La memoria del hojalatero

No sé nada de él más allá de unos cuantos datos inconexos. Es una de esas almas perdidas ante el inexorable y cruel paso del tiempo, una de esas estrellas que, como tantos otros millones, brillan un día en el Universo y su luz va apagándose paulatinamente, más pronto que tarde, hasta llegar a desaparecer. Una de esas personas que los años dejan anónimas, borrando su memoria, las huellas que pudieron haber dejado sobre el mundo y cualquier rastro de su memoria.

Puede que fuera el hombre de la foto. Puede, es lo más probable, que no lo fuera. De todos modos, habría de parecerse: mismo oficio, una época aproximada. El hombre del que hablo, como el que se retrata aquí en plena faena de recoger sus herramientas, era hojalatero, una profesión, como él mismo, condenada a desaparecer en el tiempo. Probablemente, y sólo probablemente, aprendiera tales artes ya de niño, en un pueblo perdido de la Villaviciosa de la segunda mitad del siglo XIX, explotado como aprendiz por un viejo maestro. Esto indica, podría ser, que sus padres quizás no fueran del todo pobres, humildísimos jornaleros cuyos hijos por fuerza habrían de estar abocados irremediablemente al trabajo del campo. O tal vez lo fueran, pero demostrasen una inusual imaginación en lo de adjudicar tareas a sus niños. De que la tenían, eso seguro, es prueba más que palpable el extraño y aristocrático nombre que le pusieron a este hijo. O no. Puede que la imaginación la tuviera el cura de la parroquia cuyo nombre tampoco conocemos; o puede también que no la tuvieran ni los unos ni el otro y quien hablase fuera el santoral del día. En este caso, habría nacido nuestro hombre un 13 de marzo. Quién sabe.

Las escasas memorias que le han sobrevivido dicen que, azuzado por el hambre y la búsqueda de un futuro laboral, se fuera a vivir a Colunga. Yo, que se que su esposa era natural del pueblo de Lué, prefiero imaginar, en cambio, que se fue por amor. Al historiador han de concedérsele pocas, pero alguna licencia poetica; así que casi lo afirmo: se fue por amor, siguiendo a una mujer que me imagino -también sin prueba alguna- muyerona, rotunda, morena y de carácter. Y esa fue la historia del hojalatero de Colunga antes de llegar a serlo. Es de suponer que, en aquellos momentos, nadie imaginaría en la zona que ese hombre acabaría siendo un total desconocido. Tenía un oficio casi único, así que todos lo conocerían. Trabajín que va, trabajín que viene, y, al final, a nuestro hombre le acabó por tocar revisar todo el alumbrado público de Colunga. Lo sabemos por un BOPA, el del 19 de diciembre de 1894, que contiene la resolución.

Tiempo después puede que fuera un hombre desgraciado, porque su hija, aquella casi niña que habían metido a monja siendo apenas adolescente (quién sabe por qué), había muerto veinteañera apenas tres años antes. Es más que probable, entonces, que nuestro hojalatero y Generosa, su mujer, no pudieran olvidar en lo que les quedaba a ellos de vida la imagen del féretro cubierto de tela azul y cuatro cintas blancas descendiendo a la tierra, llevándose a su pequeña. La escena y el hecho fueron dramáticos; por eso quizás lo reflejase un periódico provincial, El Principado, en febrero de 1911.

Y ya está. No hay más. Que su hijo, Emilio, se casó con una moza de Luces en 1903. Que Generosa y él constaban como padres, claro, y siempre sin el segundo apellido, porque con lo singular de sus nombres y apellidos ya bastaba. Y a partir de entonces, el recuerdo del hojalatero se difumina. No hay más. No hay anécdotas, ni imágenes, ni historias más allá de lo que está sobre el papel. No hay alma. Damnatio memoriae.

Se llamaba, eso sí es seguro, Salomón Margolles, y era mi tatara-tatarabuelo. Puede que ya sea mucha información para un tatara-tatarabuelo que se queda demasiado atrás en el tiempo. Pero también puede que no lo sea. A fin de cuentas, todos llegaremos a serlo en algún momento, y no por eso tiene derecho el tiempo a hacer desaparecer nuestra memoria. Ni la nuestra, por tanto, ni la del hojalatero de Colunga.


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