Crónica de sangre. Los niños del Canal (1884)

Fue uno de los mayores misterios del Madrid de una belle èpoque que no era tan belle para las clases menos pudientes, eternas beneficiarias de la miseria y el desamparo en una capital de reino donde, a la noche, todos los gatos eran pardos y nadie, o casi nadie, reparaba en si había un pobre más o un pobre menos. El domingo 16 de marzo de 1884, el niño de ocho años Julián Ramírez Juan, hijo de humildísimos jornaleros de origen andaluz, salió de su casa en el bajo del 3 de la calle Zurita, en Lavapiés, con uno reales en el bolsillo. Su madre le había encomendado comprar el pan para la cena, pero Julianín nunca volvió a tiempo. Lo encontraron tiempo después, al albor del lunes, sumergido en un charco al lado del Manzanares, con el cuello casi separado de la cabeza y -sorpresa- acompañado: al lado de su cuerpo reposaba el cadáver de José Gómez Cobos, de doce años y residente en la calle Martín de Vargas, en Embajadores.

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Madrid, año 1880

De la misma guisa ambos. La misma herida: un profundo tajo que desgajaba la carne del cuello, partiendo de la oreja para acabar en la garganta. El mismo resultado: un desangramiento tal que los cadáveres habían aparecido pálidos como la nieve, porque cuando se saja la yugular, como era el caso, la sangre sale a borbotones, aprisa y con energía, con la misma fuerza que, al tiempo, va perdiendo el cuerpo. Fue una escena horrible que se clavaría en la mente de todos cuantos la presenciaron y que vendría a denominar el crimen en cuestión como el del Canal, por encontrarse los niños a los pies de uno de los molinos del susodicho, del Manzanares (río, por otro lado, amigo de misterios y macabras historias).

La primera versión de lo sucedido duró tanto como tardó en encontrarse todo el dinero que llevaba Julianín aquel domingo en sus bolsillos: estaba claro que el robo no había podido motivar el doble asesinato, que saltó a la prensa regional con tanto ímpetu como, durante muchos años, afloró en la rumorología madrileña. En los meses siguientes se llegaría a inculpar a personajes tan dispares como un vendedor ambulante de paraguas, acusado, quizás, de gustar de la compañía de niños varones; un misterioso amante de una mujer casada que se habría deshecho de las dos únicas criaturas que, por casualidad, habían descubierto su secreto e, incluso, el hermano de uno de los niños. Ninguna de esas líneas de investigación dio resultado, y el caso del Canal quedó como una china en el zapato de las autoridades madrileñas, que no pudieron (o no supieron, como contaba otro de los rumores, el más grave y que conocerá pronto el lector) resolver el primer crimen mediático que, en España, protagonizaba la sangre de dos niños de tierna edad.

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Madrid, 1890

En mayo de 1889, más de cinco años después, un hálito de luz pareció iluminar el caso del crimen del Canal. El capitán general de Cuba recibió una carta, firmada por un soldado llamado Fructuoso de las Heras Sanz, en la que éste aseguraba haber encontrado a uno de los asesinos de los niños Julianín y José. Según Fructuoso, habiendo coincidido con un cabo segundo en el Segundo Batallón de Cazadores de la Unión de Cuba, éste le había contado el secreto que, desde hacía un lustro, le llenaba de remordimiento. Tomás Badosa, que así decía llamarse el cabo, le habría confesado entonces a Fructuoso que, en la noche del 16 de marzo del año 84, había asesinado, en compañía de otros, a dos infelices niños, en un sitio de Madrid que se llama el Canal. Que lo había hecho por pertenecer a una asociación de gentes de ambos sexos que se dedicaban a la vida azarosa, con todo lo que puede conllevar un término tan ambiguo, y que desde entonces viajaba, bajo nombre oculto, de un lado a otro del mundo, huyendo de la justicia y deseando una muerte que no acababa de llegar.

Se pudo demostrar que el cabo Tomás Badosa empleaba, cierto es, nombre falso, y que no era la primera vez que lo hacía. Llamado realmente Jorge de San Leandro Expósito, había utilizado también los apellidos de sus padrastros, Bañón Martín (él era huérfano y había sido abandonado en la inclusa, como demuestran sus apellidos reales), tenía, sin embargo, una coartada demostrable que lo situaba lejos del lugar del crimen aquella noche: ya servía como militar, y cumplía guardia en Aranjuez. Badosa -¿o deberíamos decir, mejor, San Leandro?- fue el último de los acusados de un caso que, a partir de entonces, se iría hundiendo en el olvido, a la sombra de todos los que estaban por llegar con el arranque del siglo XX.

No sería hasta entonces cuando se comenzase a hablar, con mayor detalle y precisión, de los crímenes vampíricos que, producto de la superchería y la desesperación, salpicarían de sangre infantil no pocos lugares de España: un enfermo de tuberculosis, sin esperanza ni curación, habría de beber -decía la superstición- la sangre caliente, salida en torrente por la yugular recién sajada, de un niño, para curarse. En 1910, el crimen de Gádor, en Almería, se convirtió en la piedra angular, en la referencia que uniría a toda una serie de horribles casos que sólo se resolverían cuando el tuberculoso o tuberculosa en cuestión formase parte de los estratos más bajos de la sociedad. Los pocos que seguían recordando, por entonces, el crimen del Canal, contemplaron con horrible estupefacción que, cuando éste había ocurrido, el mismísimo rey de España, Alfonso XII, se estaba muriendo, tuberculoso, joven y sin sucesión masculina que asegurase la pervivencia familiar en el trono. Con el ejército a su servicio. Así se fraguan las leyendas, y si el Reino Unido tuvo la suya, por la misma época, en torno a Jack el Destripador y la supuesta participación en todo el tinglado de Whitechapel de los miembros de la familia Windsor, nuestra piel de toro, con sus Borbones, no iba a ser menos.

Nacía una forma de matar. Nacía el horror. En El Canal nació el hombre del saco.

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El rey Alfonso XII (1857-1896)

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