Morir en ocho días

Y tú, ¿qué harías si supieras que vas a morir en ocho días?

Fuiste carpintero e hijo de ferroviario y te pilló la guerra. El bando fue fácil de elegir. Tú, que te criaste en la miseria, que errabas de pueblo en pueblo siguiendo la línea de los Ferrocarriles Económicos en la que tu padre se ganaba un jornal que siempre se quedaba en las tabernas. Tú, que viste morir a tu hermana Sagrario, tuberculosa. Tú, que acompañabas a tu madre puerta a puerta vendiendo huevos para poder cambiar el dinero por pan duro. Tú, que habías conseguido enamorar a la hija de los ricos del pueblo, los que habían hecho fortuna haciendo tabaco en La Habana, y que conociste el placer de su cuerpo días antes de que pegaran el golpe de estado. Qué puntería. La tuya y la de ellos.

17022084_10155077458113684_6260783634923624737_nTe fuiste, sin saber que ibas a ser padre, a combatir. Eras de las JSU, te fuiste al Batallón Piloña a defender el estado legítimo de quienes querían apoderarse de él mediante las armas. Mala suerte. Fuiste de los que perdieron. Perdisteis antes que nadie y a ti te vinieron a buscar una mañana gris a casa. No era a ti, realmente. Era a tu padre, el gallego de los Económicos, sonado sindicalista al que aseguraron que, si no se entregaba, te llevarían a ti. Era mentira, claro; os hubieran llevado a los dos, hubierais muerto los dos. Aún así, su negativa, su aparente indiferencia a que se te llevaran se incrustó en el imaginario familiar. Lo odiaron, aún más si cabe, desde entonces.

Y tú te fuiste. Te metieron en el tren, dormiste aquel día en el campo de San Marcos y a primera hora partiste a Cedeira. Coruña es precioso pero no lo fue para ti. El campo de concentración estaba en la playa, sobre la planta de una vieja fábrica de salazón. No había baños, no había enfermeros, solo había humedad. No había agua. Miento, la había. Bebíais del cauce de un río cercano que, a su vez, bebía de las alcantarillas. Allí, en los pabellones, cabían menos de 200 personas. En teoría. Llegasteis a ser 800.

Llegó marzo del 38 y había que desalojar el mayor foco de infecciones de Galicia: tu casa. Te dieron un salvoconducto para que regresases a Gijón. ¿Por qué no escapaste? ¿Por qué no te hiciste el despistado? ¿Por qué no dijiste un nombre falso? Otros lo hicieron. ¿Hubiera servido de algo? No lo sé, no lo hiciste. Confiaste en ellos. Llegaste en abril a Gijón y caíste preso. En verano te llevaron ante un tribunal militar. Te condenaron a muerte.

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Como la muerte llama a la vida, así tú recibiste la noticia de que ibas a morir a la vez que la de que te había nacido un hijo. Luisa, así se llamaba tu novia. Morena, rotunda, de pechos firmes y pelo abombado. De carácter. Le prometiste que te casarías con ella cuando se arreglase todo.

Y no se arregló, nunca se arregla. En los paquetes de comida que cada día te llevaba Edita, tu sobrina (menos mal que no viviste para verla morir, tan joven, en el 46), a veces iban cartas metidas dentro del chorizo. Las de mayo del 39 trajeron una buena noticia y también una mala. Bah, primero la buena. Nora, tu hermana, salía de cuentas. Pronto serías tío de nuevo. ¿Y la mala? Te iban a fusilar en una semana. No se había podido hacer nada. Gente como tú sobraba en la nueva España.

Y tú, ¿qué harías si supieras que vas a morir en ocho días?

17098315_10155077458148684_3817602653280529651_nJoseín López lo tuvo claro. Casarse. Darle un apellido a su hijo y asegurarle a ella una pensión que, aunque miserable, le permitiera sobrevivir. Demostrarle a la gente del pueblo que nunca la había engañado, que su honra no había sido burlada. El matrimonio fue el más triste del mundo: el uno con grilletes, la otra de negro preventivo. Aquella semana misma nació su sobrino, mi abuelo. En la mañana del diez de julio, junto a otros tres, le sacaron a fusilar al alba.

 

Nunca entendí, de pequeña, por qué mi bisabuela Nora insistía siempre en salir del cementerio del Sucu por la puerta de arriba, la de los panteones. No sabía, por entonces, que también era la de la fosa común. Hace años pusieron un monolito con todos los nombres de los que allí reposáis. También el tuyo, Joseín.

Y tú, ¿qué harías si supieras que vas a morir en ocho días?

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