Tipología del sufrimiento

Lo sé, pequeño, lo justo sería que viniéramos con un manual debajo del brazo. Un manual sencillo, impreso a una tinta sobre papel del barato, como uno de esos manuales de instrucciones absurdas que vienen con cualquier aparato mecánico, aunque éste no requiera de explicación. Tendría, de hecho, aún más justificación, ya que esos engorrosos libritos muchas veces nos lían la madeja más que explicar nada, y sin embargo éste sólo debería tener una frase, una sola frase y muy concreta, el ABC de la vida, sencilla y rotunda: Se informa al usuario que la vida genera sufrimiento de varios tipos e intensidades; siendo éste un efecto secundario frecuente y por el que no ha de caber excesiva preocupación dada su total y absoluta normalidad.

Que se sufre, sí, que todos sufrimos. Qué funcional sería que nos lo dijeran nada más venir al mundo, aunque a la vez qué inútil: la verdadera esencia del sufrimiento está en que, cada vez que llega, por más experiencia que se tenga, parece que es insoportable y definitivo. Además de eso, lo malo es que no hace falta ser desgraciado para sufrir. Así de cabrón es quien o que nos haya puesto en este mundo, llámenlo Dios, azar, Alá o la nada. Y a lo largo de tu vida, pequeño que llegas a esta jaula de grillos llamada Tierra, irás conociendo todos los tipos de sufrimiento posible. El que da la soledad, por ejemplo, que es hueco y grandísimo en volumen aunque no en intensidad, ya que se mete en tu alma poco a poco, casi sin enterarse uno. El de la rabia, que casi quema y llega de repente, como una llamarada por dentro del cuerpo, y aún cuando se disuelve se resiste a morir y sigue palpitando aún un tiempo en el pecho.

El sufrimiento que causa perder a alguien a quien amas y saber que jamás volverá es uno de los peores, porque te clava su aguijón venenoso en la espalda y jamás lo derrotas. Permanece latente, como una enfermedad, dentro de tí, manifestándose de vez en cuando, cuando un día piensas más de la cuenta o te encuentras bajo de forma. También está el que, dentro de este tipo, sí llega a desaparecer, y que se da cuando se pierde a alguien que, o bien sólo quieres (que es un verbo mucho menos definitivo que el de «amar«), o bien puede ser sustituido en tu vida. Éste es rabioso y genera litros de lágrimas, es estridente como una rabanera, y aparenta más intenso de lo que realmente es.

Sufres también por las injusticias que tiene la vida y, si bien éste debería ser el mayor sufrimiento, dado que las causas que lo generan son las más importantes, no lo es. Por el contrario, es el más productivo, ya que de él se aprende, y poco a poco, cuando las injusticias se van sumando la una sobre la otra, aprendes a convivir con él hasta hacerlo casi un amigo. Es, de hecho, el único sufrimiento con el que entablarás lazos de amistad, un compañero que te ayuda a sobrellevar las putadas que necesariamente te van a tocar por sorteo natural, con sus terminaciones y sus premios gordos, en este tránsito mundano.

Quedan engoblados hasta ahora, así, los sufrimientos que causa el amor y la muerte; la vida tal cual es vida y la amistad o la ausencia de la misma. Y aún quedan. El sufrimiento por celos y por envidia, por ejemplo. La envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come, decía Quevedo, y por eso cuando sufrimos por sentir celos se nos genera una sensación de hambre extrema. Es un dolor ácido, un pinchazo en el pecho con ceño fruncido y muy difícil de superar especialmente si nos lo proponemos. Lo mejor para combatirlo es intentar no fijarnos en él. Sólo así, algún día, harto de no recibir atención, se va, aunque siempre dispuesto a volver.

Está el sufrimiento de impotencia, que es de los más desgarradores por lo vacíos y por lo irremediables. Es, a fin de cuentas, el que nos sobreviene en los momentos previos a morir, o al menos eso es lo que me ha parecido siempre que debe ocurrir. Nos hace pequeños, nos aplasta contra el suelo y nos convierte en hormiguitas insignificantes sin ningún tipo de control sobre nada ni nadie.

Por último -y esta lista es sólo de los más importantes y generales, pues, como todo, el mundo de los sufrimientos está lleno de matices y es infinito, único, personal e intransferible de cada uno de nosotros- está el colmo de los sufrimientos, que es el que genera el cuerpo azarosamente, sin motivos ni razones, sin más. Que llega de repente y es insufrible como una china en el zapato, porque, como ella, al principio no sabes de dónde procede ni, por tanto, cómo erradicarlo, y que no tiene curación posible más que la de detenerse repentinamente, tan aleatoriamente como viene.

Son muchos, pequeño que vienes al mundo, los sufrimientos que te esperan, son muchos y muy engorrosos. Pero, jamás lo olvides, sobre todo son tuyos y la causa más importante de que existan es que estás vivo. Por eso hay que aprender también a aceptarlos.

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