disparo de cien cohetes para delicia de los niños lasarteoriatarras y un brunch al que concurrieron los más importantes jockeys y entrenadores que se encontraban compitiendo en el recién inaugurado (1916) hipódromo de Lasarte. Aquellos días rondaba por el pueblo José Bernardo Beloqui, hermano de Antonia y residente en Pasaia que se alojó en Tximista Enea alarmado por la ausencia de su hermana, y no pudo menos que sorprenderse por el hecho de que Zozaya, a pesar de tener dinero para invitar a champán a todo el pueblo, llevase mes y medio alojado en la casa donde trabajaba su madre, en una humilde habitación destinada a los sirvientes.

La extraña situación hizo que Beloqui, convencido de que algo malo le había ocurrido a Antonia, se decidiese a denunciar su misteriosa desaparición.

El secreto de Tximista Enea
La casa de Tximista Enea, en 1918
La casa de Tximista Enea, en 1918

El 1 de enero de 1918, José Bernardo Beloqui denunció la desaparición de su hermana Antonia en la Inspección Gubernativa de Donostia, ante el jefe del cuerpo de vigilancia, señor Coll. Coll, que iba a ausentarse unos días, dejó encargado de la investigación de Lasarte a Arturo Pérez Atanay, segundo jefe de vigilancia, que a la mañana siguiente partió a Tximista Enea con dos de sus hombres, David de Prado y José Ávila, para interrogar a Zozaya.

A pesar de que el hombre -que los periódicos no tardarían en definir, de forma poco simpática, como un infeliz, bajo de estatura, con algo de estrabismo en la mirada– negó saber nada sobre el paradero de la anciana, más allá de haberla acompañado a Irún el pasado 17 de noviembre para coger un tren a París, los investigadores consiguieron ocuparle gran número de efectos personales que habían pertenecido a Antonia y que ahora Zozaya escondía en su cuarto en Tximista Enea: el pasaporte, con su carnet, de la anciana, expedido en 1915 y por tanto aun en validez, una carta dirigida a la misma por una amiga a París, fechada en 1912, un recibo del Comptoir National d’Escompte en su sucursal de Donostia, la copia de un telegrama remitido por Beloqui a Zozaya y el borrador de poder para que Prudencio pudiera disponer de sus propiedades para venderlas, así como varios resguardos de depósitos del banco francés por valores que la anciana poseía en las rentas rusa, rumana, búlgara y en las minas de Riotinto.

Tanto la inmediata detención de Zozaya como la extraña riqueza de la anciana salpicaron de escándalo al pueblo de Lasarte. ¿De dónde había sacado Beloqui, que más de sesenta años atrás había abandonado España como criada, tan pingüe fortuna? ¿Por qué la manejaba, ahora, después de su desaparición, Zozaya, incluso con documentos firmados por la anciana que le autorizaban a ello? Muchas sorpresas, y no demasiado agradables, esperaban a los ávidos lectores de La voz de Guipúzcoa, el periódico que levantó la liebre publicando por primera vez, el 5 de enero de 1918, la misteriosa desaparición de Antonia Beloqui.

Ese mismo día se encontraría su cadáver.

El crimen de Lasarte
La Constancia 1918 01 06
“La Constancia”, 6. 1. 1918

En la noche del 4 de enero, los investigadores finalizaron su jornada laboral bajando, sin demasiada esperanza, al sótano de Tximista Enea. Habían barrido la casa de pies a cabeza sin poder encontrar más pruebas sobre la desaparición de Beloqui que los documentos requisados a Zozaya, y era previsible que el rastreo en el sótano no aportase ninguna información extra a lo poco que aun se sabía sobre el caso. No fue así. Allí les llamó la atención un montón de troncos colocados con gran precisión en un área muy concreta del recinto y, sospechando lo peor, los guardias Prado y Ávila procedieron a apartarlos, descubriéndose bajo ellos la boca de un soterraño bajo el cual se apreciaba tierra removida.

En un momento determinado aparecieron por el lugar los perros de Antonia Beloqui, que se lanzaron de inmediato a escarbar la tierra oculta bajo los troncos, aullando y ladrando de la emoción. Allí, en la mañana del 5 de enero, se encontró el cadáver de la anciana. Bien conservado por el frío del invierno, el cuerpo contenía una sorpresa más: introducida a presión en la boca y llegándole hasta bien avanzada ya la garganta, la toquilla que Beloqui solía vestir a diario se convertía, ahora, en el arma que le había quitado la vida en lo que los periódicos ya titulaban “el crimen de Lasarte“.

La confesión

Prudencio Zozaya no tardó en confesar su implicación en el asesinato de Antonia Beloqui. Aquel hombre de apariencia más bien desagradable, ciego de un ojo después de haber sufrido un accidente en uno de los buques en los que había navegado, estrábico del otro, de escasa estatura y afición a la botella estaba lejos de ser el potentado económico que había aparentado ser, ahora se sabía que valiéndose del dinero de Antonia, en las últimas navidades. Sin embargo, Zozaya negó hasta el último momento haber cometido el crimen con premeditación y con la idea de robar a la anciana, un extremo que, en cualquier caso, hubiera implicado a su madre, la criada Nieves Ibarra, que no llegaría a vivir para ver juzgar a su hijo al año siguiente.

El Alcalde de Donostia y el Gobernador Civil visitando el lugar del crimen
El Alcalde de Donostia y el Gobernador Civil visitando el lugar del crimen

Según la versión de Zozaya, en la noche del 17 de noviembre de 1917 y después de cenar, cuando él se encontraba en estado de embriaguez, Antonia Beloqui se había sentado a leer el periódico en el salón de la casa, en uno de cuyos sofás reposaba también él, y había comentado los sucesos de la Gran Guerra que por entonces ocupaban las páginas de los diarios. El ejército alemán, según la anciana, estaba a punto de apoderarse de toda Francia para, después, entrar en España. “Harían bien”, se le ocurrió decir a la Beloqui, “porque ni franceses ni españoles valen para nada”. Herido en su pundonor hispano-galo (Prudencio había nacido en Ciboure, en el Iparralde, hijo de francés), Zozaya, siempre según su versión, se enfureció, golpeando a la anciana con una cacerola de hierro e introduciéndole la toquilla en la boca para evitar que gritase, sin ánimo de producirle una muerte que, sin embargo, le provocó prácticamente de inmediato. Asustado, ordenó a su padrastro -Nieves había vuelto a casarse tras la muerte del francés-, José Nazabal, que cavase un hoyo en el sótano, sin que éste supiera la macabra finalidad para la que iba a servir.

¿O sí que la sabía?

Muchos cabos sueltos

El 31 de abril de 1919 arrancó el juicio contra Prudencio Zozaya por el asesinato y robo de Antonia Beloqui y la posterior ocultación de su cadáver. Aunque Zozaya jamás se desdeciría de su versión inicial, muchas pruebas hacían pensar al fiscal de que la muerte de la anciana no se había producido por una discusión banal, como él afirmaba, sino que había sido premeditada y quizás no sólo por Zozaya. Ramón Yarza, un hombre de Lasarte que solía viajar a Donostia, compareció en el juicio para asegurar que, días antes de la desaparición de la anciana, Prudencio Zozaya le había encargado comprar varias dosis de cocaína, por aquel entonces una droga legal que se vendía en las boticas, para tratarse los callos.

Aunque los peritos médicos no fueron capaces de encontrar restos de la cocaína en el cuerpo de la anciana, el fiscal creía firmemente que Zozaya había debido usarla para adormecer a su víctima, que a pesar de su edad disfrutaba de una buena salud y una fuerza considerable, y facilitar, así, su muerte, que se habría producido, además, por asfixia y no por un golpe efectuado en un momento de ira. La autopsia había revelado que Antonia Beloqui no había sufrido, efectivamente, golpe alguno en la cabeza, pero sí una presión complementaria a la asfixia que le produjo la toquilla insertada a la fuerza en la boca: Zozaya había hecho uso de las manos para acelerar el ahogamiento de su víctima.

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Reportaje del crimen en “Mundo Gráfico”

Pero, además, ¿cómo había podido Prudencio Zozaya conservar el secreto del crimen, máxime cuando la fecha de desaparición de la anciana coincidía, misteriosamente, con  la época en la que él había comenzado a gastar de forma más que pública el dinero del que hasta entonces -y llevaba en España medio año- no había disfrutado? ¿Realmente a Nieves Ibarra, la criada de Beloqui y madre de Zozaya, no le había extrañado aquel repentino cambio de hábitos de su hijo? ¿Nadie de quienes habían tratado a Zozaya veían raro que, de la noche a la mañana, un pobre emigrante retornado sin un mendrugo que llevarse a la boca, sifilítico, como reconoció en el juicio, y analfabeto se codease con los mismos jockeys de medio mundo con los que también se codeaba el rey Alfonso XIII? Cuando Luis Tovar, vecino de Lasarte, reconoció haber falsificado la carta por la que, supuestamente, Beloqui había escrito dándole poder total a Zozaya sobre sus bienes, ¿no fue consciente de lo que hacía? El que Nieves hubiese ordenado a otro vecino, Ignacio Otxotorena, que depositase ordenadamente los troncos justamente sobre la improvisada de Antonia, ¿fue sencillamente casualidad?

Muchos cabos sueltos ondeaban sobre un crimen que, además, tenía otro extremo más que misterioso: cómo había obtenido Antonia Beloqui todos aquellos bienes que, mezclados con la peligrosa codicia de Zozaya, habían sido la causa de su muerte.

La vida bohemia de la vieja Beloqui

Ése fue el asunto que, sin tener aparente conexión directa con el crimen, captó más la atención del público y del tribunal. La versión oficial, la mantenida por Antonia Beloqui en vida y la que esgrimía el fiscal, que llegaría a decir que aquel crimen no era la obra de un hombre, sino la obra del Genio del Mal, que parece haberse encarnado en la figura de ese sujeto que se sienta en el banquillo, era que la fortuna de la anciana no respondía más que a un cúmulo de casualidades, de la buena fortuna y de una excelente administración. Según esta versión, Beloqui había servido como criada en su infancia y adolescencia para una familia adinerada de Donostia, y más tarde, ya radicada en la capital francesa, obtuvo cierta fama como cocinera. Su temperamento económico, su conocimiento profundo de la política internacional y sus dotes para la administración de las finanzas habían dado como resultado que se enriqueciera al jugarse todos sus ahorros, conseguidos tras toda una vida de intenso y honrado trabajo, en una jugada en la Bolsa, aprovechando la bajada de los mercados españoles en las guerras coloniales.

Prudencio Zozaya, el presunto asesino de la Beloqui, sostenía una versión radicalmente diferente. Aseguró en el juicio que si él había recabado en casa de la anciana no había sido por necesidad -previamente, y tras su llegada de América, residía en Rentería, donde sobrevivía en base a su trabajo de camarero-, sino por la insistencia de Antonia, que, encaprichada con él, le había llegado a rogar que hiciesen vida marital. Según lo que aseguraba Zozaya y, por extensión, su abogado, la Beloqui había obtenido todas sus riquezas de su trabajo en Francia como prostituta primero y como proxeneta después, habiéndose enfrentado a la justicia francesa por especializarse en el comercio sexual con menores. El abogado de Zozaya llegaría a conseguir la sentencia de un juicio dictada en París, por medio de la cual se había condenado a Beloqui a pagar 40.000 francos como castigo a haber proporcionado niñas, con finalidad sexual, a sus clientes; una cantidad que la anciana, enriquecida en base a tan dudoso arte, no tuvo problema en abonar.

Capítulo final: pena de muerte sin muerte

Sea como fuere, con todos los misterios que rodeaban al caso, estaba claro que era Prudencio Zozaya quien había acabado con la vida de la vieja Beloqui. El 2 de abril de 1919 el tribunal popular le condenó a la pena de muerte en garrote, acusado de robo y asesinato. No llegaría a cumplirla; pocos civiles, en aquel tiempo, llegaban ya al cadalso. El rey Alfonso XIII le indultó a finales de enero de 1920, junto a un moro condenado también por asesinato por la Audiencia de Tetuán, en una de las muchas amnistías que cada año conmutaban la suerte de los condenados por otro castigo menos polémico.

¿Sabría Alfonso XIII que aquel a quien acababa de indultar había sido, como él, aficionado a la hípica, tanto como para ponerse en evidencia ante todo Lasarte, tanto como para haber tirado al traste un crimen que pudo haber sido perfecto?

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